APROXIMARSE A HEIDEGGER, UN CONSTRUCTOR EN EL EPICENTRO DE
LA BARBARIE
La vía del Ser de Heidegger
(2020), Richard Capobianco (aut.), Ramiro Palomino (trad.), Guillermo Escolar
(ed.). ISBN: 978-84-18093-11-1.
La
prosa marcó el inicio de la metafísica como olvido del Ser y la pérdida
paulatina de la relación del hombre con su manifestación. El misterio de la phýsis quedó traducido a lógos en tanto que fórmula despojada de toda
sacralidad en aras a la consecución de la universalidad de la ratio, que sustituye a lo trascendente
como encuentro y presencia, quedando lo universal del eidos reducido al decir del hombre en las postrimerías de la
cultura occidental, que es reflejo de este íntimo desgarro que ha sacudido toda
su historia. Heidegger pretende sanar esta herida de la cultura occidental
conduciéndola de nuevo a la experiencia renovada de la manifestación del Ser.
En
este sentido, aproximarse a Heidegger puede compararse con escalar una
majestuosa montaña, cuyas aristas transportan al iniciado a la cima del
pensamiento de nuestra cultura, una vez esta ha alcanzado su cénit y se
encuentra en el ocaso. Ciertamente, aproximarse a Heidegger puede suponer
retomar, a modo de relevo olímpico, el intento heideggeriano de volver a
dirigir los escasos rayos de luz del crepúsculo de nuestra cultura de nuevo a
sus inicios, los últimos estertores del luminoso sol griego, que como si de una
supernova se tratase, nos ha iluminado durante más de dos mil quinientos años.
Aunque la montaña puede ofrecer distintas vías o senderos de dificultad
variable, obviamente su cúspide es inaccesible al lector-alpinista amateur, que solo podrá divisar su
afilado perfil desde la lejanía y con prismáticos.
Esto
le sucede al lector de a pie con la enigmática figura de Martin Heidegger que,
como una escultura muda de gigantescas dimensiones, se alza atenazador sobre el
siglo veinte, prologando su difuminada sombra hasta nuestros días. Su intrincado
lenguaje a base de neologismos y cultismos, cuya finalidad es romper el vector
tradicional de significado y torcerlo hacia un encuentro primigenio con el Ser
en los albores de la cultura occidental, que personalmente calificaría de
nostálgico, hacen compleja su traducción incluso a los expertos más estudiosos.
En ese sentido, la labor de Richard Capobianco es doble: con su nueva lectura
del coloso alemán, Engaging Heidegger,
pretende hacernos llegar su personal visión de su encuentro con la roca heideggeriana y limar sus aristas en La
vía del Ser de Heidegger para ofrecerle al lector amateur un sendero sencillo de seis capítulos para su comprensión y
con él comprenderse a su vez a sí mismo y a la historia de Occidente.
Este
camino, en compañía de Martin Heidegger, debe recorrerse hacia atrás: del Ser
como ente (mathesis) y su olvido, al
Ser como encuentro con la Unidad, de la reclusión del ser en la conciencia, del
Ser como Sinn, de su reducción a lo
pensado y su encierro en la conciencia, al Ser como Sein, como donador de sentido y condición de posibilidad del mismo.
Capítulo 1: Alétheia.
Ser como emergencia y manifestación. Ser como verdad
Husserl
intuye el Ser al proponer el vector de la correlación noesis-noema, no obstante,
dicha dualidad es de carácter exclusivamente gnoseológica, por lo que queda
anclada en la conciencia del sujeto y en los esquemas cognitivos de la
subjetividad moderna, que encierra al ser en los abismos de la conciencia,
reduciéndolo y abstrayéndolo matemáticamente como producto de la historia de su
propio olvido, como un espectro cuyo eco resuena en la conciencia como extremo
opuesto de la cuerda de la manifestación del Ser. Heidegger, por el contrario,
pretende osadamente hacernos llegar al otro extremo de la cuerda: la
manifestación ontológica del Ser, el darse del Ser en su inmediatez.
Esta es la crítica primordial de Heidegger a su maestro, que subraya el aspecto luminoso del fenómeno en tanto que manifestación o donación al sujeto cognoscente, sin la que ningún contenido de conciencia es posible. Para recuperar el polo ontológico del darse o manifestarse del Ser, recurre a la relectura de Aristóteles, en especial el libro Teta IO de la Metafísica, en este sentido, sólo a través de un viaje involutivo desde el Ser como mathesis al ser como presencia, puede hacerse de nuevo visible la manifestación del Ser como Uno, cuyos miembros, cual Hainuwele, han sido desgajados a lo largo de la historia del pensamiento, volviéndose el Ser mismo opacidad para el hombre en su viaje desde el darse a la conciencia: Heidegger pretende superar el solipsismo moderno y restaurar el pacto de referencia gnoseológico, lingüístico y ontológico, conservando -matizándolo- el concepto de Ser como evidencia (Alétheia, apófansis, pháinesthai, Ereignis, Lichtung) y dirigiendo esta evidencia hacia el darse fuera de la conciencia. Así lo interpreta Capobianco en The Fundamental Question Concerning Being Itself:
«’La
verdad’ es ‘independiente’ del ser humano, pues la verdad significa el
esenciarse de lo que es verdadero en el sentido del desocultamiento».
Capítulo 2. Hölderlin, el poeta de la phýsis
Recuperar el darse del Ser como Unidad en su sentido primigenio conduce a Heidegger a interesarse por el pensamiento presocrático, en el que se empieza a deslindar vagamente lógos y misterio, pero también por la poesía de Hölderlin en tanto que destello de esta manifestación: la phýsis es la manifestación de la apertura del Ser, lo sagrado atrapado por el lógos, que al quedar encerrado en conceptos acaba volviéndose secular en el lenguaje cotidiano y perdiendo su brillo, su relucir fulgurante. El darse del Ser impregna el lógos griego, voz de la filosofía presocrática, y resuena en la poesía de Hölderlin. Heidegger cita un verso de los últimos poemas de Hölderlin para intentar ilustrar esta concepción del Ser como apertura, manifestación: “El relucir de la Naturaleza es la más alta revelación” (Capobianco, 2020, p.58).
La historia de la metafísica occidental desde Platón
a la actualidad ha escindido el Ser, de forma que sus simulacros han quedado
atrapados en la enticidad, en la temporalidad de la historia pensada como
manifestación de lo absoluto, en la conciencia del sujeto, en la ciencia que
piensa el Ser como mathesis y, por
último, en el lenguaje como diseminación de lo óntico que pregona su olvido.
Heidegger pretende acercarse de nuevo a la manifestación de lo Uno en el lógos, como eco del Ser en la filosofía
presocrática y en la poesía que lo convoca y nos lo trae de nuevo a presencia.
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Martin Heidegger en 1965 |
Capítulo 3. La «experiencia griega» de la Naturaleza-Phýsis-Ser
Siguiendo
a Hölderlin, Heidegger describe la Naturaleza como lo Santo, la manifestación
del Ser, su emergencia espacio-temporal a la que denomina con el concepto de Ereignis. En este sentido, coincide
paradójicamente con Nietzsche[1] en
la crítica de Kant al considerar que la espacio-temporalidad no es una cualidad
relativa única y exclusivamente a la conciencia del sujeto y su mecanismo
gnoseológico, sino que ésta no es otra cosa que la manifestación del despliegue
del Ser, el producto de su desocultamiento, por lo que la espacio-temporalidad
no es una construcción subjetiva, sino producto del Ser en su darse.
El
pensamiento heideggeriano, según Capobianco, pretende ser una superación del
solipsismo moderno, de la metafísica occidental, que reduce el ser a esencia
matemática y de la lingüística, en tanto que considera al Ser como fuente
estructural y previa al significado y condición de posibilidad del mismo en
cuanto el Ser se manifiesta como presencia (alétheia).
Considera Heidegger que los primeros filósofos griegos disfrutaron de la
inmediatez del Ser y fueron intérpretes de su presencia ajenos a la
subjetividad mediadora, de ahí la necesidad de remitir al hombre contemporáneo
a ella de nuevo, a la experiencia griega de la Naturaleza-phýsis, paulatinamente mediada por el despliegue de la subjetividad
como conciencia absorbente de esta experiencia en la historia de Occidente.
Capobianco
nos llama la atención sobre una serie de hitos históricos capaces de traducir
en arte la experiencia del encuentro con la presencia del Ser, con lo inefable.
En este sentido, podríamos comparar la lectura Heideggeriana de Capobianco a la
de Steiner y su triángulo lingüístico-estético-ontológico en Presencias reales. Ambos autores,
Steiner y Heidegger, reclaman lo mismo a su tiempo: un encuentro con el Ser
como presencia, que en el caso de Steiner se traduce en manifestación estética
y en el de Heidegger a superación de la metafísica entendida como olvido de
este encuentro primordial.
Capítulo 4: La sentencia temprana del Ser como Phýsis-Alétheia
El
retorno a la experiencia griega de la phýsis
conduce a Heidegger a un estudio pormenorizado del término en varios de sus
cursos, posteriormente editados; entre ellos, Los conceptos fundamentales de la metafísica de 1929-30, El inicio de la filosofía occidental:
interpretación de Anaximandro y Parménides de 1932 e Introducción a la
metafísica de 1935. Al analizar en ellos el término phýsis, observa un doble sentido en el origen mismo del vocablo: phýsis como “lo que impera” o como
región de lo ente que hace referencia a las cosas naturales y al mismo tiempo
el imperar o manifestarse. Este doble sentido del término está presente en la
metafísica aristotélica, de forma que Aristóteles llama ousía (oὐσία) a aquello que hace que cada cosa sea lo que es,
traducido al latín como sustancia (substantia)
o esencia (essentia), inaugurando la
historia de la metafísica occidental que, poco a poco, olvida el segundo
sentido de la palabra phýsis,
quedándose únicamente con lo ente; por este motivo nos dice Heidegger que la
historia de la metafísica es la historia del olvido del Ser y nos recuerda el
Ser estableciendo una correlación entre las palabras phýsis y alétheia, como
enunciadoras de propiedades de su manifestación, cuya correlación estudia
pormenorizadamente en Introducción a la
metafísica (1935): el ser se manifiesta como Phýsis que incluye en su seno el devenir mismo, en este sentido, la
verdad es una propiedad inherente al Ser que procede de su desocultamiento y no
un constructo gnoseológico. El hombre no es más que aquel que trae a presencia
lo que emerge mediante el lenguaje, cuya verdad trasciende siempre el lenguaje,
pero reluce en él.
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M. Heidegger Introducción a la metafísica (1935) |
Capítulo 5: Centinelas del Ser
El
Dasein es un centinela del Ser, un heraldo expectante, abierto a su
manifestación para ser proclamada. En este sentido, Heidegger considera que la
historia de la filosofía occidental, y en especial la de los s. XIX y XX, que
ponen su énfasis en el lenguaje como objeto de estudio, no atienden al darse
del Ser ni al asombro de su manifestación, sino al hecho limitado y angosto de
su proclamación por el Dasein; es decir, al extremo de la cuerda que hace
referencia a la expresión del Ser y su manifestación lingüística, que en
absoluto puede agotar su esencia, pues como afirma Capobianco (2020), tanto el
énfasis en la construcción gnoseológica de sentido como en la lingüística
contribuyen al olvido del Ser, paradojas de la historia del pensamiento que
Heidegger intenta por todos los medios superar.
Los
cursos de 1943 y 1944 sobre Heráclito suponen un segundo excurso de Heidegger
en la filosofía presocrática y en la comprensión del concepto de phýsis que describe como “brillo
inaparente” (Capobianco, 2020, p. 120) en el sentido del manifestarse del Ser,
pero no reductible a lo ente. Heidegger debe hacer un decurso inverso por el
camino de la individuación y la autoconciencia que ha recorrido la cultura
occidental hasta llegar de nuevo al encuentro originario con el Ser como lo
sagrado, lo apofántico, de ahí que recurra a las dos fuentes originarias que
transcriben esta manifestación: la poesía, en especial la de Hölderlin y la
filología clásica, que le permite analizar los términos que contienen los ecos
de esta manifestación del Ser en su origen.
En
su curso sobre Heráclito de 1944, Heidegger analiza el sentido de la palabra
griega lógos en los fragmentos del
filósofo llegando a la conclusión de que su sentido primigenio no es “razón”,
“discurso”, “sentido” o “enseñanza”, sino reunir (légein). En general, los signos lingüísticos son para Heidegger,
según afirma Capobianco, “el mostrarse del emerger mismo”, por lo que deben ser
considerados como alétheia, donación del ser en el lenguaje y no como un
constructo subjetivo a la manera nietzscheana[2],
lo cual Heidegger directa e indirectamente critica en tanto que epígono de la
filosofía moderna, concretamente a partir de la relectura del fragmento 93 de
Heráclito: si Descartes encierra al Ser en la conciencia, Nietzsche lo hace en
el lenguaje; no obstante, el Ser es
apertura que interpela al Dasein en el lenguaje, en especial al poeta, que es
invadido por la revelación del Ser, pero el Ser no es reductible a lenguaje,
como tampoco se reduce a lo óntico.
Capítulo 6: El Lógos
es el Ser mismo
De
la relectura de Heráclito, Heidegger interpreta que el Lógos es la voz del Ser mismo que convoca al hombre a su escucha,
esta es la “lógica primordial” de la que nos habla en su curso sobre Heráclito
de 1944 (Capobianco, 2020, pp.132-133): “Para Heidegger, aquello a lo cual la lógica
se refiere como «sujeto» de un «enunciado» es rastreable hasta la experiencia
de su aparecer y mostrarse”. De esta forma, Heidegger deconstruye al
deconstructor, es decir, desmonta la metafísica de la subjetividad nietzscheana
con sus mismos argumentos, pero no llevándola hasta el límite perceptual del
sujeto y encerrándola en la percepción, sino traspasando este límite hasta
encontrarse con la manifestación del Ser: tanto el lenguaje, como la percepción
que lo hace posible y la lógica que lo abstrae tienen una base ontológica, que
la historia de la metafísica de Occidente olvida o soslaya como “lo nouménico”
y en este sentido como lo “incognoscible”, que no es otra cosa que (el olvido
de) la manifestación misma del Ser.
Heidegger coincide con Nietzsche, pero en un sentido distinto, sobre la consideración de Platón como el inaugurador del olvido del Ser al establecer la distinción entre realidad y apariencia y considerar con ello que el Ser se identifica con el estatismo del eidos: con su teoría de las ideas, Platón lleva a su grado máximo el intelectualismo socrático al transformar el Ser en esencia suprasensible e intuible únicamente a través de la razón, iniciando con ello la historia de la metafísica como mathesis, como ratio, y con ella el olvido del Ser; no obstante, para Heidegger el lógos del ser humano es un eco del decir del Ser, cuyo brillo se hace más presente en lo poético, porque el Ser, además de Phýsis y Alétheia es Lógos. Las Ur-palabras heideggerianas no son más que formas de darse el Ser y con él se identifican como su manifestación.
[1] Nietzsche alude en La filosofía en la época trágica de los
griegos a la crítica kantiana realizada por A. Spir en un contexto
distinto, en concreto como réplica al concepto parmenídeo de Ser Uno, que niega
el tiempo, el espacio y el movimiento, frente a la infinitud y eternidad de
sustancias primordiales propuestas por Anaxágoras. Según nos cuenta Nietzsche,
para Parménides la pluralidad, la multiplicidad, el movimiento y la sucesión,
desde el punto de vista gnoseológico, implican la aprehensión del no-ser, por
lo que el propio mecanismo del conocimiento es puesto en duda por el eléata,
según la interpretación nietzscheana, al introducir lo múltiple como sinónimo
de apariencia. Nietzsche, F. (2003): La
filosofía en la época trágica de los griegos, Valdemar, Madrid, pp.
102-105. Anotar que Heidegger no coincide con la interpretación nietzscheana
del eléata como manifiesta en su curso sobre Parménides de 1942-43, en el cual,
según Capobianco, manifiesta que el Ser es siempre interpretado como dýnamis (δύναμις) y nunca como algo estático. De esta forma, no
sólo la espacio-temporalidad, sino el movimiento mismo forman parte
constitutiva del Ser en su darse.
[2] Para ilustrar con referencias textuales el sentido
nietzscheano del lenguaje como creación subjetiva y aglutinante de la
experiencia colectiva, así como del concepto como metáfora producto de la
subjetividad creadora, véase Nietzsche,
F. (2012): Sobre verdad y mentira en
sentido extramoral, Madrid, Tecnos, pp. 25-28.