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11/07/2021
Ultraviolencia
26/06/2021
Polaridad
En un mundo fenoménico, donde las sombras y los simulacros no son trascendidos, cada sujeto se queda
encerrado en el espectro de su fenómeno en cada acto de conocer, por lo que el
mundo que se considera real se polariza, quedando sesgado en la imagen parcial
que cada sujeto asume construyéndola, o simplemente reflejando aquello que los
porteadores de sobras les proyectan. Para alcanzar la unidad, la síntesis, es
preciso trascender todas las posiciones fenoménicas, cosa que en la caverna
raramente sucede, no obstante, algunas personas lo consiguen o, al menos, lo
intentan.
Por esta razón, la
caverna es un lugar polarizado, pero esta polaridad, en el fondo, no es más que
una apariencia, donde el sujeto parece reconocerse, la polaridad misma debe
existir como simulacro, pues solo desde lo múltiple es posible la diseminación
del yo en el discurso o en las proyecciones. Debe ser de esta forma porque
la glosodoxa se nutre precisamente de las consecuencias y
resultados de la contradicción, no es más que un discurso sin fin producido por
los sujetos, en tanto que recipientes de una forma concreta de decir que se
opone a otras. No hay verdad en los opuestos en la actualidad, aunque
posiblemente antaño la hubiese, pero ahora hay solo apariencia, la glosodoxa es
la dialéctica deconstruida, vaciada y proyectada hasta el infinito. En la
caverna la síntesis es negada y no llega nunca a realizarse, quedando los
sujetos encerrados perennemente en sus posiciones fenoménicas. Esa síntesis, en
todo caso, no corresponde al individuo, sino a ciertos agentes productores de
discursos para los que los sujetos no son más que meras mediaciones materiales
para proyectarlos o reflejarlos.
La individualidad solo
persiste en el arte, en el resto de galerías, el sujeto no es más que la dimensión
material del discurso, su soporte corpóreo. Solo el artista es capaz de
construir sentido, o el científico de transformar en fórmula la experiencia, el
resto de los individuos se limitan a reproducir el discurso, por esta razón,
nada nuevo puede ser dicho en la caverna por un hombre concreto, solo por los
agentes de sentido. Entre los sujetos no hay más que polaridades no resueltas
que conducen a una oposición eterna, a un enjambre de fuerzas que pueden ser
conducidas de un lugar a otro de la caverna sin mayor esfuerzo y que suplantan
las identidades, son pseudoidentidades fluyentes. Siempre que
se conozcan los detalles de la oposición que hay entre ellas, se puede detonar
su conflicto cuando convenga, en cualquier momento, en cualquier galería.
Por esta razón, el
único individuo que puede llamarse así plenamente es el artista, el único que
puede llegar a ser plenamente sujeto y ser capaz de construir sentido
trascendiendo la cadena de apariencias, superando los opuestos. En la caverna
sucede de esta forma porque el mundo fenoménico actúa como una especie de
filtro que absorbe la luz que no puede trascender la opacidad de los fenómenos,
quedando relegada a simple sombra. La identidad como tautología y como
síntesis fenoménica, el reflejo en el espejo, es cada vez más inalcanzable. Nos
miramos en una infinidad de espejos y pasaríamos toda nuestra vida
recomponiendo todos los reflejos, es una tarea imposible, que solo se alcanza
construyendo una imagen y anulando los reflejos y las proyecciones fenoménicas.
El yo está escindido en la cultura de la imagen, la imagen misma como forma de
conocer lo ha acabado suplantando y convirtiendo en observador pasivo, su
cuerpo no se cuestiona, pero su alma puede ser un simple almacén fenoménico,
donde las imágenes y los discursos se superponen de forma caótica y amorfa. Al
cortar nuestra relación directa con lo natural, cortamos también, sin darnos
cuenta, el hilo del yo, lo hicimos hace tiempo, tres siglos hace ya de eso. El
pastor heideggeriano es el hombre que quiere retomar ese hilo, pero no se puede
desmontar ya el edificio, posiblemente solo podamos observar cómo se va
derrumbando poco a poco.
Solo los artistas y los animales, como mi gato, son plenamente, unos por inconsciencia y otros por hiperconsciencia, el resto tenemos que hallar nuestra identidad tras una multitud de apariencias fenoménicas, de imágenes con las que nos identificamos y en las que a veces quedamos atrapados sin saberlo, como en una especie de maraña o tejido de fenómenos que a veces solo muestran tras de sí el vacío. Tras el flujo infinito de imágenes y fenómenos se halla posiblemente el yo, o un simulacro, debe haber algo tras los cúmulos fenoménicos que somos. En la Grecia clásica el yo era la célula de un organismo, en la actualidad es un cúmulo de reflejos polarizado en las miles de proyecciones de las imágenes que consume. Mi gato a esta hora dormita, tiene un cojín especial para él en un sillón antiguo. Le gusta estar en alto. La cama de cómic que le compré no es de su agrado, prefiere levitar a medio metro del suelo.
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| Mariana in the South (1897), John William |
29/05/2021
Cuerpos
Occidente lleva obsesionado con la salud del cuerpo desde el siglo diecinueve, momento en el que nace, bajo el auspicio de los planes estatales para la mejora de la calidad de vida, lo que hoy conocemos como sanidad pública, que al mismo tiempo puede ser el germen de lo que en estos días denominamos biopolítica. Posiblemente liberalismo y biopolítica sean las dos caras de una misma moneda, cuyos contornos han estado difuminados y no podemos ver correctamente definidos hasta estos momentos.
Los griegos también se preocuparon por el cuerpo, pero no
descuidaron lo anímico, de hecho Platón subrayó el papel central del alma,
pero del alma como ratio, frente al equilibrio armonioso de sus
contemporáneos, que se deleitaban en la gimnasia y las hermosas proporciones del
cuerpo humano como reflejo material de la belleza. El alma de Platón es un alma
matemática, objetivante, depuradora.
Lo corporal fenoménico es justamente lo opuesto a la fórmula racional
descarnada, o mejor dicho, su simulacro, su sombra.
Al desechar lo mítico, se desechó también la preocupación por
lo anímico, que quedó relegada a las artes y la razón, junto al largo camino
que esta habría de recorrer, se convirtieron en los principales protagonistas de
nuestra historia. Una razón descarnada, matemática, sin sujeto. Una razón objetiva,
cuyo motor es el bienestar y el progreso de la humanidad, pero que en su
transitar por la historia del hombre modificó su viraje. Solo una razón sin
sujeto pudo convertir al sujeto en cosa.
El alma es la parte más delicada del cuerpo y hay que cuidarla. Nuestra sociedad desprecia lo anímico y reduce el cuerpo a fórmula o a fenómeno, bajo la apariencia de la absoluta veneración de lo corporal en su imagen física y en su conocimiento. No hay cosa más venerada que el cuerpo humano y al mismo tiempo, no hay mayor objeto que el cuerpo reducido a cosa, absolutamente cosificado. Los mecanismos gnoseológicos que reducen el cuerpo a fenómeno y a fórmula son, posiblemente, la esencia racional de la biopolítica, que encuentran su manifestación social en el liberalismo y en la degeneración de los ideales ilustrados y en ellos se encarnan. Siglo y ratio son una y la misma cosa, ya lo decía Hegel.
La transparencia del conocimiento reduce el cuerpo a fórmula,
a secuencia genética, a sistema de medida, no solo el humano, sino el de todo
ser vivo o inerte. La fórmula reduce el cuerpo a cosa que padece, con mayor o
menor empatía hacia ella y mediante el juramento, promete aliviar su dolor para
hacer su vida más próspera y agradable, e incluso alargarla hasta la eternidad
misma, que es lo que el ser humano ansía en la materia, vencer la muerte, alcanzar
la (in)mortalidad. A grandes paradojas humanas nos conduce.
La transparencia de lo fenoménico hace que los cuerpos se
mercantilicen totalmente desacralizados en la televisión, el cine y la publicidad
para ser devorados por el ojo humano. Forman parte del mercado de objetos que
normalmente consumimos en la caverna como fenómenos y únicamente conservan
cierta sacralidad en las iglesias y los museos. En la caverna lo fenoménico es
una forma de alimento, como cualquier comida que hacemos a lo largo del día.
Consumimos cuerpos transformados en fenómenos. Las redes sociales convierten
nuestra vida en álbum de fenómenos consumibles, en imágenes que pretenden
alcanzar la eternidad de la Monna Lisa
en el infinito fluir temporal del instante de ser, entidad o absoluto, que solo
unos cuantos likes pueden
proporcionarles, unidas al flujo infinito de lo corporal-fenoménico en el
hipertexto. Así se construyen las identidades, en las galerías fenoménico-cosificadoras
de la caverna, traducidas a redes sociales, donde los cuerpos se cosifican reduciéndose
a construcciones fenoménicas que se muestran para ser consumidas visualmente en
un fluir temporal infinito. Todos los medios de comunicación de masas convierten
lo corporal en imagen para ser consumida o imaginan la realidad, narrándola, para ser proyectada en los lienzos de coltano, reducidas a discurso, glosodoxa.
La obsesión de lo visual transforma en Occidente todo lo
corporal en fenómeno para ser consumido por la mirada. Esta obsesión trasciende
con creces el ideal griego de la belleza corporal como reflejo del equilibrio y
la simetría de las proporciones y se consuma en la reducción de lo corporal y
lo vital a puro dato, a fórmula simple, mediante la cual pueden reducirse los cuerpos, vidas privadas, intimidades y sexualidades a puras cosas para ser consumidas en un
programa de televisión como algo absolutamente normal y al mismo tiempo
grotesco, de lo que nadie jamás se escandalizaría ni cuestionaría su porqué. Ante
ojos ávidos de imágenes y oídos expectantes de intimidad, la vida y el cuerpo del
sujeto se reducen a cosa para ser consumida y devorada por el coro, el público,
la audiencia, cual banquete totémico de fenómenos. Platón ya nos avisó de los
peligros del cuerpo, pero no quisimos oírle. Vigorexia e hipocondria, junto a bulimia y anorexia, son los padecimientos que el culto al cuerpo y su objetivación y consumo producen en el ser humano, los reflejos del canon de lo fenoménico, del progresivo proceso de matematización y objetivación de lo corporal, que en algunos casos solemos llamar belleza. A esta belleza matemática y proporcionada se opuso el cubismo, o posiblemente no hizo más que descomponer la imagen en todas sus aristas posibles, creando la distorsión de lo multifocal, mostrando la mirada desde los más diversos ángulos desde los que una cosa o persona puede ser vista. La tarea del siglo veintiuno será recomponer al hombre, que se ha ido dividiendo en cubos a lo largo de la historia de la razón, ensamblar lo que racionalmente separó y descompuso.
Hoy me han puesto la segunda dosis de AstraZeneca. Por el
camino, mientras ya me había colocado en la fila de coches en la que
administrarían esa vacuna, iba leyendo si era más idónea para mi cuerpo que la de Pfizer, que pondrían a los coches de la fila de enfrente. Margarita del Val
me ha confirmado a posteriori que posiblemente mi decisión fuera la correcta. Igual
dentro de algunos años nos enteramos. Me hubiera gustado que hubiera sido de
otra forma, pero en la caverna no tener información relevante y tener demasiada
son cosas sinónimas y ambos extremos son consecuencias de la glosodoxa.
La glosodoxa puede
transformar nuestra libertad en un espejismo, en un gesto irrelevante como
cualquier gesto cotidiano o en una libertad microbloqueada,
que ante cualquier decisión se tiene que enfrentar a una vorágine gráfica
incomprensible. Me estaba preguntando si al final mi gato no va a ser más libre
que yo, al menos en estos momentos tiene mucho más claras sus pautas de acción,
aunque no sepa quién o qué dirige sus acciones, pero él sigue durmiendo
plácidamente en su cojín sin que ningún problema humano pueda perturbar su
feliz ronroneo.
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| René Magritte, El falso espejo (1928) |
22/05/2021
Inmunidad
Poco a poco vamos alcanzando eso que los expertos han llamado “normalidad”. La normalidad no es otra cosa que volver a la situación anterior al virus, o a una circunstancia vital lo más similar posible. Para ello todos los investigadores de las grandes empresas farmacéuticas y de la sanidad pública y privada han trabajado estos meses hasta alcanzar un antídoto que pueda conducirnos de nuevo a ella.
Ellos no conocen fenoménicamente, como imagen, sino de forma absolutamente transparente. Ellos conocen la fórmula y conocen como fórmula, ambas cosas. La fórmula siempre trasciende lo fenoménico, es su depuración última, a ella queda reducida la multiforme danza de los espectros, de las imágenes. La fórmula es la codificación del más arcano misterio de lo humano y su relación con el afuera. Quien conoce la fórmula tiene plena visión de una porción del todo, por esa razón, conocer como fórmula es conocer como cálculo, con exactitud, sin errores ni erratas, con la perfección y la divinidad de la matemática, axiomáticamente.
Toda la humanidad depende de una
fórmula para sobrevivir, para desarrollar los anticuerpos que nos hagan inmunes
y que así podamos continuar viviendo después de este stand by universal. Son los grandes expertos de la caverna, los
únicos que pueden hacernos salir de nuevo a la luz de las paredes de nuestras
casas, humedecidas por las últimas lluvias, que este año se han prolongado
solapando el invierno con el verano. La fórmula es el salvoconducto a la
normalidad que todos deseamos: la normalidad de las colas en el supermercado,
los atascos de tráfico, las aglomeraciones en los centros comerciales, los
conciertos repletos de jóvenes en plena efervescencia inconsciente, los viajes
de un lado a otro, las tapas en el bar con los amigos, la cerveza al salir del
trabajo el viernes a mediodía para celebrar la llegada del fin de semana, las
festividades, las romerías y los cultos. En definitiva, la normalidad no es
otra cosa que volver a los rituales y rutinas que teníamos antes de que
llegase el virus, a los mecanismos humanos prevíricos.
La normalidad en la caverna puede ser comparada con una
visita al Ikea: empiezas a mirar y a dar vueltas, te pierdes, tomas un café y vuelves
al principio de la ruta, ves muchas cosas que no tenías previstas, abres
algunos armarios y cajones, te sientas en una silla de escritorio para probar
si aguantarías sobre ella ocho horas seguidas, descorres la cortina de la
ducha, mientras te llevas un peluche, cuatro tuppers, tres marcos, dos posavasos y tres sujetalibros hasta que -por
fin- alguien te habla de un sendero, una especie de pasadizo para llegar al lugar
que estabas buscando desde el principio y has tenido que dar todo ese rodeo
para llegar a un lugar al que hubieras llegado mucho antes y en el que
supuestamente ya vivías: la normalidad.
En menos de un año ya tienen la fórmula de la inmunidad, la
fórmula de la vida: la vacuna. Con ella se inició hace unos meses un proceso
sanitario sin precedentes en la historia de la humanidad, la vacunación masiva
a nivel mundial, la inoculación de la fórmula que nos hará inmunes a un virus que
muta sin cesar para alcanzar la inmunidad del rebaño. El virus ha transformado a la humanidad en un rebaño. Nos hemos vuelto tan
gregarios que lo absolutamente interno e íntimo, que es la salud, se ha
convertido en un problema político sin precedentes. Es posible que debamos
cuestionarnos nuestro gregarismo. En la sociedad postvírica sólo en el arte emerge lo subjetivo, para absolutamente
todo lo demás necesitamos colaborar y comunicarnos con nuestros semejantes. En la caverna el artista, el creador de imágenes, es el que representa
el polo subjetivo, mientras que los expertos, los que conocen la fórmula, son
los que encarnan la objetividad y la mathesis.
¡Qué paradoja! Platón pretendía echar al neófito sujeto de la caverna, al
recién llegado, al invitado de honor. No sé si lo habrá conseguido, nuestro
gregarismo lo dirá. Estoy encantada de ser una más en este mundo de humanos
fabricados en serie, pensados por otros, precocinados.
Mientras chispea, mi gato ya se ha subido en tres cojines distintos, es posible que crea estar en el Ikea y los esté probando todos. Mueve levemente las orejas cuando lo llamo, pero continúa dormitando. Solo han caído unas gotas, las macetas no tendrán suficiente con ellas y habrá que regarlas. Los humanos tenemos flores en casa para recordar que una vez vivimos en medio de ellas, no solo para decorar, es una reminiscencia del afuera.
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| Vincent van Gogh, Lirios (1889) |
15/05/2021
Laberintos
La caverna es un laberinto plagado de minotauros. Todo, absolutamente todo lo que hay dentro, está construido a partir de sombras fenoménicas, que son tomadas por los iniciados como lo verdadero, y en parte lo son. Las sombras, espectros de lo real, cristalizan a partir de fenómenos perceptuales condesados en el tiempo y en el espacio desde siglos remotos. En ese proceso se transforman en imágenes, que a veces solo parecen mostrar vagamente lo que acaece en alguna de las galerías pero, en realidad, cualquiera de ellas tiene un fondo de espejos proyectados hasta el infinito, hasta los confines de la humanidad. Aunque la superficie solo parezca mostrar lo que sucede en el tiempo presente o inmediatamente anterior, la imagen es el jugo de los siglos materializado en esos espectros de significado, que pueden adoptar cualquier soporte, desde la piedra a los píxeles.
Las imágenes no son planas y bidimensionales como las sombras
chinescas, aunque algunas lo sean desde el punto de vista de su soporte
material, sino mucho más densas y complejas: a veces proyecciones, a veces
reflejos y condensaciones. Algunas se replican como ecos, otras se disuelven
como humo, o queda de ellas un espectro mortecino que nos acompaña sin ser
percibido claramente porque se han difuminado en el tiempo. Por definición y al esconder su fondo, la imagen es en sí
misma paradójica, su esencia es multiforme y poliédrica. Su superficie solo
refleja una especie de síntesis lumínica y colorida de un proceso complejo, en
el que la forma material es simplemente su manera de darse, de aparecer, el
soporte sensorial que necesita para hacerse carnal y ser percibida y así poder
transformarse en discurso. Rocas terrosas de espejos son los enveses de sus
infinitos abismos, que laten sedimentadas tras la capa superficial. ¡Quién lo
diría! Cada imagen es una especie de túnel a las profundidades humanas y la
caverna está compuesta de miles de ellas. En ellas podemos perdernos por toda
la eternidad, o simplemente fluir hilvanándolas como en un collar de luminosos
y vistosos colores para nuestra retina. Como tejedores de imágenes construimos nuestro mundo.
Ciertamente Platón no era más que un ingenuo, en su tiempo,
precisamente fue él uno de los primeros artífices, la imagen ya se había
transformado en discurso, pero el poeta, el artista, el músico, el escultor y
el arquitecto, eran los más perfectos ejecutores de algo que estaba escrito en
las profundidades de lo humano: conocer y transformar la realidad mediante la
creación de imágenes. No podemos expulsar al artista de la caverna porque el
artista es la caverna. Platón, más que expulsar al artista, lo replicó, creando
la metáfora del lugar donde estos habitan por siempre.
Salir a la luz es la metáfora de la liberación de la a-gnosis claustrofóbica que supone
recorrer los angostos pasillos de la caverna con su saturación de imágenes,
todas ellas laberínticas, rizomáticas. La caverna es un laberinto plagado de
laberintos, donde la única forma de orientación es el conocimiento, cuyos productos
son la imagen o la fórmula, ambas con la función de medios y fines al mismo
tiempo. En la caverna la a-gnosis es
al conocimiento lo que la glosodoxa al discurso y ambas se producen por
saturación, como la materia de los agujeros negros. De forma similar, atrapan
la luz de lo verdadero y la acaban proyectando en mil haces de discurso, o
difuminando en miles de imágenes, cuyos fondos laberínticos desconocemos.
Las imágenes se replican, duplican y comportan como un virus,
de hecho, estas necesitan de la materia gris humana para replicarse y a veces saturan la caverna de la misma forma que el virus que nos invade puede saturar
las células de nuestro cuerpo y hacerlas enfermar. Es posible que no haya tanta
diferencia en el fondo entre las imágenes, la proliferación descontrolada de
discursos y palabrería y el virus que nos asola.
Salir a la luz es la metáfora de la liberación de la cadena
fenoménica de imágenes y discursos, de la a-gnosis
claustrofóbica que supone recorrer los angostos pasillos de la caverna, que conducen al fondo
de la desesperación, la inconsciencia o el letargo. Salir a la luz es un
imposible, solo podemos hacer brillar la luz dentro, es incluso posible que no haya luz más allá. El hombre, nómada de las galerías fenoménicas de la caverna, solo
puede vagar por ellas largo tiempo si recurre a lenitivos gnoseológicos,
fenoménicos o materiales, más o menos fungibles, que acrecienten su evasión o
le produzcan un reencuentro con lo natural, como es el caso de mi gato, cuyo simple dormitar y maullar, me recuerdan que hay un afuera y que éstas no
son las únicas paredes que puedo habitar. En ese momento, transito a otro
laberinto, de una imagen a otra, como si mi mente cogiera un autobús. Posiblemente, algún afortunado encuentre el hilo de oro de alguna
religión que le salve del infinito laberinto de los fenómenos y lo conduzca al paraíso.
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| Paul Gauguin, Paisaje haitiano (1891) Volver a Salir de la caverna |
08/05/2021
Transparencia
Cuando el dogma se transforma en axioma todo se vuelve
visible, pero no fenoménicamente, como imagen, sino absolutamente transparente,
como fórmula. Ese grado de visibilidad como transparencia no es accesible a cualquier
habitante de la caverna, sino solo a aquellos que son capaces de ver las manos
constructoras, la intervención del hombre en la naturaleza, cada vez mayor
desde el origen de su existencia, en esa lucha por transformar el azar en cálculo que hemos llamado técnica; hasta el punto de que el más leve pestañeo pueda ser
predecible y el mundo entero quede petrificado como una escultura en movimiento
de rotación y traslación, como dios parmenídeo: los ritos se mecanicen
vaciándose de sentido, las frases de amor se repitan como tópicos, los patrones
de conducta como cromos y los arquetipos se muestren especularmente proyectados
hasta el infinito en las pantallas de coltano.
Manos constructoras como enjambres, que se afanan en pintar
el mundo hasta el último resquicio, el de la fórmula matemática que, en este
caso, se encarna en la materia como la fórmula biológica de un virus. Lo han
llamado "coronavirus" por su aspecto de microscópico erizo proteínico y proteico.
Platón supo describir arquetípicamente el mundo en el que
vivimos, de ahí que su alegoría haya perdurado en el tiempo, al adoptar la
forma mítica. Su caverna, la cueva en la que vivimos, puede dividirse en
estadios en función del nivel de conocimiento alcanzado por el iniciado y su relación
con el mundo material que lo absorbe. Todos debemos salir a la luz algún día. El
proceso es complejo y los obstáculos, materiales, sociales y psicológicos,
infinitos. Es posible que tal luz no exista y fuera de la caverna no haya más
que la crueldad y la belleza de lo natural en su estado salvaje, la humanidad
sentada frente a la naturaleza, jugando al ajedrez frente al caos y el devenir en sus más de
treinta mil años de historia.
La transparencia es la fórmula, la adquisición del mayor grado posible de autoconciencia en el mundo que habitamos, el despertar del mundo fenoménico y trascenderlo, rompiendo las cadenas de la multiplicidad de imágenes y discursos que se replican en la cueva y nos invaden y atrapan constantemente con sus cepos.
La transparencia es la libertad. En la caverna solo se es
libre trascendiendo progresivamente lo fenoménico, siendo plenamente
conscientes de que la fórmula misma es un discurso, el discurso de Occidente por
excelencia. Por definición, no hay ningún prisionero libre, es un contrasentido,
siempre somos esclavos de algo en la cueva, lo importante es saber que lo somos
y de qué, descubrir nuestra propia condición de esclavos e identificar cuál es
la sombra fenoménica que nos subyuga.
Solo los animales son libres, hijos de la naturaleza, a ella
nunca desobedecen, mientras el hombre, conducido por eros, se afanó en construir
la cultura en radical oposición, y a veces negación y olvido, de su esencia. Mi
gato vive feliz, absolutamente inconsciente, dormitando por todos los
cojines de la casa, obedeciendo a la vieja y sabia naturaleza sin saber que lo
hace, mientras el hombre tiene que disputarle su libertad, perdido en el
laberinto de los fenómenos, los espejos, los discursos, los arquetipos y las proyecciones.
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| Teseo y el minotauro (1959), ilustración de Alice y Martin Provensen |
01/05/2021
Dogmas
En la caverna no existen los dogmas. Estos no son más que un recuerdo del pasado, sobre todo los morales, ya lo decía Nietzsche y tiene su sentido. La caverna es un lugar que construye sus propios dogmas, que nada tienen que ver con las creencias y las tradiciones a las que algunos seres humanos estamos acostumbrados desde antaño.
Todos los dogmas de la caverna son construcciones ad hoc que suplantan y suplantarán toda
creencia y tradición mediante la tolerancia, el cuestionamiento y la negación o la mixtura, que son las tres formas posibles de actuar en la caverna frente a
los dogmas heredados: aceptarlos, cuestionarlos, o disolverlos en el fondo de
lo múltiple, donde palpita el pensamiento único, que es la estructura en la que
el dogma viene a mutar en la actualidad, inundando de un aire espectral sus
galerías.
La caverna puede construir sus propios dogmas porque la esencia del dogma es lo que precisamente ha perdurado en el tiempo, vaciándose. Ese esqueleto es el que suelen vestir los porteadores de sombras de múltiples formas y con los ropajes más extravagantes. En la religión el dogma es lo sagrado, lo revelado, pero en la cultura desacralizada no es más que un axioma matemático y con sus mismos rasgos: un postulado, algo que en la deducción no puede cuestionarse. Matemática y dogma son una y la misma cosa en el s. XXI, pero el dogma por excelencia de este siglo puede encarnarse en múltiples realidades para dar apariencia de multiplicidad, de polifonía, cuando en realidad no hay más polifonía que el propio axioma que continuamente se llena y se vacía sin cesar.
Desde los estatutos de un partido político hasta las reglas de cualquier
juego son postulados, incluso las constituciones, las leyes, la poesía, el arte
mismo y los movimientos artísticos como el surrealismo o el dadá, no son más que un
aspecto concreto de la multiforme encarnación del dogma por excelencia: el
axioma, la cifra, el cálculo. La pluriforme e infinita multiplicación rizomática del
axioma, que en la caverna ya se ha vaciado de toda universalidad, de ahí que pueda
ser postulado ad hoc, de ahí que la
regla pueda medir diferentes distancias en función del espacio y las
circunstancias, de ahí que la poesía no comunique esencias, el lenguaje se
vacíe, los deícticos señalen al interior de una hueca grafía y los valores no
apunten a ningún dios.
Es posible que este virus y sus réplicas no sean más que las
consecuencias de un axioma, para nosotros desconocido, pero cuya cadena
deductiva actualmente se está encarnando en todo el mundo hasta que la fórmula
llegue a completarse totalmente y, socialmente encarnada, cumpla sus
presupuestos, cuyo sentido nosotros solo podremos conocer parcialmente a posteriori, pues hasta ahora nos resultan absolutamente desconocidos.
Ni yo ni mi gato queremos saberlo. Me conformo con habitar los espectros de algunas galerías de esta cueva que hemos llamado cultura y perderme en el laberinto de sus corredores, sin ser capaz de mirar el orden fractal de lo bello en un árbol y ver en cambio solo un ser que muta, crece y llega a su plenitud sin que lo corten y lo conviertan en un taburete de Ikea o en simples folios.
Eso que llamamos sentido solo es posible conocerlo
mediante las formas,
siempre que estas no se conviertan en sombras o simulacros
y dejen de brillar, transformándose en espectrales reflejos de lo humano y
ocaso de lo divino.
Pero no hay que temer, pues esto solo sucede cuando el hombre quiere
transformar en ley trascendente algo tan radicalmente humano como su viaje a
los abismos de la naturaleza, donde solo habita el dios del instinto, individual o
colectivo.
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| Fractalidad en Escher, Desarrollo II (1939) Volver a Salir de la caverna |
15/02/2021
UD1: Somos personas
UD1: SOMOS PERSONAS
¡Hola
a todos!
LLevo unos días trabajando para crear
un cuadernillo de actividades para la asignatura de Valores
Éticos de 1º ESO que pueda ser útil tanto a profes como a
estudiantes. Basándome en el libro de Valores Éticos de 1º de la ESO de la
editorial Vicens-Vives, he elaborado este .pdf interactivo con teoría,
actividades y juegos que en breve convertiré en un eXelearning. Os dejo
una presentación, un .pdf con la hoja de ruta y los juegos que he elaborado para
trabajar los principales conceptos.
Espero que os sea de utilidad ;)
- Video resumen:
- Hoja de ruta:
- Unidad didáctica: Cuadernillo interactivo:
- Presentación Canva:
- Juegos interactivos de la unidad:
- Actividad 3: Juego interactivo_Personas, animales, cosas
- Actividad 11: Juego interactivo_Mi retrato robot
- Actividad 13: Juego interactivo_¿Qué siento?
- Actividad 17: Juego de síntesis_Kahoot del tema
- Actividad 18: Juego de síntesis_Ruleta de las palabras
02/01/2021
L'Atalante: Romanticismo y crítica social. Estudio sobre la obra de Vigo y la música de Jaubert
Atalanta: Romanticismo y crítica social. Estudio sobre la obra de Vigo y la música de Jaubert
1. CONTEXTO SOCIOPOLÍTICO DE LA EUROPA DEL S. XX: UNA EUROPA CONVULSA
La
infancia de Jean Vigo (1905-1934), así como las actividades de su padre, el anarcosindicalista
Miguel de Almereyda, se desarrollaron durante la Primera Guerra Mundial
(1914-1918). Este momento histórico se caracteriza por la caída de las
dinastías imperiales, hecho que va a producir cambios en la pirámide social. La
Revolución Bolchevique de 1917 -justo el mismo año en que asesinan a Almereyda-
la culminación de la Revolución Industrial, que con el desarrollo de la ciencia
y la técnica va a hacer posible el surgimiento del capitalismo de producción,
el avance en las comunicaciones (la telegrafía, la telefonía -de la cual
surgirá el fonógrafo y los micrófonos que se utilizarán en el cine sonoro- las
líneas ferroviarias, etc.) y un ligero crecimiento demográfico, a pesar de dos
guerras mundiales y un genocidio -entre otros factores- generaran lo que Ortega
y Gasset va a denominar en 1930 sociedad de “masas”[1].
Estos acontecimientos históricos
hacen posible una explicación de los fenómenos sociales del s. XX según la
tensión dialéctica entre minoría / masa, que sería también extrapolable al
plano cultural, siendo el cine uno de sus productos artísticos por
excelencia, según se afirma en la Dialéctica de la Ilustración[2]
de Adorno y Horkheimer.
Desde el punto de vista cultural, cabe destacar como uno de los acontecimientos fundamentales del s. XX el surgimiento de las primeras vanguardias estéticas: Joyce, Mann y Proust en literatura, el cubismo de Picasso y el abstracto de Kandinsky en pintura, Stravinsky y Debussy en música, suponen una ruptura con la tradición, el surgimiento de nuevos lenguajes y una crítica a los valores establecidos desde el arte. De esta forma, el arte del s. XX asume las funciones del pensamiento, de la filosofía, haciéndose reflexivo, crítico, reivindicativo y, sobre todo, autónomo y consciente de sí. Podríamos decir con Ortega y Gasset que en el s. XX «La estética es una cuestión política»[3]. El arte del s. XX se anticipa a la postmodernidad y entre todas ellas, principalmente, el cine. No sólo por resultar la síntesis de todas las artes, ni porque se desarrolle de forma paralela a las Vanguardias, sino porque, como diría Benjamin[4], es el modelo de arte en la era de su reproductibilidad técnica, representa la esencia del arte de una sociedad industrializada.
El cinematógrafo, hijo de las vanguardias y de la técnica es un “centauro artístico”, que tras su afianzamiento narrativo en 1920 y bajo la protección de los gobiernos de las Repúblicas y los Frentes Populares, hace posible la ruptura de la tensión dialéctica entre arte popular y arte culto descrita por Adorno y Horkheimer, convirtiéndose en un instrumento de crítica social y de formación de las masas sin menoscabo de su calidad estética. En respuesta a ciertos acontecimientos históricos -como la emergencia de los totalitarismos- y debido a la doble inculturación del cinematógrafo en Europa -a través de las culturas populares nacionales y de las Vanguardias- se produce en la Europa de entreguerras un brote de cine social, primando el carácter creativo y pedagógico del cine sobre su vertiente más comercial y espectacular, dirigida al ocio y el entretenimiento. O dicho de otro modo: debido a las peculiares características de la cultura y la industria europea, se genera una simbiosis entre cine comercial, creativo y socialmente comprometido, acortándose las distancias entre cine comercial y cine de autor.
En el plano musical, este contexto posibilita la colaboración entre compositores autónomos y realizadores autoriales[5], que dotan al cine de este periodo de gran calidad musical y estética, tratándose al mismo tiempo de un cine comprometido, que pretende ser crítico con la realidad social y los valores vigentes. Un cine que es social no sólo porque refleje la realidad del momento y sea crítico con ella, sino también, porque es adoptado como forma de expresión de sindicatos, organizaciones de izquierda, cineastas comprometidos políticamente, asociaciones obreras, asociaciones para la cultura popular, etc.[6]. Es decir, el cine se convierte en forma de expresión de ese nuevo estamento social que surge en el s.XX: las masas.
Esa laxa estructura industrial europea debida a las fronteras nacionales y lingüísticas y a la depresión económica de posguerra, así como los acontecimientos sociales y políticos, hacen posible la emergencia de unos espacios de creación donde desde el punto de vista de la realización no se establecen fronteras entre un cine comercial, autorial y social, como tampoco se establecen -desde el punto de vista de la composición musical- entre música autónoma, música popular y música de cine[7]. Una de las parejas creativas más importantes de la Francia de los años treinta es la constituida por Jean Vigo y Maurice Jaubert, cuyo breve recorrido hemos estudiado modestamente y pretendemos exponer en este trabajo.
Si trazáramos un mapa de Europa y quisiéramos describir la trayectoria del cine socialmente comprometido a través de las escuelas nacionales, podríamos considerarlo como un río que nace en la U.R.S.S. y recorre Europa de Este a Oeste pasando por Alemania y Francia para desembocar por último en Italia, donde a través del Neorrealismo lleva a cabo una «ética de la estética»[8], que supone la radicalización de los presupuestos establecidos por Vigo para un cine social. A esta ola sólo le cortará el paso la emergencia de los fascismos: en Italia, con la llegada al poder de Mussolini se estableció la producción de «teléfono blanco», en 1935 se crea el Centro Sperimentale di Cinematografia y en 1937 los estudios Cinecittà en Roma. En Alemania, la toma del poder de Hitler en 1933 eclipsa el aura del expresionismo alemán y la Nueva Objetividad, promoviendo un cine trivial, escapista, dirigido al entretenimiento y propagandístico. En la U.R.S.S, la Revolución de 1917 deviene en la dictadura de Stalin y también se dan regímenes totalitarios en España y Portugal. La emergencia de los totalitarismos va a oscurecer el brote de cine social que se había dado en el periodo de entreguerras en la U.R.S.S y en Alemania.
En
Francia, sin embargo, va a ser
posible la permanencia de este cine, puesto que los nuevos directores de los
años treinta –entre los que destacan principalmente Jean Vigo y René Clair-
influidos por toda una tradición de cine realista, por la primera vanguardia
impresionista y, en parte, por la surrealista; van a rescatar la tradición del
documental social y del cine-ojo de Vertov –que en el caso de Vigo se combinará
con la técnica del «montaje intelectual» de Eisenstein, que consiste en
expresar ideas a través de la yuxtaposición de planos- y a propiciar el nacimiento de una nueva escuela, una
nueva tendencia estética que se consolidará en torno a 1936, con la llegada al
poder de la izquierda francesa del Frente Popular, que representa la reacción
del pueblo francés ante la emergencia del fascismo: el realismo poético, encrucijada
entre el documento / realidad-objetividad y el poema, de la que Vigo es
precursor junto a Julien Duvivier, René Clair, Jean Renoir, Jacques Freyder,
Marcel Pagnol y Jean Grémillon.
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| Vigo y Lydou en su apartamento parisino |
Heredero de una tradición documental que hace énfasis en el montaje y del cine realista inmediatamente anterior, el realismo poético es crítico y social por el crudo retrato que hace de la clase obrera, de los conflictos sociales, de los problemas de la época (desempleo, migraciones, alienación, explotación y lucha de clases, pacifismo, antisemitismo, desintegración social...). De forma que el sujeto del cine es la clase trabajadora, aunque no necesariamente representada como colectivo, como ocurría en el cine ruso[9]. Pero, al mismo tiempo, al mezclar elementos documentales y ficcionales o poéticos, se produce una estilización de la realidad objetiva que la dulcifica o romantiza. El pesimismo que genera la conciencia social, se torna reivindicación y poesía a través de la postura crítica, de la mirada. El realismo poético, que según Truffaut sintetiza las dos corrientes dominantes en el cine - realismo y esteticismo- no consiste en la invasión del mundo real por el mundo de lo onírico, de lo subconsciente, como sucede en el surrealismo, sino en estilizar la realidad hasta conseguir hacer poesía de la vida cotidiana.
Según Strebel, dos son los factores que propician la emergencia de un cine social en la Francia de los treinta: el primero es la que tiene su correlato político en el gobierno del Frente Popular. Una muestra de ello es la creación en 1932 de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, fundada por Vaillant-Couturier, Barbusse, León Maussinac y Francis Jourdain y constituida por los críticos George Sadoul, George Altman y Pierre Unik y por los directores Jean Lods, Man Ray, Jean Vigo y Luis Buñuel, que se pronuncia contra la intentona fascista de 1934 con un manifiesto que era una llamada a la unidad de todas las fuerzas obreras[10]. Este fue el último posicionamiento político de Vigo -que murió a los pocos días, a la edad de veintinueve años y tras el rodaje de L’Atalante, mientras, paradójicamente, se oía desde su apartamento la canción Le Chaland qui passe[11] interpretada por un músico callejero[12] - pues el primero tuvo lugar en 1930, con motivo de la presentación de su ópera prima, À Propos de Nice (1929), en el Vieux-Colombier de París ante un público vanguardista. En «Hacia un cine social», que fue el texto redactado para la ocasión, donde por primera vez Vigo teoriza sobre cine, pone de manifiesto - según Elisabeth Grottle Strebel- las líneas maestras del documental social, que es aquel que implica tomar una posición respecto a un asunto; pues para Vigo creatividad y revolución, arte y acción social eran indivisibles.
El punto de vista documentado conlleva «despertar otros ecos que no fueran los de los regüeldos de los señores y las señoras que van al cine para hacer la digestión»; es decir, supone decantarse por el compromiso social frente al entretenimiento, o como afirma Kracauer, usar la cámara como un arma, no como un anestésico. A través del objetivo Vigo proyecta una mirada crítica comparable, en nuestra opinión, a la reflexión filosófica, pero que al mismo tiempo posee un carácter simbólico y poético que singularizan su propio estilo. El otro factor que propicia la emergencia de este cine comprometido está relacionado con las características de la industria cinematográfica, que describiremos a continuación.
2. EN LA FRONTERA ENTRE EL MUDO Y EL SONORO
La producción de Vigo, así como la composición de Jaubert, pueden enmarcarse en el contexto del cine francés de los años treinta, el cine de posguerra o entreguerras, en el que se está produciendo la transición del mudo al sonoro. En Europa, a pesar de que los estudios Pathé y Gaumont habían liderado la producción mundial de cine hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, no se había podido consolidar una industria cinematográfica, debido a las fronteras nacionales y las diferencias lingüísticas -que también serán un impedimento para el desarrollo del cine sonoro- y esta situación se agudiza tras la crisis de posguerra. A causa de la depresión económica europea y de la sentencia del Tribunal Supremo americano de 1915, que declara ilegal el Trust de la Motion Pictures Patents Company, se impone el sistema de producción de los productores independientes, basado en el Studio System y el Star System[13]; gestándose así las primeras Majors, que van a acaparar el mercado internacional y acabarán implantando el sonoro.
Inglaterra era el país europeo de mayor afinidad idiomática con Hollywood, lo que lo convertía en el mayor mercado extranjero para sus talkies. Allí los realizadores empezaron a experimentar pronto con el sonido, entre ellos el novel Alfred Hitchcock, que dirigía una serie de estilizados thrillers para la British International Pictures y la Gaumont British y cuyo primer filme sonoro, Blackmail (1929), marcó el comienzo de la producción sonora en este país. En Francia, la Paramount creó en los suburbios de París los estudios Joinville en 1930, para la producción masiva de las versiones sonoras no inglesas[14] y la alemana Tobis-Klangfilm estaba instalada en Épinal desde 1929.
La introducción del sonoro a mediados de los treinta marcó una radical reestructuración de la industria cinematográfica condicionando la producción de un tipo específico de film, el «mediometraje» y originando una segunda crisis en la industria francesa durante 1934-36: el capital invertido en la producción cinematográfica se redujo en dos terceras partes, 88 productoras independientes entraron en quiebra generando un gran déficit y la Pathé y Gaumont, que tras la guerra se había dividido en dos consorcios - Pathé-Natan y Gaumont-Franco-Film-Aubert - para hacer frente a la competencia alemana y americana, se declara insolvente[15].
En el panorama de la industria cinematográfica del momento contrastaba la producción masiva de Joinville, enmarcada en los cánones clásicos de Hollywood (M.R.I.) con películas de argumento estándar, contenido temático y viabilidad comercial, con las de pequeñas compañías independientes, que no producían más de cinco películas nacionales, pero que al no estar enraizadas en los cánones tradicionales de representación de la industria, permiten a los directores un espacio para experimentar con otros modelos, técnicas, estéticas, introducción de diálogos, sonido, etc. La escasez de medios -la industria francesa no había desarrollado una tecnología para la grabación sonora que pudiera distribuirse de forma comercial- y fondos, se paliaba gracias a la gran fuerza creativa de los realizadores, que eran auténticos artesanos que ponían en pie verdaderas obras maestras en las condiciones más austeras. En mi opinión, en el contexto de los años treinta, la industria no ofrecía una perspectiva muy halagüeña a los jóvenes directores, que tenían que abrirse camino con recursos propios y en circuitos alternativos (cineclubes) hasta que ésta les daba una oportunidad.
Tal fue el caso de Jean Vigo, que junto a su compañero, el operador de cámara ruso Boris Kaufman, hermano de Dziga Vertov, rodó aquello que sus escasas posibilidades le permitió: un documental sobre Niza, al que se le añade la coletilla de «punto de vista documentado» (point de vue documenté). El punto de vista documentado conlleva atrapar la realidad en su espontaneidad, la vida en su fluir: el movimiento, la gente, sus ocupaciones, los gestos, los cuerpos; para ello Vigo coloca una cámara oculta. Pero se da cuenta de la imposibilidad de filmar la realidad desnuda, no sólo porque entre la mirada y la realidad medie el objetivo, sino también porque toda mirada supone una perspectiva, un punto de vista: toda mirada es focal. La cámara crea la ficción, lo verosímil, es a la vez objetiva y estética. Vigo, que es consciente de la importancia del montaje, expresa a través del objetivo una idea, un punto de vista. El punto de vista de Vigo se manifiesta a través de su estilo, de tal forma que el sentido de la obra excede a las imágenes concretas y objetivas, no está en la realidad, sino en la forma de ser presentada, en la mirada y, por tanto, en la unidad de la obra.
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| Bailarinas a cámara lenta en À propos de Nice (1929) |
En un curioso ensayo de 1914 nos dice Ortega y Gasset que el estilo es la forma que tiene el artista de desrealizar lo real: “El arte es esencialmente irrealización. Podrá, dentro del ámbito estético, haber ocasión para clasificar las tendencias en idealistas y realistas, pero siempre sobre el supuesto ineludible de que es la esencia del arte creación de una nueva objetividad nacida del previo rompimiento y aniquilación de los objetos reales”[16]. Traemos a colación este pasaje de Ortega porque nos parece representativo de cómo a través de un intento de presentar la realidad de forma objetiva (documental sobre Niza), se puede manifestar un estilo que consiste en hacer poesía de las imágenes reales, estilizar la realidad hasta poetizarla, pues su objetivo es al cine lo que la metáfora a la literatura. Para ello Vigo utiliza recursos técnicos con finalidades expresivas, como por ejemplo: distintas velocidades de cámara para crear efectos poéticos –como cuando muestra las piernas de las bailarinas en Á Propos de Nice, los movimientos de Taris en el agua, que alterna ambas velocidades sincronizadas con el ritmo de la respiración, las imágenes subacuáticas de Taris que subrayan los torbellinos de burbujas que producen sus movimientos, la guerra de almohadones en Zéro de conduite, o la zambullida de Jean en el océano en L’Atalante- sobreimpresiones, efectos o trucos - el pájaro que aparece en la cabeza de Jean en L’Atalante- montaje del movimiento del revés, grabación de la música del revés, etc.
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| Guerra de almohadones a cámara lenta en Zèro de conduite (1933) |
A pesar de todo, la carrera de Vigo refleja lo difícil que es expresar un punto de vista a través de un estilo en el contexto sociopolítico e industrial de la Francia de los años treinta: hacer un cine social supone ir contracorriente, ser considerado un rebelde y “como regla general los rebeldes no son populares en la industria cinematográfica, probablemente menos que en ningún otro sitio. Vigo fue un rebelde en dos sentidos: contra las fórmulas de la industria e, incluso más intensamente, contra el orden establecido”[17].Vigo era visto como un revolucionario tanto en la esfera profesional y artística, como en la social y, por ello, sus filmes fueron mutilados y boicoteados tanto por las instituciones (censura) como por la industria: se obstaculizó la distribución de À Propos de Nice y L’Atalante, se censuró en su totalidad Zèro de conduite; pero fue su obra póstuma la que resultó peor parada. Vigo, que murió tras haber concluido el primer montaje, no pudo estar allí para defenderla y L’Atalante fue mutilada por los productores tanto por activa como por pasiva.
En
lo que a la imagen se refiere, los cortes de Vigo -que se vio obligado a
sacrificar varias escenas- se suman a los que hicieron los productores. Las composiciones de Jaubert fueron
sustituidas por las canciones populares de Cesare Andrea Bixio, interpretadas
por Lys Gauty, para así poder justificar el cambio de título, que coincidía con
una canción de moda: Le Chaland qui passe[18].Todas estas modificaciones desgarraron la
unidad íntima de la obra, tanto desde el punto de vista visual como desde el
musical, pues las composiciones de Jaubert se caracterizan por la búsqueda de
la equivalencia perfecta con la imagen y, por su parte, Vigo utilizó la música
de Jaubert como un recurso narrativo. De esta forma, en L’Atalante la música parece que emerge desde el fondo de la
imagen, o visto de otro modo, la música engendra la imagen más que acompañarla, produciéndose una perfecta
sincronía entre ambas, una «imbricación absoluta de lo sonoro en lo visual»[19],
al tiempo que la música conserva su integridad, su independencia.
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| Cartel promocional de L'Atalante |
En
consecuencia, lo que nos ha llegado de esta obra de Vigo han sido sucesivas reconstrucciones que se han elaborado a partir de versiones
copiadas para su distribución en Inglaterra, que contenían la banda sonora
original de Jaubert y de los fragmentos desechados por Vigo, que fueron
recuperados; pues ya no subsiste ninguna versión original de la película.
La primera tuvo lugar en 1935, la música de Jaubert fue reincorporada en 1940.
Paradójicamente, la ocupación alemana favoreció indirectamente la restauración
de la película, pues Dita Parlo –que era una actriz franco-alemana que había
alcanzado cierta fama, se interesó en su restauración para borrar la impresión
que pudiera causar su participación en La Grande Illusion (1937) de Jean
Renoir en la nueva situación política europea. En este filme pacifista
encarnaba a una campesina alemana, que durante la Primera Guerra Mundial,
esconde a dos oficiales franceses evadidos, uno de ellos judío. Enamorarse de
un oficial del ejército contrario, así como encubrirlos y darles cobijo, estaba
mal visto por la ideología de las tropas alemanas[20]. Las dos últimas restauraciones se llevaron a cabo en 1991 y 2001[21].
Nuestro trabajo se basa en esta última.
3. L'ATALANTE: LA OPORTUNIDAD DE LA INDUSTRIA
3.1. El proyecto, la realización y la historia
Vigo había trabajado un corto periodo de tiempo durante 1929 como operador de cámara para G.F.F.A. y había rodado un documental sobre la natación –Taris (1930)- y preparado otro sobre el tenis. Junto al productor Jean-Louis Nounez había tenido la oportunidad de expresar su creatividad en Zéro de conduite (1933), su debut como realizador, que incluía diálogos y la colaboración de Maurice Jaubert. Zéro es una obra poética, crítica y autobiográfica, muy personal, donde Vigo tuvo la ocasión de plasmar los recuerdos de su infancia. Como también había escrito el guión, pudo asumir un control creativo total sobre la obra. Como contrapartida, ésta dispuso de un escaso presupuesto y pocos medios técnicos: tanto en el caso de Zéro de conduite como en el de L’Atalante, Vigo sólo tenía una semana para rodar los interiores en el estudio, y siempre durante el periodo vacacional, por lo que las condiciones de trabajo se traducían en una jornada intensiva y un ritmo de rodaje acelerado que no le permitían obtener varias tomas de un mismo plano o escena. Zéro era una película artesanal, humilde, rodada con la colaboración de sus amigos Kaufman, Storck, Jaubert, Merle y Jean Dasté, a los que se sumaron una veintena de chavales procedentes de los barrios populares de París. L’Atalante por su parte, representaba para Vigo la oportunidad de la industria, pues contaba con un elevado presupuesto –teniendo en cuenta la situación crítica en la que ésta se encontraba- estrellas, canciones, etc. Aunque, con la condición de aceptar a los actores y el guión propuesto.
Según los críticos, el tema era “convencional y mediocre”, se trata de la historia de amor de una joven pareja de recién casados: Jean, un marinero que capitanea una chalana a motor y Juliette una humilde campesina llena de alegría y vitalidad. Pero, en mi opinión, el guión suponía el pretexto perfecto para elaborar una historia de amor en un contexto realista, que Vigo supo adaptar con maestría al ambiente de la Francia del momento y que se desarrolla en torno a la oposición entre dos mundos, tal y como sucedía en À Propos de Nice y Zéro de conduite.
L’Atalante es una historia de amor contemporánea y a la vez mítica, concreta y a la vez abstracta, pues también es una historia sobre el amor o, mejor dicho, sobre el triunfo del amor sincero, auténtico y cotidiano, capaz de vencer la monotonía, la rutina, los conflictos sociales y personales. Tanto el tema como la estilizada poesía de Vigo hacen que esta obra sea considerada romántica por los críticos no contemporáneos[22] al cineasta, como es el caso del historiador del arte Elie Faure, a cuyos escritos, lamentablemente, no hemos podido acceder.
En esta historia parece que Vigo nos propone el amor como catarsis, como forma de liberación de una sociedad opresora y alienante basada en la competitividad y en el consumo, en el lujo, en la apariencia, en la superficialidad, en el vacío, la deshumanización y la soledad. A lo largo de toda la obra va a distinguir implícitamente, al igual que haría F. Nietzsche en la tercera de sus Consideraciones Intempestivas, entre Kultur y Zivilisation[23], al oponer el mundo de la ribera, con la ciudad, sus restaurantes, sus edificios, los escaparates, los espectáculos, el lujo y, al mismo tiempo, las fábricas, los trenes, el desempleo, la pobreza, la delincuencia, la deshumanización; al microcosmos de la chalana, que sólo tiene que ceñirse a las directrices de la compañía naval y que lleva encerrado otro mundo dentro de sí: el camarote del padre Jules. Si Fritz Lang afirma a través de Metrópolis (1927) que entre el cerebro (creación) y la mano (construcción) debe mediar el corazón, el amor; Vigo nos sugiere que sólo a través del amor, de los sentimientos, podemos construir algo humano. En L’Atalante todos se quieren, a pesar de que haya conflictos o tengan sus diferencias.
L’Atalante es una historia de amor bajo la que palpita la crítica social, que bien pudiera ser la propia historia de Vigo y Lydou: «El porvenir no se aclara; y nuestra situación, como suele decirse, material, moral y artística sigue siendo tan brillante como después de mil gestiones ante personajes calificados e incalificables. Pero al menos, no le escatimamos nada al amor»[24]. Esta es una idea sugerida por Gottle Strebel, que compara a Jean Vigo con el joven capitán Jean, que vive una existencia nómada e itinerante, en los márgenes del sistema social establecido y, al igual que Jean Vigo, en lo que al mundo de la industria cinematográfica se refiere, es forzado a conformarse con las exigencias de la compañía naval. La aparición de los gatos, que pueblan el microcosmos de la chalana y forman parte consustancial de la figura del padre Jules, nos evoca el apartamento parisino donde nació Vigo. Niza y París fueron los dos escenarios de su vida y de su amor con Lydou, ambas ciudades aparecen en su obra con un marcado carácter ambivalente.
El
título de la película hace referencia al nombre de la chalana donde se
desarrolla gran parte de la acción, pero que también hace referencia a los
mitos griegos[25].
Atalanta es una historia de amor
y de realidad donde la música es un elemento fundamental, que forma parte de la
narración, es un recurso narrativo. La música
es diegética, es el leitmotiv narrativo, actúa de mediadora entre el mundo de la cruda
realidad y las imágenes más poéticas y románticas vinculadas a Jean y Juliette,
o las más surrealistas como las de la escena del camarote del padre Jules.
La música es el elemento que hace posible la fusión entre el mundo de la realidad y el
de la fantasía, penetrando en las entrañas de la historia y sustentando el
equilibrio entre romanticismo y crítica social.
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| El camarote de Jules |
La partitura de
Jaubert tiene una duración de 15 minutos dividida en diez secciones[26],
aunque, en mi opinión, la composición
musical abarca en el filme un espectro que se extiende desde los ruidos (el
de los objetos al romperse, el que hace el dial al sintonizar la emisora), los sonidos de la vida cotidiana: las
campanas de la Iglesia, las campanas del barco, el motor, la chimenea del
barco, los acordeones, el organillo, los objetos musicales del padre Jules, los
silbidos, la cantinela de los marineros, el hombre orquesta, el eco de la voz
de Jean llamando a Juliette, la emisora de radio, el disco que suena en el
fonógrafo...pasando por el uso del
silencio, hasta las canciones populares orquestadas, el vals, la java; la
música compuesta especialmente para el film.
La película no presenta fisuras entre música e imagen debido a la concepción que Jaubert tenía del sonido y el estudio que hizo de éste para el filme: muy en consonancia con la vanguardia, la música es tratada como materia sonora[27]. Según Gorbman[28], Jaubert experimenta con las posibilidades de la música de cine a través de innovaciones mecánicas, que aplica al campo que cree que aún está por explotar en la composición para el cine: el de los sonidos naturales, aquel que se halla en las antípodas de la orquestación.
La música se materializa en la película, tiene su correlato visual en objetos reales, le aporta un fondo sensible a la imagen, pero no dramático, pues los personajes no están descritos a partir de un leitmotiv musical que refuerce el dramatismo de la acción (tradición romántica –wagneriana- y postromántica, que va a adoptar el cine narrativo de Hollywood, de ahí la crítica de Jaubert a Steiner): el tempo musical se pliega al ritmo de la imagen, que es donde en realidad reside todo el peso narrativo del filme; pues el modelo de representación de Vigo se aleja del M.R.I. y se acerca más al “montaje intelectual” de Eisenstein (rechazo del montaje como recurso de continuidad narrativa y yuxtaposición de planos para expresar ideas, lo cual conlleva elipsis narrativas y ruptura de la continuidad espacio-temporal), a la concepción que la primera vanguardia cinematográfica tenía del ritmo visual como lo específicamente fílmico, o al dominio del ritmo de Murnau en Amanecer (Sunrise, 1927)[29].
La música de Atalanta es naturalista, desdramatizada, decorativa, sencilla. Atalanta es un filme que nace de una canción[30]–al igual que Catorce de julio (1932) de René Clair, cuya música fue compuesta también por Jaubert o Cantando bajo la lluvia (1952)- todo su sentido está concentrado en la melodía de los títulos de crédito donde escuchamos a coro la «canción de los marineros» («no estamos sobre las gabanas para holgazanear; hay que trabajar») a la que se une una voz femenina, que se encadena a un vals de amor, interpretado por instrumentos de viento. La música se convierte incluso en diálogo, se modula en el susurro de Jean al oído de Juliette y en la respuesta de ésta a su amante.
Los instrumentos musicales son elementos de la vida cotidiana de los personajes y, al mismo tiempo, parece que funcionan como personajes secundarios, su aparición en la historia hace posible la sincronización total de música e imagen, la superposición de imagen y sonido constituyendo una unidad que no presenta fisuras y también la cualidad real o material de la música. En Atalanta la música es el alma de la imagen a pesar de ser tratada como materia sonora. El fonógrafo merece especial atención, pues es un elemento que forma parte de la trama narrativa y que al mismo tiempo está asociado a la música, que representa en la película una especie de código, de lenguaje sin palabras a través del cual los personajes se reencuentran. La música en L’Atalante es una especie de metadiscurso.
El canal, el medio a
través del cual la comunicación se hace posible es el gramófono, que se va
construyendo fragmento a fragmento a lo largo de la historia
(la bocina la roba Jules de un bar del que vuelve cantando borracho[31]).
El milagro, seguido de la zambullida de Jean y de la secuencia del insomnio,
suponen el clímax del relato, el momento de máxima tensión. Curiosamente estas
son las secuencias donde el diálogo es prácticamente nulo y, si a ello le
unimos la peculiar forma que tiene Jules de reconocer a Juliette entre toda la
multitud de la ciudad, podríamos plantear, hipotéticamente, que el canal
privilegiado de comunicación entre los personajes del filme es la música y no
el acto de discurso. Esta hipótesis estaría en consonancia con la opinión de
los críticos en lo referente a la predilección de Vigo por el cine mudo[32].
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| Los gatos de L'Atalante y el gramófono como símbolo de la llegada del sonido al cine |
El fonógrafo, como símbolo metafílmico, representa la aparición de la música grabada y de un mercado musical; pero al mismo tiempo, también encarna la sincronización total en el cine entre música e imagen en el contexto industrial de los años treinta a través de la grabación electrónica y el sonido óptico -incorporación de la banda sonora-, lo que hace posible que el sonido reciba el mismo tratamiento que la imagen. Tanto para Jean Vigo como cineasta, como para Maurice Jaubert como compositor, el fonógrafo debía poseer unas connotaciones muy especiales, relacionadas con los dos universos que habitan cada uno -la música y el cine-, que se funden en uno solo.
3.2. Planificación del filme
Transcribimos a continuación una plantilla de la historia dividida en episodios, que nos ha sido muy útil para ubicar los momentos musicales más significativos de la película, donde se aprecia una equivalencia perfecta entre imagen y sonido. Hemos observado que en la mayoría de los casos los capítulos se cierran con un fundido en negro.
I)
INTRODUCCIÓN: 47 PLANOS: Obertura, la chalana. El padre Jules y el grumete. La
boda. La partida.
II)
11 PLANOS: Primera noche a bordo. Jean y Juliette molestados por los gatos.
Jean arañado.
III)
28 PLANOS: A la mañana siguiente. Una escala. Recibimiento a Juliette con
cantos, e inicio de la vida a bordo. «La monina ha parido sus crías». Juliette
se dedica a las labores domésticas: la colada. El padre Jules va a comprar
provisiones, con el grumete y Rasputín. Meter la cabeza en el agua para ver a
la mujer que se ama. Juegos de Jean y Juliette. Demostración de lucha
grecorromana del padre Jules.
IV)
26 PLANOS: La chalana avanza de noche. Paso del tiempo. Como tantas y tantas
noches, Juliette está sola en la cama y llama en vano a Jean, que tiene que
quedarse al timón. Se avecinan problemas y a la mañana siguiente se produce el
primer altercado, a causa del aparato de T.S.H. que Juliette manipula
torpemente para intentar escuchar las emisoras de París. Después, L’Atalante
atraca en medio de la niebla. Jean busca durante largo rato a Juliette,
hasta que la encuentra triste e inmóvil en el puente. Jean, enervado habla con
brusquedad al padre Jules, que se enfada y se va.
V)
11 PLANOS: La comida, el padre Jules llega con retraso, Jean y él hacen las
paces. La máquina de coser. Las exhibiciones del padre Jules.
VI)
8 PLANOS: Llegada a París.
VII)
30 PLANOS: Juliette en el camarote del padre Jules. Llegada de Jean, que rompe
varios objetos. El padre Jules va a que le corte el pelo un esquilador de
perros. Descubre, inquieto, un cristal roto (la faena de los descargadores, que
no fue incluida). Jean, el padre Jules y el grumete buscan a Juliette, que está
en el camarote de otra mujer, en una chalana vecina. Existen algunos planos
entre el material desechado. Jean decide llevar a Juliette a la ciudad, y ella
comienza a arreglarse. El padre Jules se da cuenta de que su colgante-fetiche
está roto y decide ir a consultar a la vidente. Jean y Juliette tienen que
quedarse a bordo.
VIII)
18 PLANOS: La echadora de cartas. El padre Jules vuelve borracho.
IX)
21 PLANOS: El merendero. El charlatán se cuela en la chalana.
X)
32 PLANOS: La pareja discute. Juliette va a París. L’Atalante parte. El
robo en la estación.
XI)
35 PLANOS: El juego de damas. El fonógrafo. La zambullida de Jean. Demostración
del fonógrafo. Presentación paralela de Jean y Juliette. El insomnio de ambos.
XII)
17 PLANOS: En el Havre. Oficina de la compañía. El padre Jules decide ir a
buscar a Juliette.
XIII) 16 PLANOS: El padre Jules busca a Juliette, la encuentra. Jean se asea, llega Juliette. Conclusión en la chalana, que surca el río.
3.3. El estilo de Vigo y la música de Jaubert: momentos musicales significativos
Muchos han sido los críticos que han opinado sobre las influencias recibidas por Vigo, no obstante, a nuestro juicio, el cineasta es un precursor que posee un estilo propio. Vigo, que había entrado en contacto con el cine ruso a través de los cineclubes, es capaz de conjugar armoniosamente dos tendencias tan opuestas como la documental del cine-ojo de Vertov -de hecho Atalanta incluye algunos planos documentales-, con el “montaje intelectual” de Eisenstein; es decir, fusiona un modelo de mundo de realidad efectiva con un modelo de mundo ficcional verosímil. Al mismo tiempo, mantuvo un contacto directo con la primera vanguardia, con el surrealismo -cita a Le Chien Andalou de Buñuel como ejemplo de cine comprometido y no escapista en su conferencia «Hacia un cine social»- se interesó bastante por la figura de Chaplin, por pioneros como Mèliés, por el realismo duro de Erich von Stroheim y es continuador de una corriente de cine realista que va desde la U.R.S.S. al Neorrealismo italiano; aunque, al mismo tiempo, le aporta al cine su propia poesía. Manvell presenta el realismo de Vigo como predecesor del de Obssessione de Visconti o del de El ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica[33] (Salès y Gomès, 1997, p.299.); lo cierto es que la influencia de Vigo se extiende desde la generación de cineastas inmediatamente posterior, que conforman la escuela del realismo poético, con los que Jaubert seguirá colaborando (Le Dernier Milliardaire y la mencionada Quatorce Juillet de René Clair, Drôle de drame, Quai des Brumes, Hotel du Nord y Le Jour se lève de Marcel Carné, etc.) hasta la Nouvelle Vague: Truffaut no sólo va a citar la obra de Vigo, sino que incluso va a introducir la música de Jaubert en un nuevo contexto cinematográfico: tal es el caso de L’Historie D’Adele H.
Una de las cosas que más nos ha impresionado de Atalanta desde el punto de vista visual, ha sido el uso de la luz, que proporciona a la imagen gran calidad visual y transparencia, un hermoso contraste entre luces y sombras. Parece que Vigo llevara a su extremo el contraste entre el blanco y el negro a la manera de los grandes maestros del claroscuro como Leonardo da Vinci, Caravaggio y Rembrandt en el periodo romántico. Un ejemplo de ello son las hermosas imágenes de la luna reflejada en el Sena o la luz del rostro de Juliette al levantarse por la mañana. Una de las características más importantes del estilo de Vigo es la identidad entre principios narrativos y estructurales. Se decantó por la unidad de estilo frente a la unidad de acción, debido a las limitaciones de tiempo, metraje y presupuesto que le imponían los productores, lo cual fue motivo de duras críticas por parte de sus contemporáneos: hilo narrativo cortado, acción poco desarrollada, narración elíptica, historia anárquica y fragmentada, etc.[34].
La obra de Vigo
transmite un mensaje global, reconstruye un ambiente, su sentido está en la
totalidad y no
en la trama de las acciones, representa una fantasía visual y poética, una
tensión continua entre lo real y lo imaginario, un tránsito continuo de la
realidad trabajosa y decepcionante a lo absoluto en el amor[35].
Aquello que Hermann Hesse decía de Kafka: «Etéreo como un sueño, exacto como un
logaritmo», podríamos aplicárselo, aunque en un sentido más romántico, a Jean
Vigo. El cineasta otorga, por tanto, más
importancia a la forma que al contenido, tal y como sucede en el realismo
poético literario[36].
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| Sobreimpresiones en L'Atalante, Jean ve a Juliette al sumergir la cabeza en el agua |
Jaubert (1900-1940) buscó la equivalencia musical de la fantasía visual y poética de Vigo a través de una música simple, expresiva, equilibrada, que no presenta ningún tipo de jerarquía[37].La película se compone de dos temas fundamentales que se van a repetir a lo largo de toda la historia, pero cuyo sonido va a ser constantemente modulado por Jaubert: La «canción de los marineros» y el tema de amor (vals), a los que podemos añadir la «canción del charlatán», que vamos a escuchar únicamente en la escena del merendero. La música de Jaubert, como hemos apuntado, busca una total equivalencia con la imagen, pero no el comentario, la ilustración o la explicación, lo cual se consigue al adaptar el tempo musical al ritmo interno de la imagen, independientemente de cual sea el contenido dramático de la acción: es una música desdramatizada, también denominada decorativa o real[38], que posee la peculiaridad de complementar a la imagen y otorgarle un carácter de materialidad y, al mismo tiempo, al no estar sometida a clichés instrumentales, posee el carácter de música autónoma.
La música desdramatizada se convierte en música emancipada al evadir los clichés instrumentales, tonales, melódicos, distanciándose de la música postromántica, que condiciona la aplicación de la música al filme a los criterios de eficiencia narrativa y transparencia. El cine narrativo de los estudios demanda una música que aporte énfasis narrativo y dramático a la imagen, lo cual se consigue a través del leitmotiv, que supone una exploración en la psicología de los personajes, de tal forma que se representan musicalmente los distintos caracteres. Cada situación y cada personaje están vinculados a un leitmotiv que se va repitiendo. Esto supone para Jaubert trasladar a la música de cine la vieja tradición del melodrama: «Por regla general, se pide a la música comentar la acción [...] ¿No se dan cuenta los sustentadores de tal estética, que no hacen más que trasladar al cine la vieja tradición musical del melodrama? No tienen en cuenta que desde el punto de vista acústico, la superposición de la música a una voz, o a un sonido, amenaza con destruir el valor emotivo del uno y la fuerza de autenticidad de la otra»[39].
La música del sinfonismo clásico de Hollywood es descriptiva, casi textual, actúa como diálogo en un plano psicológico, casi inconsciente, que sitúa al espectador en un determinado estado afectivo[40], de ahí la necesidad de la transparencia, de la ocultación de la orquesta. Claudia Gorbman define a este tipo de melodías como «Unheard Melodies», melodías inaudibles, que caracterizan el estilo invisible del sinfonismo clásico: la invisibilidad de los elementos narrativos tiene su correlato en la transparencia musical[41]. Se trata de una música ligada a la palabra y a la acción a través de la tonalidad, frente a la música de Jaubert, que está vinculada a la armonía y al ritmo.
El carácter real o material de la música de Jaubert se debe al análisis que éste hizo del sonido natural y de la autoconciencia que poseía de la naturaleza porosa del muro que separa a la música de éste, dirigiendo hacia ese campo la investigación sobre las relaciones entre música e imagen[42]. La música hace físicamente perceptible el ritmo interno de la imagen, los sonidos están musicalmente encajados en la imagen, de la misma manera que lo están en la realidad; lo cual otorga a la música un carácter naturalista. Son sonidos no-diegéticos, no contienen información narrativa, la música funciona como el ruido y nos invita a percibir los sonidos cotidianos como permeados por un ritmo musical; no obstante, estos efectos sonoros asumen funciones musicales: la música es usada como sonido físico, material. Este carácter material de la música posee un efecto narrativo: la música desempeña una función referencial, representativa[43].
Por otro lado, pensamos que cuando Jaubert utiliza la palabra “decorativa” refiriéndose a la música, no sólo hace referencia a su carácter real o material, sino también al estilo propio que debe crear ésta en el cine. Y este estilo, en nuestra opinión, puede estar relacionado con el concepto de música decorativa de Morin –término que también emplea Jaubert- de música ambiente de Marcel Martin o de música anempática de Chion, que apuntan a una música que conecta el film con una idea global, que «tiende a ensanchar la participación anímica hacia la participación cósmica»[44]; pues sólo de esta forma nos podríamos explicar que Atalanta sea un film que nace de una canción que condensa todo el sentido de la historia, sin menoscabo de que la música también posea un carácter real o material.
Por falta de tiempo y experiencia, nos contentamos con comentar algunos de los momentos más significativos del filme, en lo que se refiere a la relación entre música e imagen, no sin antes apuntar la última característica del estilo musical de Jaubert: la economía orquestal y el uso de solos imaginativos. En los títulos de crédito oímos la canción de los marineros que se encadena al tema de amor interpretado por instrumentos de viento, al que creemos que se une a coro una voz femenina. En la secuencia de la boda vuelve a sonar el tema de amor interpretado por el acordeón de una forma, según Chion, un tanto aproximativa y dislocada, que toma un cariz lírico -orquesta y saxofón solista- en la escena del cortejo.
Una de las secuencias más bellas en cuanto a la equivalencia entre música e imagen es aquella en la que Jean le muestra la chalana a Juliette: el sonido de las campanas da paso al del motor, que se encadena al tema de amor interpretado por el saxo, que según Chion, compone una especie de tema religioso sobre los valores motorísticos, de forma que danza -movimiento de la embarcación- y canto lírico se superponen fundiéndose en una unidad[45]. En el camarote del padre Jules, Juliette escucha el sonido de una caracola, lo cual hace referencia a los ecos marinos, a las historias del mar y nos evoca los mitos presentes en Atalanta vinculados a la literatura de viajes, al viaje que supone el conocimiento y al navigium amoris. Mitos del mar que, por otro lado, no hemos comentado. En el camarote del padre Jules suena una especie de melodía producida por el sonido de todos los aparatos musicales al unísono, guiados por la marioneta del director de orquesta traído de Caracas, que a la vez maneja Jules.
Cuando
la pareja camina junta por el muelle de camino a París, suenan de nuevo las
campanas y la canción de los marineros al ritmo que la pareja baila,
interpretada esta vez quizás por un piano. La
llegada de Juliette a París se representa a través de una mezcla rápida de
músicas cosmopolitas -xilófono, triángulo- que siguen el mismo ritmo que
las imágenes cambiantes de los escaparates[46].
El falso milagro del gramófono, en el
que oímos al grumete tocar en el acordeón la canción de los marineros cuando Jules
pasa el dedo por el disco, da paso al auténtico y se oye el vals de Jaubert.
En estas secuencias, unidas a las de la
zambullida de Jean y a las del insomnio, se encuentran condensadas gran parte
de la música compuesta por Jaubert para este filme. La larga secuencia musical de la inmersión de Jean,
donde el tema de amor adquiere un nuevo matiz reflejando el deseo
frustrado, la soledad y el amor imposible; da paso a la separación de los
enamorados, donde se presenta de forma paralela y sincronizada a los amantes
atormentados, que deben irse a la cama en lugares separados. La música ejerce
de enlace entre los dos amantes. La canción de los marineros y el tema de amor
suenan simultáneamente y, según afirma Annette Insdorf, el contacto de los
sonidos sustituye al contacto de los cuerpos[47].
4. BIBLIOGRAFÍA
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