Temas candentes

02/07/2020

Circularidad

    Es posible que toda acción presente remita a un hecho pasado del cual es desencadenante y consecuencia. La historia de un pueblo y de una cultura puede ser una cadena de causas y efectos que se manifiestan sociológicamente y se concretan en las acciones de algunos individuos, que vienen a ser la vía de realización material de este fenómeno temporal y cíclico.

    El ciclo es el símbolo del retorno, del regreso a lo mismo, que se presenta con pequeñas variaciones a través del tiempo, como una sinfonía. En este sentido, el ciclo desde el punto de vista temporal y existencial es el símbolo de un proceso sociológico o vital no superado. Si un pueblo rumia históricamente es porque no ha logrado superar su pasado y aprender de él para no repetirlo. El círculo para los griegos era el signo de la perfección porque formaba parte de los procesos naturales y se creía que era también la forma predominante en los cielos. La historia del hombre, al ser réplica de lo natural y lo celeste, repite lo circular y solo es lineal en apariencia.

    A nivel colectivo deberíamos reflexionar sobre los hechos pasados a los que remiten la pandemia en nuestra trayectoria individual y social. ¿Qué hecho natural o histórico ha podido desencadenarla? No lo sabemos aún con certeza, pero se ha convertido en un hito que tendremos que superar en nuestra historia. Es posible que para ello tengamos que descentrarnos por unos instantes y comprender cuál es nuestra relación con otros seres vivos. La tecnología no debería poder sustituir ni enmascarar estos vínculos primordiales que a lo largo de nuestro progreso evolutivo hemos convertido en relaciones víricas e invasivas alejándonos del equilibrio.

    Aunque vive ajeno a los acontecimientos de nuestro presente, mi gato ha vuelto a enfermar. Su enfermedad también es cíclica, recurrente. Espero que en los próximos días esté más calmado y vuelva a perseguir a las pequeñas arañas y a abrir poco a poco las puertas de los armarios para encontrar un lugar mullido donde dormitar, ajeno a la pandemia y a los problemas que acucian a la sociedad contemporánea.


Salvador Dalí, La persistencia de la memoria (1931) MoMA
Salvador Dalí, La persistencia de la memoria (1931) MoMA

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25/06/2020

Distopía II

Es difícil de explicar lo que sucede en la sociedad contemporánea, por llamarlo de alguna forma, yo lo llamo postviolencia. Se trata de una situación atípica en la que la cultura como refugio humano degenera hasta tal punto que ejerce una violencia intangible sobre los principios que la hacen posible, entre ellos, la humanidad y los seres humanos vivientes, que realizan este concepto.

Los discursos ideológicos enmascaran las distópicas realidades de la sociedad contemporánea. Resulta paradójico, pero el hombre no ha salido aún de la cueva, simplemente la hemos prolongado: hemos construido una caverna masificada y tecnificada. La humanidad es un concepto utópico en nuestra cultura contemporánea, un destello. Pese a ello, su eco resuena en todos los medios de comunicación y se materializa en redes de ayuda: fundaciones y organizaciones sin ánimo de lucro, como suele suceder en la caverna. La cultura contemporánea tiene su raíz en la subversión de este concepto y en la negación del sujeto, pese a que los discursos puedan decir lo contrario. Estos son los principios del nihilismo tecnificado que nos asola. La violencia del cavernícola se ha refinado hasta el extremo, de forma que el hacha de sílex se descompone en las moléculas de una bacteria o en las decisiones corporativas adoptadas en función de los intereses de ciertos grupos de poder.

La aberración ha conquistado al hombre del siglo veintiuno, presa de las tentaciones de la sociedad tecnificada. Las pasiones del Giges contemporáneo se reflejan en su tiempo: en su pseudodiscurso vacío, en su pseudohacer, cuya verdadera intención y finalidad solo él conoce, pero por muy intangible que sea el alma humana, la pasión lleva al hombre a la intención y ésta a la acción, que queda reflejada en su tiempo como un sello, pese a la mudez de sus planes. En la actualidad vivimos los esperpentos de un puñado de almas humanas, una de sus consecuencias podría ser la pandemia, que ha generado una burbuja de pseudodiscurso y pseudoacción en nuestra cultura.

En pleno Renacimiento los científicos naturales llamaron filosofía del “como sí” a la solución teórica que, a falta de instrumentos técnicos que les impedían medir ciertos fenómenos con precisión, explicar sus causas y predecir sus consecuencias, les permitía dar una solución de compromiso a los interrogantes de la humanidad. La caverna es una filosofía del “como si” invertida que genera una pseudopolítica.

Por suerte, aún hay preguntas por contestar, entre ellas, la más importante, la que nos acucia desde que cumplimos la mayoría de edad que no nos ha hecho más humanamente responsables. Y mientras haya preguntas habrá filosofía, aunque sea algo aparentemente inútil e improductivo. ¿Es posible que de tanto negar al sujeto acabemos afirmándolo?, le pregunto a mi gato. Sé que no va a contestarme, pero no me importa. Estamos tan ajenos como él a estas preguntas. Solo la imperiosa necesidad de acudir a lo inmediato para satisfacer las necesidades básicas del hombre podrá ensombrecer a la filosofía y diluirla aún más en la sociedad tecnológica que nos envuelve para que volvamos a diferir las preguntas sin respuestas.

El Bosco, El jardín de la delicias 1500-1505, detalle de la tabla central

19/06/2020

Normalidad

Es preciso analizar las palabras. Muchas veces éstas se refieren a sucesos, acontecimientos o acciones que hemos incorporado a nuestra vida cotidiana. Las palabras convierten en cotidiano lo extraordinario, como es el caso del sintagma nominal “nueva normalidad”, hasta tal punto que hemos normalizado la atípica “normalidad” convirtiéndola en algo cotidiano, cuando en realidad no lo es. Esta es una característica de la pandemia, pero la introyección de estas vivencias y nuevos significados no sería posible sin los artífices de la imagen del mundo en la caverna: los medios de comunicación.

Escuchamos tantas veces a lo largo del día ese sintagma, que se transforma casi en un objeto cotidiano. Todos los agentes comunicadores repiten el sintagma hasta que resuena por las laberínticas galerías de la caverna:

-“Nueva normalidad”, dice el locutor de las noticias del mediodía, que comenta la frase del Ministro de Sanidad.

-“Damos comienzo a la nueva normalidad tras haber superado la tercera fase de la desescalada”, comenta la locutora de radio en un programa vespertino.

Me pregunto si puede haber una normalidad nueva y si es así y es tan normal qué necesidad hay de repetirlo tanto: la normalidad es normal por definición y por costumbre, no por repetición. La normalidad es lo obvio, es tan obvia que no hay necesidad alguna de subrayarla de forma tan insistente. La normalidad es lo cotidiano y por este motivo nos pasa desapercibida, a no ser que hayamos normalizado lo aberrante, lo grotesco y necesitemos torcer el lenguaje para hacerlo común.

Por más que pregonen en la caverna locutores, comentaristas y agentes creadores de pseudosignificado algo llamado “nueva normalidad”, ni a mí ni a mi gato logran convencernos. A mi gato porque le es ajeno el lenguaje articulado y solo responde a sonidos concretos que aluden a mimos, riñas o satisfacción culinaria, que suele diferenciar por el tono de la onda sonora percibida. A mí porque nunca he vivido una “normalidad”, por lo que el sintagma nominal me produce ironía, figura con la que, a duras penas, suelo traducir el cinismo de la sociedad contemporánea.

Francisco de Goya, Caprichos, estampa 79 (1797-1799)
Francisco de Goya, Caprichos, estampa 79 (1797-1799)

15/06/2020

Globalización

Vivimos en un mundo globalizado, es uno de los signos de identidad del siglo XXI y la tecnología lo hace posible. La globalización es como una especie de pandemia que también se extiende por todo el planeta, imponiendo una forma concreta de comunicarnos y marcando unas nuevas relaciones de producción, comercio, consumo y forma de vida en casi todos sus rincones. La pandemia nos ha revelado que la producción de algunos bienes de consumo se está haciendo intensiva y característica de lugares geográficos concretos, como ha sido el caso de las mascarillas y el gel desinfectante, cuya producción se ha tenido que improvisar en muchas fábricas del país.

Las leyes del sistema económico se imponen a cualquier forma de gobierno posible y las trasciende a todas. Si el Estado puede convertirse en el Leviatán de los ciudadanos, éste no es más que un vasallo de las leyes de la economía. Estas leyes, en parte aún no redactadas, no son más que la trasposición de las reglas de la naturaleza al mundo humano. No hemos hecho otra cosa a lo largo de nuestra historia, trasponer implícitamente las leyes de la naturaleza, redactándolas con nuestro puño y a veces con tinta carmesí. La sociedad implica la regulación implícita o explícita. La ley, por imperfecta que sea, es el único abrigo que le queda al hombre sin el que sería devorado por su propio siglo.

La pandemia ha puesto de manifiesto que Estado y progreso son los ídolos a los que el hombre del siglo XXI rinde culto sin darse cuenta, e incluso a veces le ofrece sacrificios. La globalización, compás que marca las leyes del desarrollo de los países, debe paradójicamente contrastar en simbiosis o no con las de estos. Las leyes de los Estados tienen el poder de transformar en entelequias los pilares fundamentales del capitalismo.

La contradicción radical de la cultura presupone que en el fondo la finalidad del hombre nunca ha sido la humanidad. Posiblemente sea esa, y no otra, la mayor pandemia jamás vivida y por tantos siglos. Pero a mi gato no le importa, duerme plácidamente en la esquina superior derecha del sofá y no se pregunta por qué estos animales tan extraños que conviven con él tienen autoconciencia.

M-Maybe (1965), Roy Lichtenstein
M-Maybe (1965), Roy Lichtenstein

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13/06/2020

Masificación

Masificación y pandemia son términos incompatibles. No hay complejidad mayor para las actuales sociedades superpobladas que el contagio masivo de una enfermedad desconocida y potencialmente mortal entre determinados colectivos vulnerables por muy eficaz que sea el sistema sanitario que esta pudiera tener. Desde 2012 venimos padeciendo oleadas de contagios de distintas cepas de Coronavirus, por lo que me parece inverosímil que ni las Naciones Unidas, ni la OMS, ni la comunidad científica, ni los gobiernos se hayan anticipado a esta posibilidad, incluso a pesar de ser predicha por un conocido filántropo.

Todo parece volver a la normalidad, desde hace un par de días ya se permiten los desplazamientos entre provincias y los vehículos han vuelto a colonizar carreteras y ciudades como si fueran hileras de hormigas metálicas que se dispersan por el espacio urbano. Es posible incluso que lleguemos a sentir nostalgia del desierto de hormigón vivido estos últimos meses, sin embargo, hasta mi gato se ha atrevido a asomarse a la ventana. Poco a poco le estamos perdiendo el miedo a nuestro enemigo invisible, aunque todavía no tengamos certeza suficiente de lo que sucederá en los próximos meses tras el movimiento de masas.

Desde hace un par de siglos las ciudades se parecen más a hormigueros conectados con cables y tecnología de todo tipo que a otra cosa. La masificación y la naturaleza también son incompatibles. Solo a la economía parece convenirle la sociedad de masas en la que vivimos, ni el planeta azul ni la sociedad del bienestar la resisten.

La pandemia viene a resolver parcialmente el enigma del hombre del s. XXI y las radicales contradicciones de su modo de vida, latentes desde que optó por sembrar y asentarse en la tierra. La sinfonía urbana vuelve a escucharse, el scherzo de los cables transmitiendo datos y las pantallas encendidas será el leitmotiv al que le siguen el minueto de teclados, taquígrafos, micrófonos y titulares. El rondó de los motores de los vehículos y las chimeneas de las fábricas ya está en marcha, marcando el ritmo del progreso del hombre. Nunca el progreso y la sociedad de masas habían sido tan incompatibles con la mayoría de los ideales e incluso con las ideas mismas. Si Platón pudiese verlo se sorprendería.

Vasili Kandinsky, Amarillo rojo y azul (1925)
Kandinsky, Amarillo rojo y azul (1925)

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07/06/2020

Intrascendencia

Somos humanos, aunque a veces lo olvidemos. Somos orgánicos y aunque pensemos que estamos hechos de un material incorruptible, la naturaleza viene a recordárnoslo: es posible que no haya nada eterno en nosotros, solo el soplo de algún dios que quiso que el polvo cósmico tomase esta forma. Nos hace olvidar que somos cuerpo para sobrevivir y ahora nos recuerda con su devastadora presencia que somos pequeñez, insignificancia, materia que transita por la curvatura del espacio. Llevamos unos treinta mil años luchando contra ella y solo en los últimos cien ha logrado verdaderamente el hombre prolongar tanto la vida al mismo tiempo que la desprecia.

Preso de la ambivalencia que la cultura le impone en el seno de lo social, el hombre debe oponer resistencia a la naturaleza y a la vez pertenecer a ella. Esta es la ambivalencia más radical que existe, la que quiebra el ser y vertebra toda su historia. Durante siglos el hombre no ha logrado templar la cuerda que lo enfrenta consigo mismo, con el otro y con la Tierra. ¿Cómo podía Aristóteles nombrar el ser mientras Alejandro conquistaba al hombre? No es otra, sino esa, nuestra historia.

¿Cuándo cortamos el hilo rojo, el cordón umbilical con la madre Tierra? Nuestra historia es la historia del cortocircuito. Ariadna nos ha engañado. El hilo nos conduce al fondo del laberinto y errantes vivimos en él toda nuestra existencia. Ahora debemos enfrentarnos a monstruos más feroces que el Minotauro: a nosotros mismos, a nuestra cultura y nuestra propia historia. A esa pregunta que no queremos responder y postergamos constantemente. A ella nos remite el laberinto tecnológico del presente y el rugido de lo natural en lo microscópico.

Ciertamente, el mundo puede prescindir del hombre, pero habría virus y bacterias que no tendrían a quien atacar, e igual nos necesitan, aunque sea para descomponernos. Sería también muy triste que la cultura, creación humana por excelencia, se le rebelase al hombre, invirtiendo sus normas, sus leyes, sus regímenes y sus estados, transformando sus cultos en ritos vacíos. No sé si la cultura debe alejarse tanto de la tierra hasta vaciarse, para después encontrase con ella en el vacío y volver a intentar dominarla en un nuevo ciclo, del cual este siglo es solo el comienzo. Prefiero tener a mi gato cerca, por si acaso, es uno de los pocos vínculos que me quedan con la naturaleza en este tiempo de banalidad sin precedentes.

Utagawa Hiroshige, El mar frente a Satta en la provincia de Suruga, de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji (1858-1859)
Utagawa Hiroshige, El mar frente a Satta en la provincia de Suruga, de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji (1858-1859)

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03/06/2020

Glosodoxa

La pandemia se expande por todo el mundo. En cada país empieza de nuevo un ciclo de muertes, mutaciones y contagios. Es posible que los efectos económicos sean similares en todos los países por los que el virus pasa, dejando tras de sí una estela de muerte y pobreza; no obstante, las consecuencias sociológicas, legales y políticas de la pandemia son distintas en cada uno de ellos. Mientras que en España y en la mayor parte de los países europeos el virus ha generado una situación de psicosis social y miedo que ha replegado a la población en sus casas, en Estados Unidos parece ser que el efecto ha sido opuesto y no hay forma de controlar a las masas que, a la manera de zombis, asaltan los escaparates de Louis Vuitton, haciendo realidad escenas de unos cuantos thrillers.

Hemos tenido suerte. La policía no ha tenido que sofocar durante la pandemia escenas de ese tipo, pero no sabemos si posiblemente tengan que hacerlo después, tras las consecuencias económicas del virus. Al igual que las noticias y los titulares, los comunicados, instrucciones, y normas de diferente rango se replican en la caverna, aunque, paradójicamente, el exceso de normatividad no garantice el orden y la legalidad entre sus habitantes.  La glosodoxa que la caracteriza se replica en distintos discursos, ya sean estos de índole informativa o jurídica, ámbitos que adquieren rasgos de gossip shows, al pretender regular lo nimio o comunicar la opinión absoluta bajo el ropaje de la objetividad. La imagen, al ser también un constructo tecnológico y poder transformarse, ya no es garantía última de objetividad del discurso informativo. En la cultura de la imagen el producto se rebela contra sus creadores en forma de pseudodiscursos que se retroalimentan e invaden todos los ámbitos cognitivos.

En este eterno flujo discursivo, donde el individuo es impelido a producir discurso o invitado a opinar y a participar en su construcción, la normatividad se va diluyendo y difuminando poco a poco, convirtiéndose en un discurso más que, como cualquier otro, puede ser producido en cantidades industriales como editoriales y artículos, a la vez que desoído como una telenovela en la hora de la siesta.

No sé si nuestro presente es producto de una situación excepcional llamada pandemia, o es la pandemia la consecuencia de un cúmulo de circunstancias que definen la vida humana de los últimos ciento cincuenta años. Cierto es que a la glosodoxa y sus productos solo podremos combatirlas con silencio, a la espera de que pase la tormenta. Mientras tanto, espero que mi gato me enseñe otro lenguaje.

Lata de sopa Campbell's (1962), Andy Warhol
Lata de sopa Campbell's (1962), Andy Warhol

31/05/2020

Viajes

No es momento para viajar, las circunstancias no lo permiten. En tiempos de pandemia, esta actividad lúdica se ha convertido en una empresa arriesgada. Los que casi nunca hemos podido hacerlo, ya sea por falta de una posición estable de la que no hemos disfrutado, por exceso de responsabilidades, o por ambas cosas, sabemos bien que en realidad estamos viajando todos los días, pero sin movernos de casa. Durante la cuarentena se ha puesto de moda visitar virtualmente museos y lugares de interés cultural. La tecnología lo hace posible, pero para ello necesitamos contar con el sentido predominante en nuestra cultura de la mostración y de la imagen: la visión. Las visitas virtuales cercenan la experiencia reduciéndola única y exclusivamente a lo visual. Todo lo virtual se basa en la preeminencia de este sentido sobre los demás en nuestra cultura y en el afán de transparencia que lleva unido, suplantando a todo dios posible.

Existe, por el contrario, una forma opuesta de viajar, que implica revertir la mirada, la torsión de lo visual en lo emocional. Para ello no es necesario salir de casa, aunque al hacerlo puedes ampliar la perspectiva emocional y gnoseológica. No por casualidad Kant reservó la pregunta más importante para el final. Dicha pregunta es el comienzo de mi viaje. Un viaje que ningún virus, pandemia o catástrofe puede impedir a ningún ser humano. Todos tendremos experiencia de ese viaje, el nuestro.

Siempre he adorado viajar, pero me contento con hacerlo por las curvas de la duda, hasta llegar al final de la grafía del signo de interrogación. Mi gato me acompaña en todo momento. En este preciso instante está en el cuarto contiguo tumbado encima de la cama y tras su estancia ha dejado un lecho de pelos sobre la colcha blanca. A él también le gusta viajar por todas las estancias de la casa, aunque a veces corre presuroso hacia la puerta, con intención de salir a la calle. Un mundo que le es totalmente desconocido y además lleno de peligros, que solemos evitarle por ser un gato casero, manso y poco adiestrado.

En este viaje voy conociendo poco a poco al ser humano, un animal sorprendente. Sus pasiones están siempre encendidas como el fuego, sin ellas posiblemente no sería más que un guijarro. Hay demasiados interrogantes por resolver. Si nadie ha hecho nada que pueda directamente dañarme o afectarme, ¿por qué odiar entonces? ¿No será envidia disfrazada de odio? ¿Y qué puedo envidiar: el dolor, la miseria y la enfermedad ajena? ¿No será avaricia disfrazada de envidia? Demasiados disfraces le ponemos a nuestros sentimientos, tanto ropaje superficial llevan, que ya cuesta distinguir los fundamentales, los que supuestamente nos hace humanos, pero paradójicamente proceden de nuestra parte animal domesticada. Me cuesta tanto disfrazar mis emociones de otra cosa, que no logro entenderlo. Solo me queda claro que cada cual debe preocuparse de su propia alma en este paseo temporal por la existencia. Ahora entiendo por que María Zambrano adoraba a los gatos.

El barco blanco (1905) Joaqui Sorrolla
El barco blanco (1905), Joaquín Sorolla

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29/05/2020

Autoimagen

La pandemia ha supuesto para mí una gran oportunidad. La ocasión para poder reflexionar, para que vuelva a mí mi propia imagen, proyectada por mí misma y por los habitantes de la caverna, tras recorrer varias aristas de algunas de sus estancias. La imagen siempre regresa a mí empequeñecida, como si hubiese encogido. Durante los últimos cuatro años he viajado por el espacio, el tiempo y las almas, aunque paradójicamente mi vida ha avanzado cronológicamente, la temporalidad de este viaje es acronológica

Es complejo viajar por las pasiones cuando todo sucede, cuando aparentemente el tiempo avanza irremisiblemente hacia adelante. Pero eso no es cierto, o solo lo es parcialmente. Los núcleos de experiencias con los que puedes encontrarte no responden a ningún concepto de tiempo relacionado con la vida moderna y su sucesión aritmética. Ningún ser humano puede deshacer el ovillo de la temporalidad planificada por muchos que se condensa en tu vida como un nódulo, nunca lo inmaterial se había hecho tan presente y las proyecciones e intereses ajenos en mi vida se han acabado superponiendo como rayos láser. Solo un héroe, un dios, o la multitud misma pueden deshacer esta madeja.

La pandemia nos ha desvinculado de esta sucesión temporal a la que habitualmente estamos sometidos en tanto que seres productivos e históricos. En sus estancias hay verdaderos expertos en resaltar tanto las cualidades positivas como las negativas de los individuos, deformando a los seres y haciéndolos más pequeños o más grandes de lo que realmente son. Expertos en construir proyecciones luminosas o ensombrecidas y, por tanto, invisibles. Expertos en la mostración y en el ocultamiento. Lo mostrado no siempre demuestra, pues no tiene en cuenta lo oculto y solo resalta parte del acontecer, pero el acontecer desnudo nunca tiene sentido en sí y por sí mismo, no significa nada.

Si alguna utilidad tiene esta especie de purga mundial es hacer posible la reflexión y la autocrítica, tanto individual como colectiva. Aunque la mayoría de los cerebros humanos estén ocupados en la adaptación y en salvar las dificultades, ni desde el punto de vista individual ni colectivo cabe mejora alguna si no se ejercita de vez en cuando la actividad reflexiva y mucho menos si se la pretende extirpar de la vida social como si fuera un tumor maligno.

El hombre no tiene la suerte de ver su espalda en el espejo en el que se mira, como hace Edward James en el retrato de Magritte. Solemos ver a veces nuestro rostro cuando hay luz suficiente y no lo deforma la concavidad del espejo o su rotura lo proyecta en mil reflejos. Mi gato es afortunado, no necesita reflejarse en ningún espejo ni proyectarse en el tiempo, simplemente dormir o distraerse cazando alguna araña diminuta de vez en cuando. El conocimiento no siempre nos hace más felices y la autoconciencia, a veces, no es más que un desgarro de la existencia.

La reproducción prohibida o Retrato de Edward James (1937), René Magritte
 Retrato de Edward James (1937), René Magritte


27/05/2020

Pandemias

No vamos de paso. Pensamos que todo ha terminado, que no estamos en peligro, que la pandemia ha pasado de largo haciendo estragos en nuestro espacio más próximo y que la pesadilla acabó. No sabemos cuál es su verdadero alcance, ni lo sabremos, pero aun así, la gente está confiada. Desde la ventana de mi balcón escucho a varios vecinos hablar en dialecto onubense y me pregunto cómo lo pueden tener tan fácil para contentar a estas criaturas bípedas con una cerveza en una terraza y un partido de fútbol.

Hace tiempo que perdimos la capacidad crítica y nos fuimos aletargando en cada mirada furtiva al escaparate o al regate de balón del centrocampista reflejado en la televisión por cable en el bar o en el salón de nuestra casa. Cualquier problema de Estado puede disolverse fácilmente en el espumeante brillo de la cebada o la malta fermentada. La comodidad es el opio del hombre del S. XXI, el valor supremo y uno de los dioses a los que rinde culto el hombre actual, que le hace perder poco a poco su capacidad de disenso, convirtiéndolo en un ser conformista y acrítico.

Las manifestaciones ya no manifiestan disconformidad alguna ni apuntan a ideales trascendentes o utopías por alcanzar, simplemente sirven de barómetro para clasificar a un conjunto de posibles votantes en función de una ideología que no puede consumarse ni realizarse, pues el verdadero problema de fondo desde hace dos mil quinientos años es la condición humana, que sigue siendo la misma.

La verdadera pandemia hace tiempo que nos afecta y ni la hemos notado, o la toleramos con gusto. Nos invaden asesores, burócratas de toda índole, pseudoexpertos y funcionarios acomodados. Pensábamos que únicamente sufríamos las consecuencias de un virus y son tres pandemias las que nos asolan. Cuando la de origen biológico remita, no nos quedarán fuerzas para luchar contra las otras dos.

En la caverna se ha convertido en norma la necesidad de la existencia de porteadores de sombras, cuyos ecos resuenan por sus paredes y se proyectan  hasta reflejarse finalmente en alguna pantalla o realizarse en algún ser. Hasta el liderazgo parece vaciarse y convertirse en un puro simulacro cuando está presidido por el interés del grupo y no por los valores que deberían sustentarlo. Los valores se han transformado en meros estandartes de cartón piedra que se pueden cambiar a voluntad y lo seguirán siendo mientras las letras en una pancarta no se encarnen en realidad alguna. No hay forma más eficaz de vaciar un valor que ver como hacen justo lo contrario aquellos que dicen defenderlo a ultranza.

No habrá médico, ni gurú, ni chamán capaz de curar al hombre de la enfermedad del S. XXI: el vacío. Hasta mi gato observa a veces su propia sombra reflejada en el lienzo de coltano del salón, pero no le hace mucho caso. Por suerte, los animales viven ajenos a la caverna humana, pero también sufren sus estragos.

Crepúsculo en Venecia (1908–1912), Claude Monet
Crepúsculo en Venecia (1908–1912), Claude Monet

24/05/2020

Gente sencilla

Tras tres largos meses en la otra punta del país en plena pandemia, por fin he decidido volver a casa. El viaje era arriesgado, suponía vagar durante más de doce horas por distintas estaciones, acceder a diferentes vehículos,  medios de transporte y lugares transitados, con el consiguiente riesgo de contagio y la posibilidad de traer a casa un pasajero letal llamado Covid-19.

He viajado desde una punta del país a otra y he conseguido llegar gracias a la solidaridad de otras personas, paradójicamente, personas humildes y sencillas, pero absolutamente necesarias. Me siento en deuda con ellos y no solo yo, sino el país entero. Gracias a ellos los servicios básicos han podido seguir funcionando para el resto de la población en esta situación de absoluta excepcionalidad. Le debemos gratitud a las personas anónimas que nos han sostenido en este tiempo. La pandemia nos recuerda la verdadera esencia de nuestra compleja cultura tecnificada: que todos somos necesarios en este organismo vivo que llamamos sociedad gracias a la función que cada uno tiene en él. Cada ser humano con su trabajo, por sencillo que sea, le pone alma a la estructura social. Es triste no haber podido participar de ella durante largo tiempo.

La generosidad tiene mil formas de manifestarse, unas son acciones concretas y otras son privativas. Es lamentable que haya personas incapaces de hacer algo gratuitamente y actúen siempre con engaños, artificios o haciéndote creer que te ayudan, cuando están haciendo justo lo contrario desde hace mucho tiempo: defendiendo sus propios intereses. Las personas sencillas me han dado una gran lección: la gratuidad de los pequeños gestos. Esta es, en definitiva, la esencia de lo social y sin ella convertiríamos la sociedad en un auténtico desierto o en una jungla donde los depredadores están al acecho ante cualquier debilidad para aprovechar la ocasión. El estado de alarma debe ser transitorio, no se puede vivir en un estado de alarma continuo, en una alerta constante, en un delirio.

Solo los animales viven en armonía con la naturaleza y tienen sus leyes escritas en sus genes, las personas debemos aprender a respetarlas si verdaderamente valoramos la vida social. La egolatría sigue siendo la verdadera pandemia de las sociedades humanas. Mi gato vive feliz, agazapado encima de una de las cajas de la mudanza aún no colocadas en la estantería, llena de libros de Filosofía y Valores Éticos.

Fotograma de Ordinary People (1980) de Robert Redford
Fotograma de Ordinary People (1980) de Robert Redford

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20/05/2020

Excusas

Poco a poco vamos saliendo de nuestras casas, no sin temor ante un posible contagio de Covid-19, que para la mayor parte de los ciudadanos se ha convertido en una especie de monstruo intangible, cuyas proporciones agranda la confusión que genera la información contradictoria. Volvemos a la nueva normalidad que nos describen a través de una serie de fases progresivas.

El Anti-Gran Hermano, llámese Estados, OMS o Comunidades Autónomas, se hace presente en las múltiples pantallas para darnos instrucciones sobre esta fase de nueva normalidad. A este ente múltiple le ha faltado unidad en la acción y en el mensaje, de ahí que se replique de forma tan diversa en esos lienzos negros que tenemos en casa convirtiendo, como consecuencia del virus, nuestro hogar en una secuencia de reality-show. Solo han faltado las cámaras en las viviendas españolas para que se hubiera consumado tal gesta, pues ni el periodo de reclusión, ni la sensación de irrealidad vivida, lo hubieran impedido. Endemol ha dejado pasar una gran oportunidad: la pluri-vivencia de la cuarentena reality o vip, que hubiera podido sumarse a la nuestra. El virus ha conseguido permear las barreras entre los opuestos realidad y apariencia de forma radicalizada, aunque esto era algo que ya venía sucediendo en  algunos espacios virtuales de los que hacemos uso cotidiano.

La pandemia ha puesto a prueba la capacidad de coordinación en el superestado, que desde la primera mitad del siglo XX, hemos llamado Europa. Es posible que la respuesta del viejo continente no haya sido tan rápida y coordinada como se requería en este caso, dejando a la vista del virus su vulnerabilidad, materializada en la diversidad de criterios y la falta de acción conjunta ante una situación de emergencia de proporciones mundiales.

No ha pasado nada, mi gato está vivo, aunque más desganado, comiendo un pienso que le han traído a casa que, por suerte, le gusta, pero no es de sus favoritos. En mi caso todos estamos bien, aunque no sé si verdaderamente ha pasado el peligro o este sigue acechando. Me gustaría que fuera un ser humano, doliente y responsable quien me despeje esa incógnita y no una pantalla o un hecho futuro. No obstante, pase lo que pase, en la caverna el concepto de responsabilidad se disuelve, se volatiliza como los opuestos en la hiperrealidad pandémica, es casi inexistente y nadie parece querer asumirla o afrontarla. Ante cualquier hecho, las responsabilidades son sustituidas por las excusas, lo que debilita cada vez más el concepto de representatividad. A veces toman forma esférica y van pasando de mano en mano o de pie en pie como si jugásemos un partido, letal en este caso, de fútbol o baloncesto. Otras veces se transforma en índice señalador, que sitúa en primer plano a cualquier ser humano que se encuentre en la misma dirección de este carnal deíctico.

A mi gato y a mí, en el fondo, no nos importa lo que sucede en la caverna, nos contentamos con habitarla y, en mi caso, pensar de vez en cuando, pero no regalaremos excusas ni deícticos a sus extraños moradores.

Leticia Gaspar, Sin Título
Leticia Gaspar, Sin Título (2011), en Excusas para la representación

17/05/2020

Exilio

Nos contentamos con los rituales domésticos, metidos en casa, los pequeños momentos cotidianos de felicidad se vuelven cada vez más tediosos y repetitivos. La repetición nos convierte en autómatas y el mismo cuerpo se rebela para romper las rutinas, prolongando el tiempo en un instante continuo y deshaciéndolas. Somos como una especie de cobayas bípedas sobre las que la virulencia de la naturaleza ejerce en este momento su efecto devastador.

El estado de alarma es como un exilio sin transterro. Puedo sentir la añoranza de aquellos que tuvieron que marchar de su tierra dejándolo todo atrás, hasta el pasado. Sólo quedaron recuerdos. La memoria y la identidad van de la mano, aunque a veces se separen con el tiempo, o nos empeñemos en el olvido y lo usemos como bálsamo de nuestra herida, ungüento sanador del yo. Ningún ser humano puede reconocerse a sí mismo sin recuerdos. Sin memoria la identidad se disuelve. Puede que nuestra memoria nos traiga a presencia únicamente los momentos de felicidad y bienestar que vivimos como forma de contentarnos, como un señuelo temporal en el laberinto de la construcción de nuestro yo y queramos olvidar nuestra sombra, pero esta siempre planea en los abismos del alma. Sin pasado no hay identidad, pero anclados en el pasado y sin superación del pasado no hay futuro posible, ni para el yo, ni para el nosotros.

En este doble exilio que es para mí el estado de alarma, veo a mi tierra desde lejos, con añoranza, aunque nunca está de más mirar con perspectiva. Sólo con lupa o microscopio puede verse el detalle, ningún objeto puede observarse bien demasiado cerca. Hasta los cuadros nos obligan a alejarnos para ver el conjunto y no quedarnos únicamente en las pinceladas o a acercarnos para observar los pequeños detalles, que a distancia pasarían desapercibidos.

Sin la memoria el yo se desvanece. El hombre no es más que un instante de finitud sostenido que acaba por disolverse. Somos nuestras relaciones, nuestras vivencias, en ellas se va tejiendo el yo en una urdimbre de instantes. El tiempo es una correlación de vivencias con la naturaleza y con el otro. De esos instantes me quedo con los vividos con mi gato. Los animales nunca defraudan, María Zambrano lo sabía bien, por eso fueron sus eternos compañeros.

María Zambrano y uno de sus trece gatos
María Zambrano y uno de sus trece gatos

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15/05/2020

Desescalada

Aún no sabemos con certeza cómo hemos llegado hasta aquí y cuál es el origen de un proceso de prevención al que hemos llamado confinamiento. No sabemos nada. Esa es la gran paradoja de esta pandemia: el hecho de tener mucha información difusa y por diversas fuentes, pero no saber nada a ciencia cierta, solo que la muerte puede estar escondida en cualquier rincón de aquellos lugares que habitualmente habitamos. No es de extrañar tampoco, las certezas hace tiempo que se han difuminado del horizonte de nuestra cultura, se han diluido en la sociedad red que nos envuelve y con ellas muchas otras cosas. Hemos vuelto casi al origen de nuestra civilización, pero en un estadio ultratecnificado: nada se sabe, nada es absolutamente cierto y ningún valor puede evitar sucumbir al paso de los siglos, excepto el progresar mismo, que es la médula de la secularidad.

El tiempo de confinamiento es un tiempo de aislamiento desde el punto de vista físico y social, casi comparable al monacato del medievo, pero además, es un tiempo de reflexión. Un tiempo propicio para que el ser humano se pregunte cómo ha llegado hasta aquí tras más de veintiocho mil años de evolución. El otro día leí un artículo donde un conocidísimo filósofo oriental de corte marxista, consideraba que tras la pandemia, el eje económico se desplazaría a Asia y se propondrían soluciones biopolíticas para tener controlada la salud de los ciudadanos. Posiblemente me haya contagiado un poco de pesimismo tras más de dos meses sin poder hacer vida normal, pero parece que el hombre del s. XXI quiere solucionarlo todo a base de tecnología. Ahora es el momento de preguntarnos si verdaderamente hemos avanzado democráticamente y cuánto desde la transición. Si somos más tolerantes o queremos un mundo a nuestra medida, por no decir a nuestra imagen y semejanza. Si el sistema educativo que tenemos permite el desarrollo del talento de nuestros hijos y al mismo tiempo los apoyos a los que lo necesitan. ¿No serán los criterios económicos los que verdaderamente nos educan?

Posiblemente esta sociedad de hoy no sea más que una distorsión social, una aberración temporal o el reflejo de una cultura tiranizada por los criterios económicos que la guían, que prevalecen sobre cualquier otro valor hasta llegar a diluirlo o eclipsarlo. Una tiranía de la economía y la tecnología, que son las verdaderas reinas del mundo, hasta el punto de corroer todo lo humano en el mismo proceso globalizador que acaba por constituir su estructura social, desde la cual ambas nos confortan y nos subyugan. Desde hace varias décadas es posible que la humanidad haya encogido como un jersey de lana que hemos lavado con agua demasiado caliente. La misma tecnología nos difiere de ella y en esta pandemia nos reduce casi a una pantalla y a un teclado. Estamos cada vez más diferidos y más alejados de lo humano. El humanismo se ha convertido en una ilusión óptica en el desierto tecnológico que vivimos.

La desescalada es la metáfora de nuestra cultura. Tenemos que bajar poco a poco de la montaña en la que nos hemos subido, pero parece que es imposible, a no ser que la naturaleza misma nos obligue. Empezamos el proceso de desescalada real de la pandemia o, al menos, ya veo algunos seres humanos cuando me asomo a la ventana. En un futuro no muy lejano es posible que acabemos anhelando la presencia del hombre, aunque yo por ahora me conformo con la de mi gato.

Almendro en flor (1890), Vincent van Gogh
Almendro en flor (1890) Vincent van Gogh

13/05/2020

Enemigo invisible

El enemigo acecha por doquier, cuando es visible y se le ve a distancia o se le tiene en frente, sabes cómo puede actuar en tu contra. Sin embargo, cuando actúa en la sombra, nunca puedes imaginar qué acechanzas trama. Los hay que se disfrazan de cualquier cosa, incluso de amigos. Todos los días puede ser carnaval si nos lo proponemos. Pero por mucho que quieran disfrazarse, siempre sale a la luz su verdadera intención o los estragos del daño continuado en la penumbra. A mí nunca me han gustado los disfraces. No rindo culto a Dioniso, o solo lo hago cuando me levanto tarde, pero, aún así, no es a Dioniso, sino a Morfeo, a quien venero.

En este caso, el enemigo es potencialmente ubicuo e invisible, puede estar en cualquier parte y su acechanza es constante. Es tan vaporoso como cupido, pero sus flechas son tan certeras y mortíferas como las de Atalanta. Su omnipresencia posible y su invisibilidad hacen de la pandemia un adversario imperceptible y sutil, como si el mismísimo diablo se hubiera colocado el anillo de Giges.  De ahí que nunca sepamos dónde pueda estar y por qué flanco pueda venir a atacarnos, lo que genera en nosotros una situación de angustia y preocupación constante, que a veces no puede ser aliviada por ningún ritual de limpieza. Es posible que los microbios sean nuestros mayores enemigos del futuro, mucho más etéreos que las bombas atómicas, probablemente más letales, y en este caso, incluso selectivos.

Afortunadamente, muchos animales podrán ser portadores e incluso transmisores, pero parece ser que a la mayoría no les afecta con la misma letalidad que a los bípedos humanos. Si los camellos y los murciélagos transmiten la enfermedad a los humanos es un enigma. Poco sabemos con certeza, demasiadas incertidumbres nos presenta esta pandemia, a excepción de su letalidad y su capacidad de contagio. La pandemia pone de manifiesto nuestra incapacidad para controlar lo imprevisible, pese a más de dos mil años de desarrollo tecnológico. Frente a ella, la ciencia solo puede resistir e intentar completar en casa el puzle de la epidemia como una niña pequeña.

Aún no se ha descubierto si animales domésticos como los gatos pueden transmitir la enfermedad. El octavo pasajero viajó a la Tierra junto a Sigourney Weaver camuflado en un adorable felino. Si así fuera, nuestro enemigo sería tan irresistible que seríamos incapaces de vencerlo.

Fotograma de Alien (1979) de Ridley Scott con la teniente Ellen Ripley (Sigourney Weaver) y el gato Jonesy
Fotograma de Alien (1979) de Ridley Scott con la teniente Ellen Ripley (Sigourney Weaver) y el gato Jonesy

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10/05/2020

Forclusión

Mientras oscilan las cifras de los test de detección previa realizados, los ciudadanos han perdido la costumbre rutinaria de salir a aplaudir a los balcones de sus casas. El balcón, a modo de escaparate, se ha convertido en angosto espacio social visible a un reducido número de casas colindantes, y susceptible de poder ampliarse en las redes sociales, únicos espacios sociales por excelencia durante esta pandemia. En estos pequeños escaparates se han celebrado incluso bodas y toda clase de eventos imaginables. Ya lo decía Aristóteles, somos seres gregarios, aunque sea en los balcones, pero necesitamos comunicarnos con el mundo.

En Desayuno con diamantes Audrey Hepburn se queda mirando el escaparate de Tiffany, contemplando esos lujosos objetos de deseo: los diamantes, cuidadosamente tallados y engarzados en brazaletes, anillos y diademas. Ahora nosotros contemplamos a los sujetos colindantes en sus respectivos balcones y lo que en ellos sucede fuera del alcance de nuestra visión, en las redes sociales. Todos tenemos un espacio virtual, donde es posible que se materialice el ansia de ver y de ser visto, la pulsión escópica hecha norma, que nos convierte a todos en objetos de visión posible. Espacio virtual donde los sujetos, susceptibles de objetualizarse, ya no son mostrados solo en la publicidad, la televisión o el cine, sino también en ese no lugar omnipresente, ubicuo, donde cualquiera puede ser estrella por un día gracias a unos cuantos likes

La red social es el punto de vista de dios focalizado: nadie tiene la posibilidad de la visión absoluta. Es la materialización de lo metafísico en lo privado, entendido como transparencia posible y ubicua en el acto de ver y mostrarse. En la caverna, donde domina la cultura de la mostración y del discurso, todo debe mostrarse y decirse para satisfacer el afán de visión y escucha, aunque solo veamos sombras y escuchemos palabras vacías.

La red social es casi un imperativo para todo ser humano en nuestros días. Ni mi gato ni ningún otro ser vertebrado o invertebrado podrían jamás imaginar semejantes mundos paralelos. Tampoco a un espécimen humano sin Facebook, Twitter o WhatsApp. Los animales son mucho más listos que nosotros, les guía la inteligencia suprema de la naturaleza y nosotros siempre andamos despistados con enigmas lógicos. Nos hemos creído mejores pero, al final, convertimos el mundo en una jungla tecnológica y casi estamos perdiendo el contacto con el hilo rojo.

En nuestra caverna hemos sustituido, no solo el significante, sino también el significado de la madre naturaleza por el de la tecnología, hemos deshilachado el hilo rojo, de forma que sus fibras están casi desgarradas. La naturaleza está forcluida en la historia del hombre de los tres últimos siglos en beneficio de la tecnología y ella nos responde con su manifestación invisible y ubicua, a la que hemos llamado pandemia, de ahí que esta vivencia pueda resultar irreal o surrealista.

Forclusión en fuga (2013), Francisco Javier Camplá Livesey
Forclusión en fuga (2013), Francisco Javier Camplá Livesey


08/05/2020

Lapsus

Las bombas mediáticas nos invaden, la información nos asfixia, en la caverna siguen asediándonos con un ejército de titulares, comparecencias y un largo etcétera de discursos con distintos tonos, matices, signos y colores, tan variados como el arcoíris que esperamos. La pandemia es una realidad ineludible solo y exclusivamente por las muertes que lo certifican como prueba de objetividad última. Todo lo demás es un pseudodiscurso que nos aproxima cada vez más a la ficción y a la irrealidad, y nos aleja paradójicamente de la finalidad propuesta, que en teoría es la objetividad. Este aspecto glosodóxico de la caverna se ha acentuado cada vez más en la última década y es una característica de los tiempos que corren, en los que la verdad se aleja del lenguaje y se acaba disolviendo en los diferentes discursos, en el decir mismo, que se replica como un virus.

Está siempre escondida, confinada, como nosotros. Tenemos que decantarla como los químicos o los antiguos buscadores de oro, como hace el filólogo, para encontrar en la palabra un destello de luz del pasado, descolorido y empañado por el uso. Es lo que sucede cuando se la busca en el discurso, parece haberse ausentado del lenguaje oral humano, en su búsqueda de una morada más nítida que el concepto. Hay quienes la persiguen en la evidencia científica, pero yo estoy cada vez más convencida de que se ha refugiado en el arte y en la literatura huyendo del político y del científico.

En el decir, la verdad se hace presente en el acto reflejo del lenguaje: el lapsus, manifestación de lo incardinado en los abismos del alma, que no se sabe por qué razón ha perdido su anclaje. El lapsus es como una verdad oculta, retenida en el laberinto del cuerpo, el tiempo y el espacio, sin posibilidad de manifestarse. Más allá del lapsus, hoy el ser humano parece haber olvidado la esencia del acto comunicativo, con tanto afán de adorno y enmascaramiento. El lenguaje ha dejado de ser vehículo de manifestación para transformarse en ceñido corsé, donde la verdad queda encogida en el angosto laberinto del decir.

Sin embargo, ella lucha por manifestarse, como todo lo oculto, pero no es el oído quien la recibe y posiblemente tampoco la vista. Son los gestos los que van dejando sus huellas en lo inmediato, que a la mayoría pasan inadvertidas. Gestos sin importancia, cotidianos, naturales e incluso absurdos, pero que son a la verdad como el sello a la cera. Tras ellos se ocultan intenciones, pasiones e intereses, que se amalgaman en el día a día y hacen de crisol temporal donde la verdad a veces quiere asomarse en su fugacidad. Así lo mostrado se hace evidente sin ser dicho. La verdad es el alma humana que se mira en el espejo del tiempo y advierte que sigue siendo la misma de mil maneras distintas.

¿A quién le importa eso? Hay quienes viven felices engañados para siempre, ausentes de toda manifestación divina, en la feliz e inocente inconsciencia, como mi gato, que desconocerá ahora y siempre que Epimeteo tuvo que sacarse un conejo de la túnica para adornar al hombre con la cualidad de la interrogación eterna porque no tenía ya nada más.

Enigma sin fin, Dalí (1938)
Enigma sin fin, Dalí (1938)

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Confinados y emocionados

El Covid-19 y el confinamiento que estamos sufriendo a causa de esta pandemia han cambiado nuestra forma de relacionarnos con el entorno, de manera que las relaciones sociales presenciales y directas que antes teníamos (en la escuela, con nuestros amigos, en talleres, en clases particulares, haciendo deporte, jugando) se han transformado en relaciones sociales digitales. En cierto sentido ésta es ya una característica implícita de la sociedad de la información en la que hace un par de décadas vivimos inmersos, pero en esta circunstancia destaca aún más que antes esa sociedad-red implícita en nuestra forma de relacionarnos, hasta tal punto que en este momento es casi la única forma de relacionarnos con los otros y poder seguir realizando parte de las actividades que antes hacíamos habitualmente.

No sólo ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con los demás o se ha intensificado en la misma el aspecto socio-tecnológico hasta hacerse imprescindible, sino que el hecho de estar en casa recluidos durante muchos días consecutivos ha afectado también a nuestro estado de ánimo, siendo principalmente estos tres aspectos los que más se han resentido con la pandemia en los estudiantes:

-Relaciones sociales.

-Hábitos y rutinas de vida.

-Estados de ánimo.

A través de esta actividad que he llamado “Confinados y emocionados”, pretendo que reflexiones sobre tus emociones, tomando como pretexto la película Inside Out que puedes ver en casa con tu familia, y seas capaz de equilibrarlas, tanto en la situación excepcional que vivimos, como en general, cuando volvamos a clase en nuestro día a día.

Carátula Inside Out
Carátula de Inside Out (Del Revés)




Aprovecho la ocasión para agradecer a todos mis compañeros y compañeras de trabajo y al equipo humano del IES Virgen de Vico su paciencia y dedicación durante el periodo de confinamiento y, en general, durante los dos últimos cursos, que ha sido un placer para mí poder compartir con todos vosotros y con el alumnado del centro. Quiero dar las gracias especialmente a Manuel y Jose, por esos momentos de risas y buen humor en la sala de profesores y a Daniel y Sergio, autores de algunos vídeos que tengo en mi Blog, al equipo directivo por su consideración y buen hacer pero, sobre todo, a los superhéroes de la copistería de la mañana y de la tarde: Toño, Rafa y David y a las superheroínas de la limpieza, entre ellas, Begoña.


06/05/2020

El misterio de la filosofía antigua

¡Hola a todos!

Estamos a final de curso, pero nunca viene mal recapitular. Como los profesores no podemos adelantar mucha materia en el tercer trimestre, os animo a repasar todo lo aprendido en el Núcleo Temático 1: El origen de la filosofía, que abordamos a comienzos de curso. Posiblemente sea ahora cuando podamos responder de forma algo más certera a lo que es ese saber característico que hemos llamado filosofía, que ha dado lugar a tantos quebraderos de cabeza a lo largo de la historia de nuestra cultura y que espero siga dando muchos más :)

¿Quieres que lo repasemos juntos?

La Escuela de Atenas de Rafael Sanzio
La Escuela de Atenas de Rafael Sanzio (1510-1511)

Pensando en vosotros he elaborado una propuesta de repaso a modo de viaje a través de cuatro bloques de actividades. Todas ellas están reunidas en un microsite que he creado para que puedas acceder fácilmente a ellas y comenzar la aventura. Más abajo te dejaré también otro enlace. Pero, antes de empezar la aventura, necesitarás un mapa. En él, además de un audio misterioso un poco distorsionado, que debes oír atentamente, encontrarás las instrucciones para completar el recorrido. Recuerda que buena parte de él es grupal, por lo que te aconsejo que busques compañeros apañados, creativos y con ganas de curiosear.

En este Padlet tienes todas las instrucciones: ¡Que comience el viaje por los misterios del mundo antiguo!


Hecho con Padlet


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Insignias

Insignias

Una nueva ley educativa en la mochila