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20/02/2022

Textos UD3_Críticas a la metafísica_Friedrich Nietzsche

    

   

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Los alumnos seleccionados de cada grupo de 1º de bachillerato deberán descargar el documento en formarto doc., seleccionar uno de los textos eliminando los demás, imprimir el documento y entregar el comentario manuscrito el día y la hora de clase en la que les toque exponerlo (podrán ver dicha información en el Calendario de tareas por grupos de aula). Al ser un comentario de texto realizado en casa y con antelación, tienen a su disposición todo el material de consulta que crean oportuno, además de los apuntes de la unidad, la selección de textos realizada al efecto para el comentario y las pautas metodológicas a seguir, así como la rúbrica con los criterios que se tendrán en cuenta para calificar la tarea, que son los materiales básicos de los que disponen. 


  • Rúbrica comentarios texto UD3_Críticas a la metafísica_Nietzsche: ¡Ojo! La rúbrica de esta selección de textos se centra en las críticas a la metafísica desde la tradición filosófica y no en la clasificación de los distintos tipos de metafísica que aparecen en el texto y sus características, sino en la identificación de éstos y la crítica de Nietzsche a los mismos.



01/12/2021

Textos UD3_Tipos de metafísica

 A través de esta selección de textos y la tabla adjunta podrás profundizar en los aspectos teóricos de la UD_3, en concreto del apartado 2_Tipos de metafísica, de forma que al comentarlos aplicarás la teoría fijando los conceptos y adquiriendo progresivamente destrezas para realizar comentarios de textos guiados.




30/11/2021

UD3_La cosmovisión metafísica de la cultura occidental

 Por fin ya tengo casi preparada la Unidad 3. La he llamado la cosmovisión metafísica de la cultura occidental y en el fondo he hecho alusión a un libro que tenía ahí preparado en la recámara de mi tableta para leer desde el año pasado: ¿Qué es metafísica? de Martin Heidegger. Es posible que la metafísica fuera el resultado de un largo proceso de cristalización de formas míticas, que se transforman en conceptos abstractos, por lo que surge ligada consustancialmente al pensamiento filosófico. No es que no me guste leer, pero estos señores se empeñan en cercenar la filosofía como sea: con doce grupos y aproximadamente 350 alumnos es bastante complicado sacar tiempo para leer y trabajar las competencias, pero igual no es una de las finalidades del sistema educativo, pese a que toda la legislación aprobada hasta la fecha presume de plantearse objetivos tan excelsos como "enseñar a pensar a los alumnos" o "fomentar el diálogo", "el pensamiento crítico", "los valores democráticos" y la "tolerancia con respecto a otras culturas, creencias e idiosincracias". Estoy encantada con las facilidades que nos proporcionan a los profesores de Filosofía para lograr esos objetivos y otros aún más complejos.

  Bueno, sea como fuere -pues los filólogos también están ahí rastreando vocablos- es un tema bastante complicado y que aún estoy rehaciendo, en el que además de las curvas cerradas y abstractas de la metafísica, se nos presentan dos figuras teóricas relevantes, un crítico acérrimo y un defensor de la misma, que serán los protagonistas de la unidad desde el punto de vista de su evolución histórica: Platón y Friedrich Nietzsche. Y es que a la pobre metafísica no la han dejado tranquila ni un solo instante, está claro que le tienen manía…en fin...¿por qué el Ser y no más bien la nada? ¿Cómo es posible pensar la nada? ¡Qué estrecho es nuestro pensamiento, aferrado a los esquemas lógicos, se hace imposible pensar cualquier cosa que los exceda!

UD3_La cosmovisión metafísica de la cultura occidental de Nuria García Mairena

17/11/2020

Aproximarse a Heidegger

APROXIMARSE A HEIDEGGER, UN CONSTRUCTOR EN EL EPICENTRO DE LA BARBARIE

La vía del Ser de Heidegger (2020), Richard Capobianco (aut.), Ramiro Palomino (trad.), Guillermo Escolar (ed.). ISBN: 978-84-18093-11-1.

La prosa marcó el inicio de la metafísica como olvido del Ser y la pérdida paulatina de la relación del hombre con su manifestación. El misterio de la phýsis quedó traducido a lógos en tanto que fórmula despojada de toda sacralidad en aras a la consecución de la universalidad de la ratio, que sustituye a lo trascendente como encuentro y presencia, quedando lo universal del eidos reducido al decir del hombre en las postrimerías de la cultura occidental, que es reflejo de este íntimo desgarro que ha sacudido toda su historia. Heidegger pretende sanar esta herida de la cultura occidental conduciéndola de nuevo a la experiencia renovada de la manifestación del Ser.

En este sentido, aproximarse a Heidegger puede compararse con escalar una majestuosa montaña, cuyas aristas transportan al iniciado a la cima del pensamiento de nuestra cultura, una vez esta ha alcanzado su cénit y se encuentra en el ocaso. Ciertamente, aproximarse a Heidegger puede suponer retomar, a modo de relevo olímpico, el intento heideggeriano de volver a dirigir los escasos rayos de luz del crepúsculo de nuestra cultura de nuevo a sus inicios, los últimos estertores del luminoso sol griego, que como si de una supernova se tratase, nos ha iluminado durante más de dos mil quinientos años. Aunque la montaña puede ofrecer distintas vías o senderos de dificultad variable, obviamente su cúspide es inaccesible al lector-alpinista amateur, que solo podrá divisar su afilado perfil desde la lejanía y con prismáticos.

Esto le sucede al lector de a pie con la enigmática figura de Martin Heidegger que, como una escultura muda de gigantescas dimensiones, se alza atenazador sobre el siglo veinte, prologando su difuminada sombra hasta nuestros días. Su intrincado lenguaje a base de neologismos y cultismos, cuya finalidad es romper el vector tradicional de significado y torcerlo hacia un encuentro primigenio con el Ser en los albores de la cultura occidental, que personalmente calificaría de nostálgico, hacen compleja su traducción incluso a los expertos más estudiosos. En ese sentido, la labor de Richard Capobianco es doble: con su nueva lectura del coloso alemán, Engaging Heidegger, pretende hacernos llegar su personal visión de su encuentro con la roca heideggeriana y limar sus aristas en La vía del Ser de Heidegger para ofrecerle al lector amateur un sendero sencillo de seis capítulos para su comprensión y con él comprenderse a su vez a sí mismo y a la historia de Occidente.

Este camino, en compañía de Martin Heidegger, debe recorrerse hacia atrás: del Ser como ente (mathesis) y su olvido, al Ser como encuentro con la Unidad, de la reclusión del ser en la conciencia, del Ser como Sinn, de su reducción a lo pensado y su encierro en la conciencia, al Ser como Sein, como donador de sentido y condición de posibilidad del mismo.

Capítulo 1: Alétheia. Ser como emergencia y manifestación. Ser como verdad

Husserl intuye el Ser al proponer el vector de la correlación noesis-noema, no obstante, dicha dualidad es de carácter exclusivamente gnoseológica, por lo que queda anclada en la conciencia del sujeto y en los esquemas cognitivos de la subjetividad moderna, que encierra al ser en los abismos de la conciencia, reduciéndolo y abstrayéndolo matemáticamente como producto de la historia de su propio olvido, como un espectro cuyo eco resuena en la conciencia como extremo opuesto de la cuerda de la manifestación del Ser. Heidegger, por el contrario, pretende osadamente hacernos llegar al otro extremo de la cuerda: la manifestación ontológica del Ser, el darse del Ser en su inmediatez.

Esta es la crítica primordial de Heidegger a su maestro, que subraya el aspecto luminoso del fenómeno en tanto que manifestación o donación al sujeto cognoscente, sin la que ningún contenido de conciencia es posible. Para recuperar el polo ontológico del darse o manifestarse del Ser, recurre a la relectura de Aristóteles, en especial el libro Teta IO de la Metafísica, en este sentido, sólo a través de un viaje involutivo desde el Ser como mathesis al ser como presencia, puede hacerse de nuevo visible la manifestación del Ser como Uno, cuyos miembros, cual Hainuwele, han sido desgajados a lo largo de la historia del pensamiento, volviéndose el Ser mismo opacidad para el hombre en su viaje desde el darse a la conciencia: Heidegger pretende superar el solipsismo moderno y restaurar el pacto de referencia gnoseológico, lingüístico y ontológico, conservando -matizándolo- el concepto de Ser como evidencia (Alétheia, apófansis, pháinesthai, Ereignis, Lichtung) y dirigiendo esta evidencia hacia el darse fuera de la conciencia. Así lo interpreta Capobianco en The Fundamental Question Concerning Being Itself:

«’La verdad’ es ‘independiente’ del ser humano, pues la verdad significa el esenciarse de lo que es verdadero en el sentido del desocultamiento».

Capítulo 2. Hölderlin, el poeta de la phýsis

Recuperar el darse del Ser como Unidad en su sentido primigenio conduce a Heidegger a interesarse por el pensamiento presocrático, en el que se empieza a deslindar vagamente lógos y misterio, pero también por la poesía de Hölderlin en tanto que destello de esta manifestación: la phýsis es la manifestación de la apertura del Ser, lo sagrado atrapado por el lógos, que al quedar encerrado en conceptos acaba volviéndose secular en el lenguaje cotidiano y perdiendo su brillo, su relucir fulgurante. El darse del Ser impregna el lógos griego, voz de la filosofía presocrática, y resuena en la poesía de Hölderlin. Heidegger cita un verso de los últimos poemas de Hölderlin para intentar ilustrar esta concepción del Ser como apertura, manifestación: “El relucir de la Naturaleza es la más alta revelación” (Capobianco, 2020, p.58). 

La historia de la metafísica occidental desde Platón a la actualidad ha escindido el Ser, de forma que sus simulacros han quedado atrapados en la enticidad, en la temporalidad de la historia pensada como manifestación de lo absoluto, en la conciencia del sujeto, en la ciencia que piensa el Ser como mathesis y, por último, en el lenguaje como diseminación de lo óntico que pregona su olvido. Heidegger pretende acercarse de nuevo a la manifestación de lo Uno en el lógos, como eco del Ser en la filosofía presocrática y en la poesía que lo convoca y nos lo trae de nuevo a presencia.

Martin Heidegger en 1965

Capítulo 3. La «experiencia griega» de la Naturaleza-Phýsis-Ser

Siguiendo a Hölderlin, Heidegger describe la Naturaleza como lo Santo, la manifestación del Ser, su emergencia espacio-temporal a la que denomina con el concepto de Ereignis. En este sentido, coincide paradójicamente con Nietzsche[1] en la crítica de Kant al considerar que la espacio-temporalidad no es una cualidad relativa única y exclusivamente a la conciencia del sujeto y su mecanismo gnoseológico, sino que ésta no es otra cosa que la manifestación del despliegue del Ser, el producto de su desocultamiento, por lo que la espacio-temporalidad no es una construcción subjetiva, sino producto del Ser en su darse.

El pensamiento heideggeriano, según Capobianco, pretende ser una superación del solipsismo moderno, de la metafísica occidental, que reduce el ser a esencia matemática y de la lingüística, en tanto que considera al Ser como fuente estructural y previa al significado y condición de posibilidad del mismo en cuanto el Ser se manifiesta como presencia (alétheia). Considera Heidegger que los primeros filósofos griegos disfrutaron de la inmediatez del Ser y fueron intérpretes de su presencia ajenos a la subjetividad mediadora, de ahí la necesidad de remitir al hombre contemporáneo a ella de nuevo, a la experiencia griega de la Naturaleza-phýsis, paulatinamente mediada por el despliegue de la subjetividad como conciencia absorbente de esta experiencia en la historia de Occidente.

Capobianco nos llama la atención sobre una serie de hitos históricos capaces de traducir en arte la experiencia del encuentro con la presencia del Ser, con lo inefable. En este sentido, podríamos comparar la lectura Heideggeriana de Capobianco a la de Steiner y su triángulo lingüístico-estético-ontológico en Presencias reales. Ambos autores, Steiner y Heidegger, reclaman lo mismo a su tiempo: un encuentro con el Ser como presencia, que en el caso de Steiner se traduce en manifestación estética y en el de Heidegger a superación de la metafísica entendida como olvido de este encuentro primordial.

Capítulo 4: La sentencia temprana del Ser como Phýsis-Alétheia

El retorno a la experiencia griega de la phýsis conduce a Heidegger a un estudio pormenorizado del término en varios de sus cursos, posteriormente editados; entre ellos, Los conceptos fundamentales de la metafísica de 1929-30, El inicio de la filosofía occidental: interpretación de Anaximandro y Parménides de 1932 e Introducción a la metafísica de 1935. Al analizar en ellos el término phýsis, observa un doble sentido en el origen mismo del vocablo: phýsis como “lo que impera” o como región de lo ente que hace referencia a las cosas naturales y al mismo tiempo el imperar o manifestarse. Este doble sentido del término está presente en la metafísica aristotélica, de forma que Aristóteles llama ousía (oὐσία) a aquello que hace que cada cosa sea lo que es, traducido al latín como sustancia (substantia) o esencia (essentia), inaugurando la historia de la metafísica occidental que, poco a poco, olvida el segundo sentido de la palabra phýsis, quedándose únicamente con lo ente; por este motivo nos dice Heidegger que la historia de la metafísica es la historia del olvido del Ser y nos recuerda el Ser estableciendo una correlación entre las palabras phýsis y alétheia, como enunciadoras de propiedades de su manifestación, cuya correlación estudia pormenorizadamente en Introducción a la metafísica (1935): el ser se manifiesta como Phýsis que incluye en su seno el devenir mismo, en este sentido, la verdad es una propiedad inherente al Ser que procede de su desocultamiento y no un constructo gnoseológico. El hombre no es más que aquel que trae a presencia lo que emerge mediante el lenguaje, cuya verdad trasciende siempre el lenguaje, pero reluce en él.

M. Heidegger Introducción a la metafísica (1935)

Capítulo 5: Centinelas del Ser

El Dasein es un centinela del Ser, un heraldo expectante, abierto a su manifestación para ser proclamada. En este sentido, Heidegger considera que la historia de la filosofía occidental, y en especial la de los s. XIX y XX, que ponen su énfasis en el lenguaje como objeto de estudio, no atienden al darse del Ser ni al asombro de su manifestación, sino al hecho limitado y angosto de su proclamación por el Dasein; es decir, al extremo de la cuerda que hace referencia a la expresión del Ser y su manifestación lingüística, que en absoluto puede agotar su esencia, pues como afirma Capobianco (2020), tanto el énfasis en la construcción gnoseológica de sentido como en la lingüística contribuyen al olvido del Ser, paradojas de la historia del pensamiento que Heidegger intenta por todos los medios superar.

Los cursos de 1943 y 1944 sobre Heráclito suponen un segundo excurso de Heidegger en la filosofía presocrática y en la comprensión del concepto de phýsis que describe como “brillo inaparente” (Capobianco, 2020, p. 120) en el sentido del manifestarse del Ser, pero no reductible a lo ente. Heidegger debe hacer un decurso inverso por el camino de la individuación y la autoconciencia que ha recorrido la cultura occidental hasta llegar de nuevo al encuentro originario con el Ser como lo sagrado, lo apofántico, de ahí que recurra a las dos fuentes originarias que transcriben esta manifestación: la poesía, en especial la de Hölderlin y la filología clásica, que le permite analizar los términos que contienen los ecos de esta manifestación del Ser en su origen.

En su curso sobre Heráclito de 1944, Heidegger analiza el sentido de la palabra griega lógos en los fragmentos del filósofo llegando a la conclusión de que su sentido primigenio no es “razón”, “discurso”, “sentido” o “enseñanza”, sino reunir (légein). En general, los signos lingüísticos son para Heidegger, según afirma Capobianco, “el mostrarse del emerger mismo”, por lo que deben ser considerados como alétheia,  donación del ser en el lenguaje y no como un constructo subjetivo a la manera nietzscheana[2], lo cual Heidegger directa e indirectamente critica en tanto que epígono de la filosofía moderna, concretamente a partir de la relectura del fragmento 93 de Heráclito: si Descartes encierra al Ser en la conciencia, Nietzsche lo hace en el lenguaje;  no obstante, el Ser es apertura que interpela al Dasein en el lenguaje, en especial al poeta, que es invadido por la revelación del Ser, pero el Ser no es reductible a lenguaje, como tampoco se reduce a lo óntico.

Capítulo 6: El Lógos es el Ser mismo

De la relectura de Heráclito, Heidegger interpreta que el Lógos es la voz del Ser mismo que convoca al hombre a su escucha, esta es la “lógica primordial” de la que nos habla en su curso sobre Heráclito de 1944 (Capobianco, 2020, pp.132-133): “Para Heidegger, aquello a lo cual la lógica se refiere como «sujeto» de un «enunciado» es rastreable hasta la experiencia de su aparecer y mostrarse”. De esta forma, Heidegger deconstruye al deconstructor, es decir, desmonta la metafísica de la subjetividad nietzscheana con sus mismos argumentos, pero no llevándola hasta el límite perceptual del sujeto y encerrándola en la percepción, sino traspasando este límite hasta encontrarse con la manifestación del Ser: tanto el lenguaje, como la percepción que lo hace posible y la lógica que lo abstrae tienen una base ontológica, que la historia de la metafísica de Occidente olvida o soslaya como “lo nouménico” y en este sentido como lo “incognoscible”, que no es otra cosa que (el olvido de) la manifestación misma del Ser.

Heidegger coincide con Nietzsche, pero en un sentido distinto, sobre la consideración de Platón como el inaugurador del olvido del Ser al establecer la distinción entre realidad y apariencia y considerar con ello que el Ser se identifica con el estatismo del eidos: con su teoría de las ideas, Platón lleva a su grado máximo el intelectualismo socrático al transformar el Ser en esencia suprasensible e intuible únicamente a través de la razón, iniciando con ello la historia de la metafísica como mathesis, como ratio, y con ella el olvido del Ser; no obstante, para Heidegger, sin embargo, el lógos del ser humano es un eco del decir del Ser, cuyo brillo se hace más presente en lo poético, porque el Ser, además de Phýsis y Alétheia es Lógos. Las Ur-palabras heideggerianas no son más que formas de darse el Ser y con él se identifican como su manifestación.


[1] Nietzsche alude en La filosofía en la época trágica de los griegos a la crítica kantiana realizada por A. Spir en un contexto distinto, en concreto como réplica al concepto parmenídeo de Ser Uno, que niega el tiempo, el espacio y el movimiento, frente a la infinitud y eternidad de sustancias primordiales propuestas por Anaxágoras. Según nos cuenta Nietzsche, para Parménides la pluralidad, la multiplicidad, el movimiento y la sucesión, desde el punto de vista gnoseológico, implican la aprehensión del no-ser, por lo que el propio mecanismo del conocimiento es puesto en duda por el eléata, según la interpretación nietzscheana, al introducir lo múltiple como sinónimo de apariencia. Nietzsche, F. (2003): La filosofía en la época trágica de los griegos, Valdemar, Madrid, pp. 102-105. Anotar que Heidegger no coincide con la interpretación nietzscheana del eléata como manifiesta en su curso sobre Parménides de 1942-43, en el cual, según Capobianco, manifiesta que el Ser es siempre interpretado como dýnamis (δύναμις) y nunca como algo estático. De esta forma, no sólo la espacio-temporalidad, sino el movimiento mismo forman parte constitutiva del Ser en su darse.

[2] Para ilustrar con referencias textuales el sentido nietzscheano del lenguaje como creación subjetiva y aglutinante de la experiencia colectiva, así como del concepto como metáfora producto de la subjetividad creadora,  véase Nietzsche, F. (2012): Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Madrid, Tecnos, pp. 25-28.

25/10/2020

Presencias reales

COMENTARIO A PRESENCIAS REALES DE GEORGE STEINER: ¿QUÉ SENTIDO TIENE EL ARTE EN NUESTRA CULTURA? 

1. La muerte de Dios y el arte: la ciudad secundaria 

Como nos cuenta María Zambrano en su obra El hombre y lo divino, el ser humano hoy construye su mundo sin contar con Dios. En los tiempos que corren Dios ha muerto, aunque para nuestra autora la muerte de Dios sólo significa la imposibilidad de pensar su idea lógica. Sitúa Zambrano la muerte de Dios no en Nietzsche, como cabría esperar, después de su tan comentada frase –a la que incluso M. Heidegger le dedica un artículo en Caminos del bosque- sino en Hegel. Con Hegel murió Dios porque Hegel “diviniza la historia”, el tiempo, el devenir heraclitiano. Como quiera que sea, en los tiempos que corren, Dios ha muerto, y con él la muerte del hombre es inminente, pero para Steiner todavía queda una posibilidad en el campo del arte: ¿es Dios un fantasma de la gramática, o es condición de posibilidad del significado? Cualquier experiencia de creación –creatividad- y de comunicación no son posibles, según Steiner (2002), sin apelar a una apuesta por la trascendencia: 


“La apuesta a favor del significado del significado, a favor del potencial de percepción y respuesta cuando una voz humana se dirige a otra, cuando nos enfrentamos al texto, la obra de arte o la pieza musical, es decir, cuando encontramos al otro en su condición de libertad, es una apuesta a favor de la trascendencia”. (Steiner, 2002, p. 14) .


Hoy “tenemos que aprender de nuevo a ser humanos”, y Steiner apuesta por el ámbito del arte, en el que se pone de manifiesto la experiencia del sentido creado. Para ello nos hace dos propuestas. En primer lugar, su libro Presencias reales supone una contrametafísica de artista y a la vez un intento a partir de la deconstrucción nietzscheana de recuperar el sentido y la trascendencia perdidos en la cultura occidental como consecuencia de la muerte de Dios: Steiner considera que no puede haber humanidad en la pura inmanencia, sólo animalidad.


Portada de Presencias reales (2002) de George Steiner

Por otro lado, propone una república contraplatónica, pero de la misma forma que propuso Platón su República: como utopía. Steiner hace hincapié en la República, puesto que en esta ciudad ideal no había lugar para los poetas. Platón expulsó a los poetas de la República oponiéndose con ello a la paideia tradicional, que estaba basada en modelos poéticos: la épica y la poesía trágica. Platón define al arte como una “mímesis” de tercera clase, los modelos poéticos en los que están educados los griegos son personajes cambiantes, y Platón pretendía fundamentar la educación en modelos fijos, constantes, que pudieran servir de referente: el eidos. El artesano y el pintor no atienden a la “idea”, no fabrican la idea misma, que es preexistente, no son creadores, sino meros copistas de segunda clase. La teoría del conocimiento platónica, se basa en el postulado de la preexistencia del alma y de la Ideas, ordenadas por un dios matemático que no es creador, pues el concepto de creación, que presupone el de voluntad, no es griego, sino que procede de matriz bíblica, de la tradición judeo-cristiana. Platón justifica la expulsión de los poetas de la República en virtud de su ontología y su teoría del conocimiento que tienen un correlato ético y sociológico. 

Steiner va a reivindicar una república contraplatónica porque a través del arte –ya sea como autores o como espectadores- aprehendemos la “experiencia del sentido creado”. De entre todas las artes va a destacar la música, subrayando con ello el sentido del oído, la actitud de la escucha, que supone atención y espera, frente al sentido de la vista privilegiado por los griegos, como observamos en las metáforas de la luz como forma de conocimiento. Para Steiner la melodía es el supremo secreto del hombre y su comprensión trasciende los límites del lenguaje lógico-racional, pues como el mismo autor afirma, refiriéndose al Tractatus: “Los límites de mi lenguaje no son los límites de mi mundo”. 

Esta “ciudad secundaria” es un lugar para artistas, no para críticos, pues se pretende suprimir los mediadores, el análisis, examen y valoración de las obras de arte, otorgando primacía a la experiencia estética vivida y recreada, a la experiencia del significado sentida. Steiner defiende una “hermenéutica creativa” frente a la crítica valorativa, para poder excluir de la paideia de la “ciudad secundaria” los metatextos, el texto sobre otro texto, la literatura secundaria. Para él la auténtica hermenéutica del arte es la “ejecución”, la realización, la representación, que pone en acto el significado. En literatura, teatro, música, poesía, pintura...la acción de significar se lleva a cabo en la ejecución de la obra misma, al ponerla en acto, no al razonar conceptualmente sobre ella. La ejecución de la obra de arte conlleva un aspecto de responsabilidad en un triple sentido; moral, espiritual y psicológico, un compromiso con el significado, puesto que el ejecutante se implica él mismo en la puesta en acto, en la interpretación: “la interpretación debe ser en grado sumo vivida” (Steiner, 2002, p. 22). El significado se halla en la “vivencia”, en la puesta en acto. Para Steiner la intelectualidad sólo es una isla en el océano de la faceta creativa del hombre. 

2. El estatus ontológico del arte y las humanidades 

Las artes en sí mismas constituyen un acto crítico en un doble sentido: crítica de la vida y reflexión sobre la herencia y contexto al que pertenecen. La crítica desde el interior del arte mismo, la crítica vivida, hace del texto pasado una presencia presente. El crítico, el intérprete está recreando el mensaje de la tradición, para lo cual no hay equivalente académico. La crítica desde el interior del arte no destroza las formas, sino que las va reescribiendo unas sobre otras; se trata de una “hermenéutica creativa” y, por tanto, responsable. El rastreo de la génesis del significado en arte se lleva a cabo a través de los bocetos del artista, diarios, notas... que permiten traducir la materia acabada en sentido. Para Steiner “las mejores lecturas del arte son arte” (Steiner, 2002, p. 29), la hermenéutica creativa no distingue entre texto primario o secundarios, pues todas las críticas son al mismo tiempo fuentes. Autor e intérprete son “reflejos”, reflexivos sobre lo precedente, sobre la herencia; lo cual supone una reproducción internalizada, un volver a pensar, un recrear; pues sólo a fuerza de estilo se penetra en la esfera del texto primario.

The Lyrical, (1911), Wassily Kandinsky

Nuestro autor se pregunta por el “estatus ontológico” de las artes en una actualidad donde prolifera el “texto secundario”, el “digesto”, frente al encuentro y la apropiación íntimas y personales con la obra. En una época donde los mass-media homogeneizan la temporalidad, de tal manera que todos los instantes tienen el mismo valor: la noticia es “novedad”, frente a la “originalidad”, que supone un retrotraerse al origen; Steiner denuncia la existencia en la actualidad de una industria cultural –al igual que lo hicieron Adorno y Horkheimer en la Dialéctica de la Ilustración- que se rige de acuerdo a criterios de productividad y consumo. Hoy no se vive el arte, sino que se consume en el tiempo de ocio. Hoy domina una estética del consumo. 

Por otro lado, en el campo de las humanidades, el texto secundario aparece de la mano de lo “académico-periodístico” (Steiner, 2002, p.44). Las artes están fuera de nuestro sistema educativo, seguimos viviendo en la República platónica, aunque ahora, al parecer, de un modo estructural –con ello hacemos referencia a las corrientes estructuralistas y post-estructuralistas, que Steiner critica- y mass-mediatizado. Hoy asistimos a la eclosión del texto secundario, que toma su método paradójicamente de la exégesis de las Escrituras. 

Las humanidades quieren imitar a las ciencias naturales, pero al arte no se puede aplicar métodos de validación científica, la crítica del arte desde el interior del arte no puede verificarse ni refutarse. La “hermenéutica crítica y ejecutiva” desde el interior del arte que propone Steiner puede ejemplificarse, pero no enseñarse. El “tacto crítico” es una capacidad natural del sujeto. Frente a la hermenéutica vivida, el crítico académico seculariza el misterio de la experiencia estética, del significado, al contemplarlo desde el exterior sin vivirlo. Steiner opone el método midrásico, que engendra el comentario infinito; a la Cábala, que es pura receptividad, iluminación. El metatexto, la glosa, la exégesis, se aleja del texto, es un acto de exilio que vela el texto primario. Glosa y Cábala son dos modos de experiencia interpretativa frente al significado que influyen en el encuentro con la “presencia”. En ciertos momentos de la historia ha sido preciso poner un “punto final hermenéutico” a la glosa (Steiner, 2002, p. 61). El “dogma” es una puntuación hermenéutica, la promulgación de un acto semántico frente a la eternidad de la glosa y el comentario. Steiner asocia la glosa con la herejía, la relectura, la interminabilidad semántica. El Psicoanálisis se basa en principios midrásicos de infinita asociación (Steiner, 2002, p. 62), regida por la interminabilidad semántica del lenguaje. La glosa devalúa la vitalidad de lo estético. 

Hoy las humanidades están en crisis porque se ha quebrado la noción de “sujeto creativo”, y la experiencia de significado se sustituye por la glosa, el texto secundario. Sin la experiencia de la trascendencia no es posible entender el misterio de la creación en el arte, la capacidad creativa del artista. La muerte de Dios supone para Steiner la muerte del sujeto creativo y la hegemonía del texto secundario, de la “anárquica ubicuidad del discurso posible”. Sin posibilidad de trascendencia no hay posibilidad de comunicación y nos vemos abocados al solipsismo. Vivimos en la Era del Epílogo (afterword). Pero tanto la comunicación viva –oral- como la experiencia estética, suponen un encuentro con la trascendencia. El lenguaje es un instrumento infinitamente performativo, y a través de este hecho se apela a “una infinitud anterior y engendradora del pensamiento” (Steiner, 2002, p.74). Sólo se puede preguntar de forma metafórica, oblicua, con palabras “lo que hay antes de las palabras”, en este sentido, el lenguaje es “ficción verdadera”, crea presencias a través de la nominación, pero el estudio del lenguaje conduce en última instancia a una posición, ya sea positiva o negativa, sobre lo teológico. Para Steiner la glosa, la hermenéutica y la crítica son anti-teologías del decir ilimitado. 
Steiner nos presenta dos paradojas de nuestra actualidad: 

1) Nuestra época, a pesar de ser la de la mass-mediatización, a través de la cual los textos son ampliamente accesibles y comunicables, al mismo tiempo, la experiencia directa con los clásicos y la experiencia estética, está mediada por el texto secundario, diferida. La famosa crisis del s. XX no es tanto una crisis de la razón como una crisis de la sensibilidad. 

2) Por otro lado, el canon es un “proceso dinámico de verdad sentida gradualmente coincidente” (Steiner, 2002, p. 87), a través de un consenso, un sentir común. Pero hoy sólo un pequeño número de personas se interesan realmente por el arte y la educación de las masas no es una buena solución para el problema, puesto que no se puede imponer una “universalidad de percepción y elección” (Steiner, 2002, p. 88), por lo que el canon pertenece a la política del gusto, que es oligárquica, aristocrática (siempre en el buen sentido de la palabra, que apela al término griego aristos, que significa “lo mejor”). 

3. Hay algo en lo que decimos: la presencia del mundo y del otro como vector de trascendencia 

Steiner reflexiona sobre las relaciones entre lenguaje y comunidad social, que tienen un origen común: “En nuestro principio se encuentra la palabra” (Steiner, 2002, p. 113), el “logos”. El hombre es un animal de lenguaje, pero “logos” no es sinónimo de lógica, la cual es sólo un derivado. El lenguaje, según Steiner, está fundamentado en el “acto de confianza”, según el cual la palabra representa el mundo, que es mucho más radical que cualquier forma de contrato social: “La materia prima de la existencialidad tiene su análogo en la estructura de la narración” (Steiner, 2002, p. 115). El escepticismo pone en duda el acto de confianza semántica, pues interpreta que el lenguaje teje un velo sobre el objeto, pero no duda de la legitimidad del lenguaje; en este sentido, el escepticismo es incoherente consigo mismo en la medida en que ha buscado expresión, por ello no llega a romper el pacto de referencia, fracción que según Steiner, tiene lugar entre 1870-1930. La ruptura del pacto de referencia marca la escisión de la historia de nuestra cultura en dos grandes periodos: la era del “Logos” y la era del “Epílogo”, que tiene lugar a través de cinco movimientos: 

1) Ruptura del pacto de referencia, que Steiner sitúa en Rimbaud y Mallarmé. El primero, por deconstruir la primera persona del singular, introduciendo la pluralidad en el “yo”, negando de esta forma el “cogito” cartesiano, la conciencia. Y el segundo, por separar el lenguaje de la referencia externa. 

2) La “Sprachphilosophie” (Tarski, Wittgenstein, Frege, Quine, Kripke...) y la lingüística moderna (Saussure), entre las que Steiner considera difícil trazar una línea divisoria, conllevan la diseminación del “logos”. Steiner defiende una hermenéutica del “logos” como presencia, una semántica referencial frente a una semántica interno-relacional. 

3) El Psicoanálisis: es uno de los síntomas de la crisis de la Palabra por su infinidad semántica y al describir el complejo de Edipo de forma tanto biológica como lingüística. 

4) La sprachkritik: describe cómo el lenguaje se hace tópico, cliché, velando el mundo y la verdad, lo cual supone una “retirada de la palabra”. 

5) Post-estructuralismo y deconstrucción suponen la situación extrema en la era del epílogo: la post-palabra (after-word). Steiner describe la deconstrucción como una “metateoría” que defiende la imposibilidad de una hermenéutica del significado, pues si el axioma del significado y el concepto de Dios son compartidos, entonces la deconstrucción supone el “grado cero del sentido”: “No hay acto de habla fundacional, ningún decir es inmune al des-decir” (Steiner, 2002, p.148). Para la deconstrucción no hay autor, no hay contexto, no hay historia, sólo “texto”: 

“Dentro del tejido ilimitadamente sustituible de textualidad, todo y nada se ha dicho y se ha considerado que ha sido dicho de manera definitiva. Los textos (cuadros, estatuas, sonatas) son, como proclama Barthes, tejidos formalmente ilimitados de citas tomadas de innumerables conjuntos de culturas anteriores y circundantes” (Steiner, 2002, p. 147). 

Pero para Steiner “hay algo en lo que decimos” (Steiner, 2002, p. 151.), el signo transporta presencias. La deconstrucción asume el significado desde la ausencia, desde la “Nada”, el cero absoluto, concepto que está presente también en Heidegger y Sartre. No hay posibilidad de una hermenéutica del significado desde la deconstrucción, pero para Steiner, pese a la deconstrucción, el arte, la música y la literatura serios constituyen todo un fondo metafísico sin explotar metafóricamente, un “opus metaphysicum” (Steiner, 2002, p. 166). “El lenguaje existe, el arte existe porque existe el otro” (Steiner, 2002, p. 169). Steiner relaciona Arte / Presencia / Lenguaje con la posibilidad de la comunicación. Nuestra ética es solipsista, nos damos la norma a nosotros mismos desde nuestro interior, pero tanto en la vida como en el arte es imprescindible la comunicación, el acto de comunicación es un acto de trascendencia, una tentativa de encuentro con el “otro”. 

Sólo a partir de la presencia del “otro” es posible la comunicación (referencia, sentido y significado). Todos nuestros modos de experiencia del significado y sus riquísimas formas de expresión son “funciones” de nuestro encuentro con el “otro”. Steiner sitúa el encuentro con lo “otro” en el plano de lo sagrado: es ambivalente, produce percepción y miedo. Ortega y Gasset en el capítulo primero de El hombre y la gente, “Ensimismamiento y alteridad”, nos habla del encuentro con el otro, con el semejante, como el encuentro con un “alter-ego”. El otro es un “ego” y a la vez es un “alter”, es idéntico y a la vez distinto. El otro penetra en nosotros y nosotros en él, hay un hueco en nuestro interior ocupado por el otro. El diálogo, la comunicación, suponen un “salir de sí”, trascender, alterarnos, volvernos “otro” en cierta medida. Pero las artes son encantamientos, invocaciones de presencia y de significado, que suponen un encuentro con lo absolutamente otro, ajeno. Un análisis de la experiencia estética, que es una experiencia de comunicación con lo otro, supone una ética. Sólo a partir de un sujeto que es capaz de salir de sí, trascender hacia el encuentro con otra libertad o con la presencia del significado, podemos postular una ética y una estética. La enunciación y la significación son una señal para el otro. No es posible la ética y la estética desde la muerte de Dios, del sujeto y la metafísica.

Mujer con una flor (1932), Pablo Picasso

4. El significado como encuentro con la experiencia de la forma creada

I. Kant en la Crítica del Juicio separa los ámbitos de Ética / Estética, al postular que el juicio estético desinteresado distancia la verdad de la belleza. La imaginación artística no se rige por criterios morales (razón práctica) o cognitivos (razón pura), Kant deslinda un ámbito independiente para el juicio estético. Pero para Steiner el arte sólo es comprensible a través de su acción, su ejecución y no a través de la reflexión sobre él. En el arte se presenta una unidad entre fondo / forma, verdad, belleza y forma están tan imbricadas que la verdad o la belleza sólo emergen al actuarse la forma, al ejecutarse la obra, en la acción; por ello ética y estética están relacionadas. El arte invita a la acción y a la reflexión, es una ceremonia de recepción recíproca. La teoría del significado en el arte se basa en la presencia del “otro”: 

“La impenetrabilidad abierta de esa cara, su reflejo ajeno pero confirmatorio de la nuestra, representa el desafío intelectual y ético de las relaciones del hombre con el hombre y del hombre con lo que Lévinas denomina infinidad (las potencialidades de relación son siempre inagotables)” (Steiner, 2002. pp. 180-181). 

La experiencia de formas de significado comunicadas exige “cortesía”, tacto de la sensibilidad y el intelecto, una ética del “sentido común”. La creación artística es anterior a la recepción y al comentario, la obra de arte siempre precede al texto secundario, “la construcción precede a la deconstrucción” (Steiner, 2002, p. 184). Fuera de los mitos de la creación no hay texto primario, el acto de creación estética precede a la respuesta, el contexto de la creación anticipa y determina la recepción. La creación es “causa” de la recepción o el comentario: “El movimiento temporal-ontológico desde lo primario a lo secundario va desde la autonomía hasta la dependencia” (Steiner, 2002, p. 185). En estética la creación es previa a la recepción, como en literatura y filosofía el texto primario es previo al comentario, la glosa. El texto primario es un fenómeno de libertad, la hermenéutica de la obra está subordinada a la libertad del artista, la glosa puede ser ilimitada, infinita (textualismo e interpolación), pero su libertad es secundaria. El comentario siempre genera comentario, el texto secundario siempre engendra texto secundario, mientras que una fuente, un texto primario puede engendrar a su vez textos primarios, recreaciones y textos secundarios, glosas, comentarios. 

El encuentro con el significado, con la experiencia de la forma creada, ya sea a través del arte o de un texto primario, es un encuentro entre dos libertades: artista creador y receptor, que se buscan mutua y gratuitamente. Por otro lado, la producción de significado en arte es un acto de libertad altruista por parte del artista, al igual que la búsqueda o recepción del significado por parte del receptor, que elige a Esquilo frente al debate televisivo: 

“Allí donde el arte y la poética, imperativamente contingentes en su propio llegar a ser y a la forma inteligible, topan con el potencial receptivo de un espíritu libre, allí, tiene lugar el grado máximo que nos es dado conocer de la realización existencial de la libertad. Hacen falta dos libertades para hacer una” (Steiner, 2002, p. 189). 

El llegar a ser del significado estético depende de las libertades de artista y receptor. Los objetos en las ciencias naturales están dados de antemano, pero “sólo en lo estético existe la absoluta libertad de «no haber llegado a ser». Por paradójico que resulte, es esta posibilidad de ausencia la que otorga fuerza autónoma a la presencia de la obra” (Steiner, 2002, p.190). El encuentro entre estas dos libertades, la posibilidad de la presencia y el significado, de donación y retención, dependen de la “filología”, de un amor al “logos”, a la palabra, lo cual implica el mutuo compromiso entre estas dos libertades, un acto de cortesía, de “tacto del corazón”. La “cortesía”, el movimiento hacia la recepción, lo describe Steiner a partir de cuatro determinaciones: 

-La sintaxis, que según Valery constituye el espíritu humano, otorgándole sensibilidad para las formas articuladas. 
-El “tacto léxico”. 
-La piedad, que supone una atención rigurosa. 
-La confianza

Steiner opone al estructuralismo una gramática viva, que genera significados: 
“Una auténtica gramaticalidad de la comprensión se halla en las antípodas de cualquier adhesión insensible e ingenua a reglas duraderas (no hay una sola que soporte el paso del tiempo). Es, por el contrario, una percepción fascinada e informada de lo que cambia en la anatomía del estilo y el habla, lo que cambia en las gramáticas de la tonalidad y la atonalidad en la música. Las gramáticas están rebeldemente vivas. Un lenguaje muerto, o que se empobrece, una estética muerta o que se empobrece, son precisamente víctimas de una legislación sintáctica que se ha atrofiado monumentalmente, y cuya monumentalidad no tolera ser vivificada por alguna novedad” (Steiner, 2002, p. 195-196). 

La retórica sólo carga de efecto significante a la enunciación o el arte, mientras que los tropos lo cargan de significado. Los tropos son acciones de significado, gramática en movimiento, pues a través de la gramática penetra el significado. Los tropos, las figuras poéticas (metáfora, metonimia, sinécdoque...) renuevan el lenguaje. La gramática tanto en el arte como en el lenguaje está en movimiento, está viva. Las acciones de la sintaxis –que procede del griego suntassw, que significa “coordinar”- pueden ser estructurales, como por ejemplo, la lógica y los lenguajes artificiales, que se rigen por las reglas necesarias para construir expresiones o sentencias correctas; o significativas, que hacen referencia a un “contexto dialéctico”. Para Steiner la hermenéutica del pasado no es verificable, la interpretación no puede llegar a ninguna singularidad demostrable y estable del significado, asume la “naturaleza parcialmente ficticia de toda prueba histórica” (Steiner, 2002, p. 204), pero ello no impide apelar a un contexto. Steiner propone la filología, que se halla entre la hermenéutica y los juegos de lenguaje, de arbitrariedad y sinsentido interpretativo. La filología supone el “intercambio entre libertades, que constituye el fundamento de lo estético” (Steiner, 2002, p. 204). “Una buena lectura, una lectura en libertad, siempre será «atemporal». Esto implica que nuestro intento de bienvenida, nuestra pregunta, siempre tendrá lugar ahora, en lo presente de una presencia. No obstante, esta inmediatez se halla históricamente determinada” (Steiner, 2002, p. 205), el periodo histórico, contexto, etc., al que la obra pertenece, condicionan el registro performativo, mediante el que deben ser recibidas o percibidas. 

La comunicación con el otro nunca es totalmente completa, no es posible la transparencia, pero ello no anula el rigor y potencial del método filológico: “El espacio filológico es el del expectante, el de riesgo asumido en la decisión de abrir confiadamente la puerta” (Steiner, 2002, p. 216), pero según Steiner, nuestra época no quiere enfrentarse a la experiencia estética y literaria del encuentro con el significado, el individuo no quiere alojar, recibir en sí al otro. Estructuralismo y deconstrucción declaran esta cobardía, pues “el embarazo que sentimos al dar testimonio de lo poético, de la entrada en nuestras vidas del misterio de la otredad en el arte y la música es metafísico-religioso” (Steiner, 2002, p. 218). Pero por otro lado, hay personas invocadas por las formas del significado espontáneamente, pues la entrada del significado en nosotros no ocurre a través de un acto de voluntad, sino a través de un “enlace químico involuntario”: 

“El enlace entre el objeto estético y nosotros mismos parece encontrarse a mayor profundidad que los mecanismos de asociación o recuerdo, que están sin duda en el plano cerebral y consciente: señala hacia las predisposiciones inconscientes o subconscientes, hacia esas afinidades inculcadas, no electivas, entre las configuraciones de recepción y estímulo que los alquimistas, refiriéndose a las alianzas elementales, denominaron «simpatías».” (Steiner, 2002, p. 219). 

Nuestros huéspedes son irrevocables, y su entrada en nosotros se realiza a través de un proceso de reconocimiento: “Nos hemos encontrado antes” (Steiner, 2002, p. 220). Steiner distingue entre dos formas de reconocimiento: 

1) El tambaleo psicológico, en el que el tiempo se repliega y se superponen pasado y presente creando una apertura a través de la cual el otro aparece, se presenta: 

“El Romanticismo, el Surrealismo y el Futurismo cultivaron de modo sistemático tales fisuras que se abren a espacios interiores de la psique. Durante el fugaz eclipse del yo, otras presencias encuentran su luminoso o su tenebroso camino” (Steiner, 2002, p. 221). 

2) Los rastros de presentidad o presencia, anteriores a la conciencia, que se hallan sedimentadas en las artes, que suponen una especie de “radiación de fondo” o ruido de fondo como el que resuena en el Universo después del Big-Bang: 

“El principio de la conciencia humana, su génesis, tiene que haber comportado prolongadas «condensaciones» alrededor de nódulos irreductibles de asombro y terror, en las discriminaciones que había que hacer entre el yo y el otro, entre el ser y el no-ser (el descubrimiento del escándalo de la muerte)” (Steiner, 2002, p. 221). 

La experiencia del yo de la existencia es musical, la música genera en la psique corrientes distintas y opuestas de autoconciencia, Steiner apuesta por esta segunda forma de reconocimiento: 

“La libertad y las restricciones de las relaciones clave o del ritmo en las estructuras musicales, al tomar vida dentro de nosotros, podrían ser un marcador remotísimo como lo es la luz que recibimos de las más alejadas galaxias, del ordenamiento de las partículas cargadas aunque diseminadas que cristalizaron en la subjetividad humanizada. De modo que el «musique avant toute chose» de Verlaine tendría su verdad secreta”. (Steiner, 2002, p.222). 

5. El encuentro con el significado como canon personal. La gramática viva 

Respecto a la segunda paradoja de nuestro tiempo, la formación de un canon en la era de la mass-mediatización, nos advierte lo siguiente: “Un canon es una elaboración profundamente personal” (Steiner, 2002, p. 224), “es el celoso catálogo de lo que en habla, música y arte habita dentro de nosotros” (Steiner, 2002, p. 225). Para Steiner la receptividad está individualizada, del inmenso repertorio de obras escogemos algunas según una íntima configuración interna. Haciendo gala de cierto personalismo, nos presenta la “mímesis” como una forma de recreación. La interiorización personalísima de la tradición constituye el canon, cada uno de nosotros interioriza la herencia cultural en sus más ricos aspectos de forma diferente, cada conciencia, cada individuo despliega un tejido de intrincadas retículas sobre la cultura absorbiendo para sí, en un proceso que Steiner compara al enlace químico entre los elementos, de forma libre, espontánea e involuntaria las formas de significado que le son más afines, haciéndolas suyas, constitutivas de su propia persona, para después exteriorizarlas. La interiorización de la herencia común que compartimos nos configura a cada uno como sujeto de forma singular. Tanto la productividad como la receptividad están personalizadas. Los textos, artes, etc., se introducen en nuestra existencia produciendo una perturbación en nuestro espacio vital, modificando nuestra realidad y nuestra existencia: 

“Los efectos son los de una reacción en cadena, tal como los describe, en gran medida, la física de la energía. La sugerencia verbal, las asociaciones tonales o de imágenes liberadas por las formas estéticas generan, a su vez, secuencias ulteriores de formulación análoga, fiel y variante dentro de nosotros” (Steiner, 2002, p. 235). 

Por otro lado, como hemos anticipado, estas relaciones de “Eros” con “Logos” en el seno de la Filología, a partir de las que se constituye el canon personal de cada uno y que poseen un carácter ambivalente, i.e., se pueden presentar tanto de forma positiva como negativa, no son objeto de racionalización.

Partitura de Trois petites liturgies de la présence divine

Como tesis fundamental nuestro autor defiende que “hay creación estética porque hay creación” (Steiner, 2002, p. 244). La experiencia del significado sentido en arte exige la posibilidad de la trascendencia y de un sujeto creador, un “autor” (que procede de la palabra latina «auctor», que significa “el que aumenta”), frente al estructuralismo y la deconstrucción. Recordando la pregunta de Leibniz y extrapolándola al ámbito de la estética, el arte podría no ser, pero es. ¿Por qué existe el arte si el mundo natural, la belleza del paisaje satisface nuestras exigencias perceptivas en sus más ricos matices? El ser humano es “poiético”, es creativo porque hay creación, el arte es imitación de la creación del mundo es “contracreación” (Steiner, 2002, p. 247); el artista elabora mundos sobre el mundo.

Steiner describe el autorretrato como un intento de tomar las riendas sobre el propio ser: “«Pintándose a sí mismo» -una expresión llena de carga semántica- el escritor o el artista vuelve a poner en acto la creación de su propia persona” (Steiner, 2002, p. 249)...”el autorretrato es el modo más oponencial de creación. La mimesis es reposesión” (Steiner. 2002, p. 250). A través del autorretrato el artista toma posesión de sí y se recrea a sí mismo, el artista es un “alter-deus”. Steiner contempla la posibilidad de que la creación de la vida pueda estar relacionada con la creación estética, frente a las opiniones clásicas, como la de Shakespeare, que considera el vientre como el sepulcro de la idea; pero nuestro autor no quiere pronunciarse sobre este asunto, o por lo menos, a mi parecer, lo deja en suspenso. 

La estética, para Steiner, es producto de un intento de trascendencia, de una negación intrínseca del mal metafísico: nuestra finitud. A través del arte entramos en contacto con el misterio de “la otredad”, tanto en su aspecto positivo como negativo. La presencia de “lo otro” en el texto u obra de arte, la relaciona Steiner con el ámbito de “lo sagrado” y, por tanto, del inconsciente. Pero para nuestro autor, la noción de inconsciente no es más que una secularización del concepto clásico de daimon: lo “otro” que habla a través del individuo, o las Musas: 

“La modulación exponencial de lo semiótico en orgánico tiene lugar en la «colisión» (el agresivo término es de Hölderlin) entre la mecánica de la forma y la «otredad» en el significado” (Steiner, 2002, p. 257). 
Para nuestro autor, el término «caracteres» posee tres sentidos diferentes. 

1) En su sentido de “letra impresa”, el significado se convierte en mera formalidad, que es lo que sucede con la deconstrucción. 

2) y 3) En su sentido de “presencia real”, los caracteres son personajes, figuras que constituyen la subjetividad del receptor a través de su “presentidad”, generando con ello realidad y subjetividad; por esta causa, el término «caracteres» posee un tercer sentido relativo a la condición moral que constituye al individuo en la experiencia de la “presentidad”. En nuestra opinión resuenan en Steiner ecos de la Poética de Aristóteles, que estudia la mímesis en la tragedia clásica como posible forma de paideia, por presentar caracteres en movimiento, vistos en su ejecución. La tragedia griega constituía una forma de “religación”, de cohesión social, de redención a través de la catarsis y al mismo tiempo una forma de paideia que podía ser regulada en función de los caracteres susceptibles de ser representados. 

Steiner nos presenta las artes, la música, la literatura, como condición de posibilidad de sentirnos vecinos con lo trascendente: “En la medida en que apuesta por el significado, una explicación del acto de lectura, en el sentido más amplio, del acto de recepción e internalización de formas significantes dentro de nosotros, es una explicación metafísica, y en última instancia, teológica” (Steiner, 2002, p. 261). Una lectura responsable es aquella que apuesta por el sentido y, por tanto, por una relación, por espuria que sea, entre la palabra y el mundo. La estética, las artes, siempre hacen referencia a un plano trascendente. Steiner compara música, metafísica y matemáticas, describiendo la música por contraposición a las otras dos ciencias, como “cerebral” y el mismo tiempo “somática”. Steiner subraya la música porque cree que en ella todavía resuenan ecos de sacralidad frente a un mundo secularizado, desencantado; a pesar de que la experiencia musical no se puede descifrar racionalmente: 

“La música aporta a nuestras vidas cotidianas un encuentro inmediato con una lógica de sentido diferente a la de la razón...La música ha sido desde hace mucho, continua siendo, la Teología no escrita de aquellos que no tienen o rechazan todo credo formal. O para decirlo al revés: para muchos seres humanos, la religión ha sido la música en la que han creído” (Steiner, 2002, p. 264-265).

George Steiner

6. El olvido de Dios en el tiempo de la postpalabra 

Steiner se enfrenta al positivismo y al cientificismo, que circunscriben la verdad al ámbito de la verificabilidad, al ámbito de un lenguaje lógico y racional. Según nuestro autor, ni una lógica abstracta y descarnada, ni una lógica de la inmanencia, pueden dar cuenta de la presencia del significado, del llegar a ser de la forma significativa. En tiempos de secularización, la música ha llegado a sustituir a la experiencia religiosa; en este sentido, podríamos colegir, que alrededor de los creadores y artistas se constituye una especie de esfera de culto, tanto en el arte de élite como en el vulgar, los artistas son considerados como “ídolos”. Steiner no analiza con detenimiento el fenómeno de la idolatría en nuestra sociedad de masas, puesto que considera que el encuentro con el significado debe ser un encuentro entre dos libertades. Para nuestro autor “la estética es el hacer formal de la epifanía” (Steiner, 2002, p. 274). Podríamos puntualizar proponiendo, que mientras en el arte serio –al cual se refiere Steiner en todo momento- se produce la epifanía, la manifestación de la presencia; en el arte vulgar – al cual Steiner no se refiere en ningún caso: las “artes aplicadas” y técnicamente reproductibles: cine, fotografía, etc.- se produce la “idolatría”. El arte posee un término a quo, término desde el que parte; la inmanencia, y un término ad quem, hacia el cual se dirige; la trascendencia. Por su propia definición, el arte es trascendente, la experiencia está abierta a lo religioso y a lo metafísico, al mismo tiempo que está asegurada y explicada por ello. 

Pero en el tiempo de la “post-palabra” (after-word), el arte permanece en la lógica de la inmanencia. El s. XX supone un “olvido de Dios”, la deconstrucción propone una “Teología cero”, de lo ausente; el arte explora el vacío, la “ausencia real”. Steiner afirma: “La intuición, según la cual donde la presencia de Dios ya no es una suposición sostenible y donde su ausencia ya no es un peso sentido y, de hecho, abrumador, ya no pueden alzarse ciertas dimensiones del pensamiento y la creatividad” (Steiner, 2002, p. 277-278). Hoy vivimos en el olvido de la pregunta por el “significado del significado”, por la trascendencia, por la existencia de Dios. Vivimos en un mundo profano, secular. No obstante, nuestro autor nos abre la puerta hacia la esperanza, hacia una alternativa; para Steiner, el eco del significado resuena en nuestra gramática, pero puede retirarse; hoy nos debatimos entre estas dos posibilidades: 
“Bien pudiera ser que el olvido de la pregunta de Dios sea el núcleo de culturas hoy nacientes; pudiera ser que las verticalidades de referencia a «cosas más elevadas» y a lo impalpable y mítico que todavía están grabados en nuestras gramáticas, que son todavía los garantes ontológicos de los arcos de metáfora, desaparezcan del habla”. (Steiner, 2002, p. 279). 

Steiner es consciente de que hoy vivimos en la era del Epílogo, pero que todo epílogo puede suponer un nuevo “pró-logo”, todo final puede suponer un nuevo comienzo, si volvemos a retomar la pregunta por el “significado del significado”. Por eso hoy vivimos en el día más largo, el día de la espera, el Sabbat, el día del sufrimiento, la soledad y la esperanza del renacimiento de la pregunta, de la llegada del domingo, el día de la resurrección y la esperanza. El domingo es el séptimo día de la semana civil y el primero de la litúrgica, al parecer Steiner se refiere a un domingo de resurrección, el día del Señor, que a su vez es el día del descanso en nuestra tradición cristiana. En este domingo, según Steiner, la estética no tendría razón der ser, pues ella es expresión del desgarro de la finitud, la esperanza y la espera; el arte es un producto sabático, apocalíptico, en el sentido de ἀπόφανσις ”revelación”. En la tradición judía el sábado es el día santo de descanso, oración y purificación del espíritu, la tradición judía vive eternamente la espera, puesto que no ha reconocido la llegada de Cristo como la llegada del Mesías. 


31/03/2020

Tutorial Pixton Clásico

¡Hola a todos!

Estos días he estado trabajando y os he preparado unos tutoriales para aprender paso a paso a utilizar la aplicación Pixton. Como sabéis, intento darle a esta aplicación un uso educativo para trabajar las competencias en Filosofía de 1º de Bachillerato, lo cual no resulta nada sencillo. Mi intención es que diseñéis vuestro propio cómic partiendo de los contenidos del Núcleo Temático 3: La metafísica y el problema de la realidad. De esta forma, espero que el peliagudo asunto de la metafísica resulte más comprensible y os invite a reflexionar, sin perder de vista el objetivo de hacer comprensible lo imposible y significativo el aprendizaje.

Os dejo el tutorial en varios formatos y espero que os sea de utilidad:


Tutorial Pixton Clásico [Tamaño original] de Nuria García Mairena

Os adjunto también un enlace a un post que explica por escrito algunas funcionalidades de la aplicación en lo referente a la creación de viñetas y personajes, así como la caracterización de los mismos; no obstante, en lo que se refiere a la creación de la cuenta y el uso, seguid las instrucciones que os he dado en mi tutorial:  En clave productiva: crear un cómic en Pixton.

19/03/2020

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral


COMENTARIO PERSONAL AL CAPÍTULO I DEL ENSAYO SOBRE VERDAD Y MENTIRA EN SENTIDO EXTRAMORAL (1873)[1]


1.SOBRE VERDAD Y MENTIRA EN SENTIDO EXTRAMORAL: UNA INVITACIÓN A LA REFLEXIÓN Y A LA AUTOCRÍTICA A LA CULTURA OCCIDENTAL DESDE DENTRO


1.1. TIEMPO Y CIRCUNSTANCIA DE SOBRE VERDAD Y MENTIRA EN SENTIDO EXTRAMORAL


El pensamiento finisecular de Friedrich Nietzsche (1844-1900) marca un antes y un después en la historia de la filosofía occidental, podríamos decir, que abre la puerta a una nueva época histórica en lo que al estudio de los problemas filosóficos se refiere: Nietzsche es la figura que clausura la tradición metafísica, que queda disuelta en el lenguaje y, al mismo tiempo, abre nuevas posibilidades de pensamiento y nuevos métodos filosóficos desde el lenguaje. En él se produce un segundo giro subjetivista de la filosofía occidental: el giro lingüístico. En este sentido, el texto que vamos a analizar es un ejemplo paradigmático de este cambio gnoseológico que afectará profundamente a la forma de pensar de nuestra cultura, del que Nietzsche no solo es detonante, sino además un gozne fundamental para entender el pensamiento del siglo XX y sus derroteros posteriores.

La filosofía contemporánea parte de una tríada de pensadores denominados filósofos de la sospecha, entre los cuales se encuentra, junto a Marx y Freud, el pensamiento de Nietzsche. La sospecha de estos pensadores no es otra que la del fracaso del proyecto ilustrado y con él la necesidad de poner en cuestión los saberes y los valores sobre los que éste se sustenta. Esta tríada se va a caracterizar por desarrollar una crítica de la cultura de Occidente desde sus presupuestos implícitos y los discursos hegemónicos que la sustentan, con la finalidad de desenmascararlos y hacerlos explícitos. La filosofía de la sospecha no es más que una invitación a la reflexión y a la autocrítica de la cultura occidental desde dentro de sí misma, proceso que las filosofías del siglo XX y posteriores han tratado de reconducir por distintos derroteros. A grandes rasgos, los filósofos de la sospecha siguen estas tres líneas de pensamiento:

1) Colonialismo y capitalismo: Marx va a llevar a cabo un análisis de las nuevas relaciones de producción que se van a dar en la sociedad industrial emergente y va a extraer consecuencias históricas y antropológicas, revelando, desde el punto de vista del análisis filosófico, el aspecto material del idealismo alemán y poniendo en evidencia la superestructura económica de ese nuevo sistema industrial y sus consecuencias sociales, históricas y antropológicas. Será el analista del capitalismo, la nueva estructura económica que surge como consecuencia de la Revolución Industrial, a raíz de dos inventos que harán posible los cambios en el sistema productivo:

-La máquina de vapor patentada por James Watt en 1769, que se aplicará a distintas industrias, entre ellas el transporte ferroviario que mejorará las comunicaciones y el comercio.
Máquina de vapor

-La bombilla, inventada por Thomas Edison y la posterior canalización de la energía eléctrica, que hicieron posible sus aplicaciones en el ámbito doméstico, público e industrial en el último cuarto del siglo XIX, no conocidas por Marx.


Primeras bombillas eléctricas de filamento de carbono (1880)

El proyecto ilustrado no sólo ha fracasado, sino que históricamente devendrá todo lo contrario de los ideales que proponía: colonialismo y capitalismo como signos de identidad de la supremacía de la razón occidental, aunque, paradójicamente, en este tiempo los avances tecnológicos vienen a hacer más fácil, provechosa y cómoda la vida del hombre, que parece progresar hacia el desarrollo y el bienestar social, cultural y económico del que ahora disfrutamos.

2) Los entresijos de la conciencia: Freud va a poner en evidencia frente a la tradición antropológica humanista y su énfasis en la conciencia y la racionalidad humana como características distintivas del hombre, el aspecto telúrico, animal e inconsciente del alma humana, que se desconoce a sí misma, siendo la conciencia únicamente el aspecto visible y tangible del alma a través de la conducta. Esta nueva forma de acercarse al fenómeno de lo humano va a estar influida por las investigaciones biológicas de Charles Darwin, El origen de las especies (1859), que de por sí, van a propiciar el descentramiento del hombre como un ser privilegiado y se lo va a considerar a partir de ahora un eslabón más de la cadena evolutiva de la naturaleza, más emparentado con los primates que con cualquier otra criatura divina. Freud y Darwin son los espejos teóricos que ponen la animalidad humana frente a la conciencia, que puede, por fin, observar ante sí misma sus propios y ocultos entresijos. Las primeras frases del ensayo de Nietzsche que vamos a analizar, reflejan de forma implícita este descentramiento, describiendo la razón y la conciencia como fábula ideológica de Occidente: “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento” (pg. 21).


Freud y su colección de estatuillas 

3) Deconstrucción de la metafísica y de la moral: colonialismo y capitalismo no son más que la expresión histórica de las ideas que configuran y prefiguran la forma de vida de nuestra cultura: la filosofía entendida como metafísica, que engendrará la técnica y la razón instrumental y la tradición judeo-cristiana como lenitivo de sus propios productos: la enfermedad de Occidente y su propia medicina. Los frutos de las mismas se materializan en el presente de Nietzsche, e incluso alguno se está gestando en su propio tiempo, frente a él, Nietzsche lo intuye con fuerza, pero no puede aún pensarlo, de ahí que para él sea necesario deconstruir ambos pilares de nuestra cultura en tanto que ideologías y anclar urgentemente al ser humano de nuevo en la naturaleza, en la vivencia sensorial, en la vida, en el devenir: retomar el hilo heraclíteo. Vuelta a Grecia para reclamar el tiempo que el Ser olvidó en su paradójico devenir hierático, los modelos que fueron desechados por Platón, el arte como fuente de verdadero conocimiento y la afirmación de los sentidos, la vida. La deconstrucción de la metafísica comienza con una metafísica de la subjetividad o metafísica de artista/metafísica de la voluntad creadora o voluntad de poder, en la que va a culminar el giro subjetivista de la cultura occidental, que va a deconstruirse a sí misma desde dentro en un movimiento involutivo.

Nietzsche tocando el piano
Dicho proceso continúa de forma complementaria con un método que parte del análisis genealógico del lenguaje, que es puesto en su historicidad, en su génesis, para ser considerado un producto de creación humana ante las vivencias inmediatas. De esta forma, arte, moral, conocimiento y lenguaje se identifican, son uno, bajo los presupuestos de la metafísica subjetivista del esteta y de la voluntad de poder (voluntad creadora), que transforma, a modo de rey Midas lingüístico, todo lo que toca en lenguaje, en código cultural susceptible de rehacerse continuamente a partir de la voluntad creadora del sujeto. Deconstruye la razón, los conceptos y con ellos la moral desde el lenguaje. La arqueología o genealogía histórica del lenguaje, el rastreado arqueológico de los conceptos, es el reverso metodológico de la metafísica subjetivista y ambos son martillo y cincel con los que se deconstruyen la metafísica y la moral de Occidente.


Las vanguardias artísticas completarán este proceso de autocrítica cultural con la creación de nuevos lenguajes: musicales, pictóricos, escultóricos, literarios. La filosofía se volverá glosa de sí misma, autofágica, pensamiento débil, líquido, sin asideros metafísicos: aforismo o ensayo serán sus expresiones, sentencia o máxima condensada, cuya expresión confluye con la literatura, hilo mítico olvidado, como fuente de saber y creación de imágenes. Solo en la ciencia quedará vigente, sin saberlo y sin que ella misma pueda, ni quiera reconocerlo, un leve rescoldo de este afán metafísico de transparencia. Desde el proceso deconstructivo nietzscheano, la filosofía es coherentemente suplantada por el arte, la esfera de la cultura donde está presente la construcción consciente de sentido, algo que -a partir de Nietzsche- desde la metafísica tradicional ya no es posible, ni tan siquiera en el lenguaje, pues el último reducto posible de sentido se vuelve producto de la subjetividad creadora. Este es, desde mi punto de vista, el principal motivo por el que la filosofía del siglo XX confluye con la literatura y la poesía, se vuelve pensamiento débil, o pone en marcha un dispositivo de rescate de la metafísica: tres serán los filósofos que lo lleven a cabo con éxito relativo: Edmund Husserl, Martin Heidegger y el primer Wittgenstein.


1.2. LA PROMESA FRUSTRADA DE LA FILOLOGÍA CLÁSICA: FILÓLOGO DE IURE Y FILÓSOFO DE FACTO


¿Por qué Nietzsche fue un filólogo incomprendido por sus contemporáneos? Ciertamente, la joven promesa de la filología clásica causó estupor e incomprensión con su primera obra, el libro que tanto esperaron, tanto su mentor, como sus compañeros de profesión y que lo acreditó para el doctorado en la universidad de Basilea, donde había sido nombrado Catedrático de Filología Clásica con tan sólo veinticuatro años y donde se le habían concedido todos los loores académicos posibles, aún sin haber alcanzado la acreditación para doctorarse: El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (1872).

Palas Atenea (1898), Gustav Klimt

Su primera obra fue clasificada por su propio mentor de “ingeniosa borrachera”, recibió críticas mordaces de sus compañeros de profesión y uno de ellos le dedicó incluso un panfleto sarcástico denominándola “Filología del futuro”. En mi opinión, Nietzsche de filólogo solo ostentaba el título, por lo demás, desde el punto de vista profesional, siempre fue un filósofo, de ahí su manifiesta heterodoxia en el campo de la filología clásica, de cuyo saber obtuvo un método de análisis del lenguaje que aplicó a la crítica de la cultura, así como el intento, retomado posteriormente por Heidegger desde su aspecto positivo, de reconstruir la experiencia griega desde lo trágico, que le conducirá al vitalismo y a la crítica de la razón desde el lenguaje

La filología clásica solo le proporciona uno de los instrumentos necesarios para ello: el cincel que necesita para deconstruir la metafísica, la razón de Occidente y sus conceptos, el método genealógico. Este método se complementará con su particular visión teórica del mundo clásico: el martillo, su metafísica de artista y de la voluntad creadora. De ahí que, posiblemente, su primera obra no fuera un ejercicio de rigor filológico, sino la propia metafísica de artista puesta en acto, la génesis de la crítica de la cultura occidental y sus valores desde la filología clásica. Una nueva forma de hacer filosofía y de interpretar el mundo, paradójicamente propuesta, desde otra disciplina del saber, demasiado compartimentada y racionalizada para comprenderlo, para mirar más allá de sí misma.

1.3. FONDO Y FORMA EN EL ESTILO DE NIETZSCHE: LENGUAJE COMO FORMA DE EXPRESIÓN Y HERRAMIENTA CRÍTICA


Tal y como vimos de forma muy superficial en el tema introductorio, todo cambio gnoseológico va acompañado de un cambio de estilo que lo pone de manifiesto, de ahí que, posiblemente, el hexámetro homérico fuera sustituido progresivamente por la prosa dialógica de Platón, que en este aspecto se parece a Nietzsche en el sentido de poner en acto y presentar a través del lenguaje su particular reelaboración del método socrático, inaugurando un nuevo estilo literario, donde fondo y forma se complementan  y que –además- se convierte en su signo de identidad, tanto expresivo como metodológico. A Nietzsche, desde mi punto de vista, le sucede lo mismo: su estilo es literario, plagado de recursos metafóricos, analogías, ironías y contradicciones con voluntad explícita en la forma, pero no en el fondo, de superar la expresión racional, lógica (silogística) de la argumentación que caracteriza el pensamiento de Occidente. Nietzsche se expresa en un lenguaje manifiestamente alógico como forma que hace fluir el fondo crítico, que se dirige hacia el concepto y la razón occidental, a través del lenguaje y mediante él, usándolo como forma de expresión y arma arrojadiza o método de análisis, dirigido a los saberes de nuestra cultura y en especial a la metafísica.

Caligrafía de Nietzsche

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral es un texto de juventud de Nietzsche, de los primeros que escribió, concretamente en el verano de 1873, cuando contaba con menos de treinta años. No obstante, a pesar de condensar, desde mi punto de vista, gran parte de su pensamiento, el manuscrito circula entre sus amigos y allegados y no es publicado hasta después de la muerte del autor. Verdad o conocimiento, lenguaje y genealogía, son los problemas fundamentales que se abordan en el ensayo, en el que ya se presenta de forma somera el método que hace posible la crítica de la metafísica a través del lenguaje y la voluntad creadora aplicada a deconstrucción de los conceptos metafísicos. Cincel (método genealógico) y martillo (metafísica de la voluntad creadora) están ya presentes en este texto, que se centrará como he dicho en la crítica de la metafísica a través del lenguaje, pero que como contrapartida afectará no sólo a los conceptos que se presumen universales, sino a los valores que en éstos se sustentan, según la relación causal entre conocimiento y moral fundada por el socratismo y deshecha por Nietzsche. El título mismo del texto alude a estos dos aspectos (conocimiento y valor), que se han complementado a lo largo de la historia del pensamiento.

1.4. REFERENCIAS BÍBLICAS IMPLÍCITAS EN EL TEXTO DE NIETZSCHE 


A lo largo de este comentario haré alusión directa a referencias bíblicas que, desde mi punto de vista, están implícitas en el texto de Nietzsche. No he hecho alusión a demasiados datos a la hora de estudiar su circunstancia vital inmediata, ni tampoco he hecho mención de forma minuciosa a datos biográficos que pudieran ser más o menos relevantes para comentar el texto, pues considero que, en general, es posible que no lo sean, los desconozco y tampoco se trata de una biografía, sino de un comentario. No obstante, desde el punto de vista de su situación histórica, considero que el tiempo histórico desde Nietzsche y el que Nietzsche habita con su figura, es un tiempo de ruptura y crítica a una tradición de pensamiento y a la historia de una cultura, pero en su presente coexisten esas dos cosmovisiones, la decimonónica y la finisecular propia del siglo XX. 

Su figura representa y materializa la ruptura con la tradición en su pensamiento y en su vida, pero en su siglo siguen presentes y vigentes no sólo la moral judeo-cristiana, sino su derivado victoriano y sus contracciones inherentes, por lo que considero que sus textos están plagados de referencias bíblicas implícitas para ser deconstruídas, criticadas y repensadas desde la nueva cosmovisión que presenta y representa. De ahí que, posiblemente, sea tan paradójico no aludir a un texto de Homero, de Platón o de Schopenhauer al que Nietzsche pudiera directa o indirectamente referirse, como desoír o no mencionar las referencias que Nietzsche pudiera hacer a las Sagradas Escrituras, máxime si –explícitamente- son sus valores o imágenes morales, literarias y gnoseológicas, su iconografía y la influencia de las mismas en la cultura lo que el autor pretende criticar desde dentro. Quedan justificadas, a mi juicio, las referencias que haré a los textos bíblicos en el comentario de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, en función de las alusiones, directas o indirectas, que el autor hace a las mismas.

2. SOBRE VERDAD Y MENTIRA EN SENTIDO EXTRAMORAL [2]: LA CULTURA SE DECONSTRUYE A SÍ MISMA


2.1.CAPÍTULO 1: EL MARTILLO Y EL CINCEL PARA DECONSTRUIR LA METAFÍSICA Y LA MORAL


2.1.1.Lectura invertida del Génesis, descentramiento del hombre y conocimiento como constructo (líneas 1-25) 

Nietzsche, siguiendo, como hemos dicho, el descentramiento del hombre que se deduce de la teoría de la evolución, pone el intelecto humano en relación con el resto de organismos, en el lugar que le corresponde en la naturaleza, subrayando su fragilidad. Pese a la pequeñez del hombre y la debilidad del instrumento que posee para habérselas con su entorno, el ser humano piensa, paradójicamente, que su conocimiento es infalible y que ocupa un lugar central en la naturaleza.

Dicho fragmento, que evoca a la lectura invertida del Génesis –recordemos que Nietzsche es educado dentro de la ortodoxia protestante y que posiblemente conociera bien las Sagradas Escrituras- alude implícita e incluso explícitamente a la soberbia del ser humano en él descrita, pero la consecuencia no es la expulsión del paraíso, sino su descentramiento como especie. Desde mi punto de vista, pese a la crítica de la metafísica como expresión ontológica del concepto de Dios, al conocimiento desde el lenguaje como su expresión gnoseológica y a su correlato moral en la demoledora crítica de la moral judeo-cristiana, es posible que existan referencias tanto explícitas como implícitas a esa tradición de pensamiento, ya sea porque son absorbidas en la educación del autor para ser posteriormente criticadas o porque alude a esas imágenes o referencias explícitamente en su teoría para deconstruirlas (Ecce Homo, El Anticristo, etc.).

Cabe destacar de estas veinticinco líneas del texto, las tres primeras (“En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento”, p.21.), pues ponen de manifiesto que posiblemente Nietzsche estuviera al tanto de los últimos descubrimientos astronómicos (asteroides, cometa Halley, Alfa Centauro), que junto a la teoría de la evolución, estaban marcando el comienzo de una nueva cosmovisión de la cual él es uno de los principales protagonistas, pues parece que las consecuencias de la misma son anticipadas en sus escritos, resultando en este aspecto la filosofía más diagnóstica y profética que crepuscular.

En estas tres primeras líneas ya se alude también a la palabra “conocimiento” como un constructo, un proceso creativo del sujeto (“inventaron el conocimiento” p.21) y, por tanto, a esa metafísica de la subjetividad o metafísica de artista ya esbozada en El nacimiento de la tragedia un año antes (no lo he leído, es una deducción plausible). De ahí que se pueda interpretar también el ensayo como una lectura invertida del Génesis: el conocimiento no es iluminación, don de Dios (filosofía presocrática, San Agustín, Platón, estoicismo), como muestra la tradición metafísica que, en última instancia, abstrae, racionaliza y seculariza conceptos teológicos desde la Antigüedad, sino un proceso creador del sujeto (ya sucedía de esta forma con Kant, que inaugura el primer giro subjetivista de la tradición gnoseológica, junto al historicismo, que supone la materialización de la filosofía del espíritu).

2.1.2. La razón tejedora de mundos (líneas 33-53).Primera pregunta retórica: “…apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad” (pg. 22-líneas 51-53)


El proceso mismo del conocimiento es una ilusión, pues entre los sentidos humanos y el entorno se alza como mediadora la sensación que limita nuestra forma de conocer (empirismo). No obstante, el ser humano vive presa de ese engaño, el engaño de la verdad como “cosa en sí”, en pos de la cual tiene que correr toda su historia, pues del mismo pende su supervivencia como especie, es decir, de la inconsciencia de su propio mecanismo gnoseológico.

El intelecto es la herramienta de supervivencia que le es dada a la especie humana para permanecer en la existencia pese a su fragilidad, no mediante la lucha sangrienta o la ley de la naturaleza, ante la cual estaría en desventaja, sino mediante la creación de mundos superpuestos a ella: el ser humano teje la red de la cultura para poder sobrevivir, pero esta red es tejida desde la convención de la verdad y, por tanto, desde el autoengaño que supone para el ser humano que la cultura pueda esconder la crueldad de la verdad más íntima del hombre: su frágil animalidad hipostasiada. De ahí que esta animalidad, por inconsciente convención es ocultada por el mismo intelecto mediante su propio funcionamiento y su propia constitución intrínseca, en aras de hacer posible la supervivencia de la especie (Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación).

En este fragmento Nietzsche hace alusión al convencionalismo intrínseco que supone la cultura, que incluso se refleja en sus usos sociales: la disimulación, la hipocresía, la adulación, la vanidad. La cultura misma en su manifestación social, en su concreción y en sus usos goza por convención del enmascaramiento, la representación, el teatro. Lo social es de por sí una capa que cubre la manifestación de la naturaleza, la canaliza, la maquilla y la encubre. De ahí que Nietzsche se pregunte de dónde procede entonces en el hombre ese impulso hacia la verdad que se presupone guía del saber desde el principio de los tiempos, cuando la cultura misma es una huida manifiesta de esta verdad. ¿Cómo puede el ser humano huir de algo y al mismo tiempo pretender alcanzarlo? Para responder a esta pregunta, en las líneas subsiguientes, Nietzsche se centrará explícitamente en el proceso del conocimiento y su deconstrucción a través de la génesis de los conceptos, para llegar a la conclusión de que la verdad, culturalmente entendida, es un constructo humano fruto de la convención.

2.1.3. Método genealógico: los conceptos son las piedras sedimentadas de las experiencias (líneas 53-76).Segunda pregunta retórica: ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad? (pg. 23, líneas 74-76)


En las líneas 74, 75 y 76 se retoma de nuevo la misma pregunta retórica: ¿de dónde procede el impulso hacia la verdad? Esta pregunta cierra el comienzo de la crítica de la metafísica desde el lenguaje, que va a tener lugar en las líneas que la preceden.

Aparece esta pregunta en este caso, tras indagar de forma más profunda y concreta en el proceso del conocimiento, que en los párrafos precedentes se centraba en la razón como instrumento que posibilita al hombre tejer el mundo cultural, pero que en estas líneas se va a centrar en los conceptos como productos de la razón y, por tanto, en el lenguaje. Nietzsche deconstruye el concepto hasta su límite sensorial: en las “formas”, es decir, en los conceptos, no hay ningún aspecto de las cosas que remita a algo fijo o a una pretendida esencia inmutable, forma (Aristóteles) o idea (Platón), presente en las cosas mismas y aprehendida por la razón. Los conceptos no son más que constructos que provienen de la sedimentación de los estímulos sensoriales sobre los objetos percibidos.

Paisaje erosionado del Torcal de Antequera (Málaga)

El concepto es el flujo sensorial cristalizado, petrificado como un fósil y relativo a unas experiencias compartidas y, a veces, personalísimas. De ahí procede el origen de los conceptos y, por tanto, del lenguaje, de un tantear sensorial de un grupo social con las experiencias vitales circundantes. Ciegos ante ellas, elaboramos conceptos-brújula para poder orientarnos. No obstante, la pretensión de universalidad de estos conceptos no es más que un espejismo de la conciencia. Tomando como analogía la arqueología que levanta las capas superficiales hasta llegar al asentamiento original, o la geomorfología, que pretende dar respuesta al origen del relieve estudiando sus sedimentos, podríamos decir que Nietzsche, a partir de este texto, hace lo mismo con los conceptos y los pone en su historicidad temporal y en su inmediatez perceptual, diluyendo las esencias en el constante flujo sensorial como si se tratase de un analgésico en un vaso de agua. Ese analgésico es la metafísica y no hay más verdad que esta disolución. 

La finalidad del método genealógico es la adquisición de la plena conciencia de este hecho, que responde al verdadero comportamiento del ser humano, como ejemplo del mismo, Nietzsche establece una analogía con el mundo natural que no revela al hombre lo interno y le hace tantear como un invidente en lo externo. La conciencia no es más que el espejismo de la voluntad natural, tanto en la cultura, como en el lenguaje, como en la misma psique del hombre, dominado por sus pasiones.

2.1.4.La verdad es una cuestión de supervivencia y homeostasis, no de esencias. Respuesta a las preguntas retóricas: la verdad es una convención para alcanzar la paz y el orden social necesarios para garantizar la supervivencia  (líneas 76-106)


En estas líneas Nietzsche hace una referencia explícita a la teoría política de la Modernidad y al contractualismo clásico, concretamente a la teoría hobbesiana sobre el origen de la cultura y el Estado. De nuevo salta del concepto al plano social para responder parcialmente a las dos preguntas retóricas sobre la verdad que marcan parte de la estructura del texto: ante la necesidad de vivir gregariamente y garantizar la armonía social, las culturas convienen qué es lo verdadero, entendido como lo útil a la supervivencia y a la convivencia y considerando como falso aquello que no lo es; es decir, lo falso o lo inmoral es todo aquello que pone en peligro la armonía social. No es otro el origen de esta dicotomía, de ahí que sea Zoroastro uno de los primeros en introducirla y el que regresa para diluirla. Las normas se basan en la utilidad, en la garantía de orden y armonía social y no en ninguna esencia trascendente. El impulso hacia la verdad está implícitamente fundamentado en la consecución de la paz social y no en ninguna entelequia metafísica, dicho objetivo y su materialización y cristalización en normas, es el fundamento de un consenso cultural sobre lo verdadero. El mentiroso no es más que el que abusa de la convención en su propio beneficio, el que transgrede lo convenido, por eso nos dice Nietzsche “los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño” (pg. 23).

Thomas Hobbes

El contraste entre verdad y mentira, así como el de lo moral y lo inmoral, tiene su origen en el plano cultural, social y normativo y cristaliza en el lenguaje, en tanto que los conceptos son el sedimento de estas relaciones sociales que constituyen la cultura, encaminadas a la supervivencia de la especie (voluntad de supervivencia sedimentada en lenguaje). En este sentido, Nietzsche concluye que el hombre no busca verdades, sino equilibrio, homeostasis, de hecho, no desearía jamás las consecuencias de la verdad si éstas fueran perniciosas.

2.1.5. Las palabras y las cosas ( Líneas 106-161)


¿Concuerdan las palabras y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?” (p.23), se pregunta Nietzsche. Esta pregunta parece remitir a la cuestión radical sobre la génesis del lenguaje. El problema nos remitirá históricamente a teorías sobre el lenguaje casi contemporáneas de Nietzsche como el estructuralismo (F. de Saussure) y a la filosofía del lenguaje posterior al segundo Wittgenstein, pero este texto es ya precedente de este giro lingüístico del pensamiento del siglo XX. La respuesta de Nietzsche es taxativa: no concuerdan, o solo los hombres hacen posible su concordancia, que no depende de ninguna instancia ulterior, sino de las propias relaciones culturales y los usos. Responde a esta pregunta con el esbozo de la metafísica de la subjetividad y el método genealógico (martillo y cincel), que dan cuenta de la pregunta implícita sobre el origen del lenguaje: independientemente del carácter innato o no del lenguaje, cosa que parece ser que Nietzsche no llega verdaderamente a cuestionarse como hizo Platón en el Crátilo, quedándose exclusivamente en el aspecto cultural del lenguaje y defendiendo, por tanto, una teoría convencionalista sobre el lenguaje, nuestra relación con el mundo exterior se basa en un proceso creativo de generación de símbolos, cuyos significados son relativos a la relación de los sujetos que los ponen en uso e intrínsecos a las mismas, nunca las trascienden, por tanto, sólo olvidando estas relaciones y usos puede el hombre creer estar en posesión de verdades eternas. 

En este conjunto de relaciones y usos existe un polo sensorial y vital en el que queda anclado la construcción del concepto, que progresivamente se va desligando y separando del mismo: el impulso nervioso convertido en imagen (primera metáfora: primer salto subjetivo), después en sonido (segunda metáfora: segundo salto subjetivo). Nietzsche no se cuestiona la preeminencia de la imagen sobre el sonido o la relación existente entre imagen, sonido y significado, simplemente la remite al elemento originario desde el punto de vista temporal: la sensación. Lo más primario, desde el punto de vista vivencial es el flujo perceptual (Hume), aunque posteriormente la Gestalt estableciese una distinción entre sensación y percepción, posiblemente fundamental para entender el lenguaje o aproximarse a su génesis como fenómeno, no ya cultural, sino gnoseológico, según la cual hay ciertas regularidades en lo percibido.

Nietzsche defiende la existencia de un elemento arbitrario, subjetivo o convencional, dependiente exclusivamente de la estructura interna del lenguaje y relacionado directamente con la experiencia social del mismo, el uso marcado por grupos sociales, en tanto que somos seres gregarios. Posiblemente, fuera de este existir gregario no podría darse el lenguaje, de ahí que los niños ferinos no hayan podido desarrollarlo de la misma forma, por lo que debe haber en él un elemento morfológico que lo posibilite y otro social. La asociación sonido (significante) y concepto (significado) del que la imagen mental forma parte es arbitraria, producto del uso social, e incluso en algunos casos, explícitamente convencional y su concordancia con los objetos externos a los que pudiera apuntar es absolutamente construida, la antítesis de la transparencia lógica que Wittgenstein defiende, por ello el armazón lógico no es más que el resultado de la abstracción de lo vivo, lo experiencial, lo vivenciado y no remite a ninguna esencia, noúmeno o “cosa en sí”. La lógica, para Nietzsche, no es más que el “packaging” interno del lenguaje, fruto de la depuración racional de los usos.

Como consecuencia, la tautología sólo es el resultado de un proceso de abstracción, una cáscara; no obstante, tanto en matemáticas como en arte (similitud) la identidad es necesaria, ninguna de esas disciplinas puede entenderse sin ella, aún en la inmanencia de los usos, no es posible representar ni codificar sin este principio. Paradójicamente hasta la onda sonora que describe el experimento de Chladni, del que Nietzsche era conocedor por su afición a la música, apunta a la existencia de una pauta formal o visual de cada frecuencia. Pero los sonidos de las palabras no siguen las leyes de la proporción musical, excepto en la poesía, pues incluso las onomatopeyas son diferentes en las distintas culturas. A través del experimento de Chladni un sordo podría ver el sonido, aunque jamás podría imaginarse la percepción del mismo, precisamente por ser incapaz de sentirlo.

Experimento con arena de Chladni

Como curiosidad, dejo unos enlaces al experimento de Chladni:



La “cosa en sí” es incognoscible e innombrable, las palabras son metáforas de la experiencia vital de un grupo humano y no corresponden a ninguna esencia más allá de esas mismas vivencias. El impulso nervioso se transforma en imagen y después en sonido y tras ese viaje gnoseológico por el cuerpo y el cerebro humano, surge la palabra, fruto de su único creador: el hombre[3]. El hombre con mayúsculas, pero el hombre no poseído por revelación alguna, ni en trance poético ni profético, el hombre como creador absoluto. Está claro: la frase de Nietzsche “Dios ha muerto” no es más que la consecuencia lógica de esta teoría. Aunque aparentemente Nietzsche sea muy literario, la relación que establece entre las ideas y conceptos filosóficos que defiende y las imágenes que crea sigue, en el fondo, aunque no en la forma, un procedimiento lógico o causal y una trabazón interna muy estructurada. Por tanto, como consecuencia –podríamos aristotélicamente decir- es fina la tela con la que el hombre investiga y construye la ciencia, pues su mismo lenguaje se basa en metáforas.

2.1.6.  Los conceptos no son más que generalizaciones (líneas 162-199)


Este epígrafe bien pudiera parecer una relectura de Aristóteles, pero no lo es. Nietzsche al obviar la importancia de los principios de identidad y no contradicción -no sólo para representar lo análogo o lo semejante, sino para deducir por oposición lo desemejante- como principios intrínsecos del propio lenguaje (estructuralismo); considera que los conceptos son reductivistas y cercenan lo verdaderamente real, que es lo vivenciado e individualísimo, el flujo infinito de sensaciones a las que se reduce la relación del sujeto con el mundo. Los conceptos proceden de generalizaciones que marginan las características individuales de los sujetos a los que se refieren. Es posible que en el plano de la sensación Nietzsche proceda como la ciencia del siglo XX, creyendo que puede existir la sensación desnuda o sensación pura (que en el caso de la ciencia, sería el dato) y le atribuya a ésta las cualidades de la “cosa en sí”, convirtiéndose en “noúmeno fluyente”.

Los conceptos son una especie de comodines que tienen que ir encajando en distintos conjuntos de experiencias comunes, lo que vendría ser una especie de “teoría de conjuntos experiencial o senso-cultural”. Proceden de la equiparación de casos no idénticos y este “vicio inductivo” desemboca en la creación de arquetipos o formas que se presumen universales, pero que al igual que las tautologías, no remiten a esencia alguna por el polo ideal, que no sea el conjunto de experiencias del que proceden. Las formas no son más que vicios de la razón, que se empeña mecánicamente en unificar y sintetizar, en aplicarle a la experiencia este mecanismo viciado.

Como consecuencia, no hay tampoco arquetipo moral ni valor universal posible más allá de los usos convencionales de las distintas culturas, por lo que tendría tan poco sentido hablar de honestidad como de “derechos humanos”. Por analogía, el valor es la reproducción de este mecanismo viciado de la razón aplicado a la moral, la manía gnoseológica de reducir y unificar, de esquematizar: no sabemos nada de la “honestidad”, solo de acciones honestas individuales, pero sólo son honestas según los usos sociales convenidos que un conjunto de individuos establezca; es decir, por más honestamente que pudiera actuar alguien, paradójicamente, pudiera ser, que si no conviene a ningún uso social de ninguna cultura del planeta, no se le pueda aplicar ese adjetivo, habría que inventar otro; y creo que en ese aspecto ético-lingüístico de crear neologismos, Nietzsche no tendría ningún inconveniente.

2.1.7. ¿Qué es la verdad? (Líneas 200-255). Tercera pregunta retórica: No sabemos todavía de dónde procede ese impulso hacia la verdad (pg. 26-línea 200)


Nietzsche se hace esta pregunta retórica “¿qué es entonces la verdad?” (p.26, línea 200.), pregunta que de nuevo remite a un episodio bíblico: Jesús ante Pilatos [4]. Ya no hay modelos ni referentes, la verdad es un conjunto de metáforas y la cita implícita al episodio tendrá su respuesta explícita en La gaya ciencia (1882), pero sus consecuencias éticas, filosóficas y gnoseológicas ya son deducibles en este texto.

La verdad no es más que un conjunto de metáforas más o menos gastadas de las experiencias a partir de las cuales han sedimentado, cantos rodados erosionados por el agua, prendas descoloridas por el sol o monedas que pierden su lustre con el uso. Es posible que, por este motivo, le gustase a Nietzsche hacer algún que otro poema de vez en cuando, para que las metáforas recuperasen su lustre.

Respuesta a la pregunta retórica: La verdad, al igual que la honestidad, es un compromiso social, un acuerdo, un consenso, tanto desde el punto de vista gnoseológico como ético. Tanto la verdad como la mentira, lo verdadero como lo falso, no son más que usos y convenciones establecidas, por lo que dichas dicotomías quedan disueltas y superadas en la experiencia compartida que fundamenta esos usos consensuados. Verdad y mentira no son más que anverso y reverso de una metáfora. No hay más engaño que el autoengaño de creer que las abstracciones son verdades eternas, no hay más ser que ser percibido (Berkeley: “Esse est percipi”: Tres diálogos entre Hilas y Filonús).

George Berkeley

Las metáforas gastadas son las fichas del lenguaje, pero cada una tiene su función en el juego de los usos, la suya propia y no otra. Así sucede en cada lengua, en cada cultura, en cada momento de la historia en la que los seres humanos cohabitan para compartir un conjunto de experiencias.

2.1.8.Líneas 255-395.Martillo y cincel: esbozo de la metafísica de artista o de la subjetividad y del método genealógico. Respuesta a la pregunta retórica: El descubrimiento de la verdad sólo es posible dentro del recinto de la razón y en la prisión del lenguaje


A partir de una serie de analogías encadenadas (el hombre etrusco y romano que escudriña el cielo y lo segmenta matemáticamente, el arquitecto que transforma las rocas en catedrales, las abejas que construyen colmenas), Nietzsche pone el énfasis en la capacidad creadora colectiva del ser humano, siendo el lenguaje una faceta de la misma que, en última instancia, no es más que una variante de la capacidad natural constructora de cualquier animal, con la salvedad de que el hombre no recoge de la naturaleza la materia necesaria para fabricar los conceptos, sino que debe, cual dios creador, hacerlos por sí mismo partiendo únicamente de la materia prima de las sensaciones.

Cinceles antiguos

Esta capacidad creadora es al mismo tiempo artificio del engaño. Inconsciente de su genio, el hombre troca metáforas por verdades en un perenne olvido de sí y de su poder creador, por lo que toda verdad no es más que un artificio de hechura humana, demasiado humana. El hombre es mediación, filtro, hechura y límite de la verdad, no obstante, al conocer se olvida de su cuerpo, como si no pudiera dirigir sus funciones gnoseológicas hacia fuera de sí mismo y hacia su interior simultáneamente: es al mismo tiempo centro -medida- y vértice del mundo.

Entre el objeto y el sujeto no existen leyes causales, sino conductas estéticas: hasta el mismo fenómeno, tanto epicúreo como kantiano, en tanto que fantasma o simulacro de la experiencia sensorial queda disuelto. No hay simulacro de forma alguna, ni sombra que pueda garantizar mínimamente algo que pudiera darse como efecto al impulso nervioso que responde al estímulo exterior: todo es creación. No existe relación causal ni necesaria entre el impulso nervioso y la imagen que el cerebro produce, más allá del hábito y la repetición.

¿Qué es entonces la ciencia?, ¿en qué se fundamentan las leyes naturales?: las leyes de la naturaleza no son más que una suma de relaciones dentro de un lenguaje en cuyo sistema o conjunto tienen sentido. Estas relaciones se cimentan y remiten, en última instancia,  a una estructura formal humana de carácter triádico que el hombre proyecta al conocer y a ella le debemos toda regularidad externa: tiempo, número y espacio. Solo en el cuerpo humano halla la ciencia su verdad, pero ya lo decía el poeta: “Non coerceri maximo, contineri tamen a minimo divinum est[5].

2.2. CONCLUSIÓN: ESTRUCTURA INTERNA DEL TEXTO


Como se puede apreciar, el primer capítulo del texto, a pesar de la aparente expresión literaria y la impresión de asistematicidad, está estructurado por tres preguntas retóricas sobre la verdad y sus respectivas respuestas y desarrollos, concretamente dos. En este sentido, Nietzsche deconstruye explícitamente a Platón en la escritura y a Sócrates en la oralidad, pues la estructura de su texto guarda un paralelismo implícito y oculto con los diálogos platónicos, pero este paralelismo forma parte del reverso estructural del texto y no es explícito y visible sino a través del análisis. El texto internamente es un monólogo en el que Nietzsche habla con su tiempo histórico y la cultura de Occidente, es decir, Nietzsche dialoga con ella en fondo y forma. Le opone externamente la asistematicidad, pero dialoga internamente desde una estructura lógica de la que no puede salir al pensar. La estructura interna del texto es tan lógica como cualquier silogismo, no obstante, está oculta manifiestamente como expresión crítica de este diálogo con la tradición cultural y con su presente. He aquí la paradoja de Nietzsche y su genialidad. La estructura interna del texto es la siguiente:

Introducción: líneas 1-25.
Pregunta retórica 1: “…apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad” (pg. 22-líneas 51-53).
Pregunta retórica 2: “¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?” (pg. 23, líneas 74-76).
-Respuesta breve: Líneas 53-76: Los conceptos son las piedras sedimentadas de las experiencias.
Respuesta a las preguntas retóricas 1 y 2: Líneas 76-199.
-Respuesta 1: La verdad es una cuestión de supervivencia y homeostasis, no de esencias (líneas 76-106).
-Respuesta 2: Las palabras y las cosas (Líneas 106-161).
-Respuesta 3: Los conceptos no son más que generalizaciones (líneas 162-199).
Pregunta retórica 3: “No sabemos todavía de dónde procede ese impulso hacia la verdad” (línea 200).
Respuesta a la pregunta retórica 3 y conclusión del texto (líneas 255-395).
-Respuesta 1: El descubrimiento de la verdad sólo es posible dentro del recinto de la razón y en la prisión del lenguaje.
-Respuesta 2: Entre el objeto y el sujeto no existen leyes causales, sino conductas estéticas.
 Conclusión: No puedo prescindir de las formas ni dentro ni fuera de mí (espacio, tiempo y número): o las pongo o las creo.
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[1] Quisiera aclarar que, como lectora aficionada y además poco conocedora del pensamiento del autor, este texto es una interpretación personal, propia y, en algunos aspectos, posiblemente aventurada, del ensayo al que hace alusión, sin tener otra perspectiva que el propio texto, que ha sido analizado por fragmentos en varias clases de Filosofía de 1º de Bachillerato. Dichas clases han sido puestas por escrito para utilidad de mis alumnos. En este sentido, estoy abierta a cualquier tipo de corrección, parecer o diálogo que este comentario pudiera suscitar, ya sea por parte de mis propios alumnos, o por parte de mis compañeros de profesión.
[2] Nos basamos en la traducción del alemán de Luis Manuel Valdés incluida en la colección de cuadernillos didácticos de la editorial Mare Nostrum. Echegoyen Olleta, J y García-Baró M. (2000): Friedrich Nietzsche. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Ed. Mare Nostrum.
[3] Lectura literal del Génesis, pues Dios permitió al hombre darle nombre a todos los animales del Jardín del Edén. Lectura invertida del Evangelio de Juan 1.1.
[4] Jn. 18-3.
[5]Alusión de Hölderlin en su novela poética epistolar al epitafio de la tumba de san Ignacio de Loyola.

Insignias

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Una nueva ley educativa en la mochila